Mario Quirós
Analista*
He recibido varias preguntas sobre las razones detrás de la idea que expresé en una entrevista reciente, de que los resultados electorales del oficialismo -tanto presidenciales como legislativos- dependen en buena medida, de si el Presidente Chaves renuncia y se postula como candidato a diputado.
Mi hipótesis es que, debido a cómo está construido el capital político del oficialismo, las probabilidades de éxito electoral aumentan si el Presidente renuncia y es candidato al Congreso. No digo que renunciar garantice el triunfo, ni que quedarse implique una derrota; pero si sostengo que, en una campaña que no será fácil, esa decisión plantea caminos más o menos difíciles.
Es evidente que la definición final no dependerá solo de cálculos políticos. Factores personales, familiares, legales o incluso emotivos pueden -y con razón- pesar más que cualquier consideración electoral. Las motivaciones profundas no siempre son visibles, pero no por eso dejan de ser legítimas en esta decisión.
Lo que presento aquí es, simplemente, un marco analítico para pensar en ese dilema estratégico de la campaña oficialista desde lo estrictamente electoral.
1. LA ARQUITECTURA DEL PODER DEL OFICIALISMO. Para analizar las implicaciones de la decisión presidencial, es clave entender cómo está construido el capital político del oficialismo. Su fuerza no proviene de una estructura partidaria ni de una identidad ideológica. Radica exclusivamente en un vínculo simbólico -hasta ahora resiliente- entre una parte significativa del electorado y dos figuras vistas como la ruptura con un sistema percibido como desgastado.
La arquitectura de ese poder es simbólica y emotiva, no institucional. La combinación entre la hiperconcentración del capital político y el estilo de los liderazgos que lo representan, es al mismo tiempo una fortaleza y una vulnerabilidad. Por un lado, permite coherencia discursiva y centralidad comunicacional; por otro, su personalización implica un “alto mantenimiento” en visibilidad y presencia de esos mismo liderazgos.
Este diseño -al menos hasta el momento- no parece concebido para operar sin la conducción activa y central del Presidente. Si renuncia, podría reposicionarse estratégicamente y seguir capitalizando su liderazgo desde otro rol. Si decide quedarse, enfrentará el desafío de cómo sostener ese capital político desde una posición cada vez más limitada y, sin el soporte estructural necesario para amortiguar su ausencia real -no solo simbólica- en la campaña.
2. COMO EVITAR LOS EFECTOS DEL “EX”. Costa Rica es un sistema presidencialista sin reelección inmediata. Por eso acercarse al fin del mandato implica, no solo dejar el Poder Ejecutivo, sino también perder progresivamente centralidad, capacidad para incidir en la agenda pública y fuerza simbólica. Con el paso del tiempo -incluso mucho antes del traspaso de poderes- la figura presidencial tiende a quedar desplazada del centro operativo y narrativo de la política.
El tránsito de “Presidente” a “Expresidente” significa un repliegue institucional. El poder se diluye, se redistribuye entre otros actores y la visibilidad se reduce a mínimos que rara vez permiten sostener una influencia activa. Para un proyecto que ha basado su energía en un liderazgo altamente personalizado, esta transición no es neutra y marcaría un punto de inflexión.
Si lo que buscan realmente es la continuidad del proyecto político, el dilema no se les reduce a una elección de quedarse o renunciar. La verdadera pregunta que tienen que responder es ¿cuál de las dos opciones les ayudaría más a mantener viva la centralidad simbólica, narrativa y estratégica del Presidente, y con ello, a la continuidad del oficialismo?
3. SIN COMUNICAR CONTINUIDAD ¿CÓMO PROYECTARLA? Si el Presidente no renuncia (convirtiéndose por lo tanto, en Expresidente, con lo que eso conlleva) y además, doña Pilar Cisneros se retira de la vida pública, como ha sugerido; el oficialismo enfrentaría el reto de como sostener la credibilidad del proyecto sin las figuras que, hasta ahora, se la han dado.
La percepción de que ellos no estarán presentes en el próximo gobierno, el relato de continuidad del proyecto pierde fuerza de arranque. Ni la delegación ni la sucesión son automáticas; requieren condiciones específicas, y una de las más decisivas es transmitir confianza sobre cómo evolucionará lo construido. Quienes busquen asumir ese legado no necesariamente cuentan o contarían con el mismo arraigo ni con la fuerza simbólica para mantener viva la conexión actual con la base.
Ellos dos han sido y son el eje del nexo simbólico con el grupo de apoyo oficialista; un vínculo que es emocional, directo y ante todo, pero ante todo, profundamente personalizado.
4. CAPITAL POLÍTICO: ¿ES TRANSFERIBLE? ¿DESDE DÓNDE Y CÓMO? El debate acerca de la continuidad del oficialismo en 2026 siempre ha girado en torno a una pregunta clave: ¿es transferible el capital político del Presidente? Agreguemos ahora otra, si lo fuera, ¿desde dónde y cómo podría hacerse esa transferencia de la mejor forma?
El punto de partida para responder no está en los posibles sucesores, sino en la decisión que tome el propio Presidente. Su base de apoyo se ha construido desde una unión profundamente personalizada. Es un liderazgo con una carga simbólica y emocional difícil de replicar. Más que transferirse, tal vez ese capital pueda acompañarse. Intentar, con éxito, reproducir su estilo sin su asociación directa con la base ni su legitimidad simbólica, no es sencillo. En tan personalista el enlace, que la continuidad no se decreta.
Si renuncia y entra en campaña, podría movilizar directamente ese capital sin necesidad de cederlo. Tendría libertad para marcar el tono, amplificar su narrativa y legitimar al sucesor desde una presencia activa. No haría falta replicar su liderazgo, bastaría con proyectarlo y como dije, acompañarlo. Si decide no renunciar, delegará en terceros su representación. Pero esos sucesores no necesariamente compartirán el estilo que, en su caso, no ha sido solo una forma de comunicar, sino el núcleo mismo de su conexión con la ciudadanía.
5. UN PODER QUE NO SE PODRÍA USAR. El marco normativo costarricense impone límites claros a la participación política de un Presidente en funciones. En una campaña electoral, estas restricciones los obligarían a silenciar precisamente aquello que ha sido el corazón de su liderazgo: el estilo del que tanto hablamos. No podría confrontar, marcar agenda, ni proteger activamente a su bloque con la intensidad que su base espera y valora.
Aceptar ese repliegue equivale a desactivar, voluntariamente, la herramienta más poderosa que han construido. No se trata solo de tener poder, sino de poder ejercerlo. Si no puede hacerlo en el momento más decisivo -la campaña electoral- su liderazgo queda inmovilizado, y con él, la capacidad de proyectar continuidad. Sería un poder, que no podría usar.
El capital político del Presidente ha sido construido y sostenido a partir de un estilo directo. Es uno de los activos más potentes del oficialismo, pero difícil de mantener si se ve restringido en su despliegue público.
6. DOS FORMATOS DE CAMPAÑA. La decisión del Presidente definiría el formato completo de la campaña oficialista.
Si renuncia, se reposiciona. Puede marcar el tono de la campaña, tratar de simplificar la elección como un referéndum sobre su gobierno, amplificar el mensaje y legitimar al sucesor de forma directa. Sería, más que un cambio de rol, una adaptación estratégica al terreno electoral.
Si no renuncia, mantiene el poder formal, pero se vería forzado a replegarse, sin posibilidad real de incidir con fuerza en la campaña. Las restricciones del cargo lo obligarían a ejercer un liderazgo solo simbólico, cuando su eficacia ha dependido de su presencia directa.
El dilema, entonces, no es entre quedarse o irse, sino entre si proyectar realmente su liderazgo o contenerlo bajo los límites de la institucionalidad, con lo que ello pueda implicar.
7. UNA CAMPAÑA QUE RENUNCIARÍA A LA MITAD DE SU FUERZA. La estructura del oficialismo se apoya no en un andamiaje colectivo, sino en una concentración simbólica sin precedentes en torno a dos figuras. Quitar a uno del tablero -en especial al Presidente- implica que están dejando de lado una parte sustancial del relato, de la energía y de su capacidad de movilización.
Esta limitación encierra y contiene al liderazgo central, justo cuando el momento les exigiría expansión. La campaña les va a requerir presencia, narrativa viva y capacidad de interpelar directamente al electorado. Dejar al Presidente fuera del terreno electoral, sería dejar de lado la voz más potente del oficialismo.
En esas condiciones, todo el peso simbólico de sostener el relato sin su figura, recaería en otros. Pero ningún liderazgo dentro del oficialismo ha sido construido para cargar, por sí solo, con la mitad que faltaría. No se trata de replicar lo que el Presidente representa, sino de asumir que, sin su presencia, el proyecto se presentaría ante el electorado como una campaña desbalanceada en su arranque.
8. RETOS DE UNA “SUCESION EN FRIO”. El Presidente no es solo el líder visible, es el creador del relato oficialista. Sin una transferencia activa de liderazgo -presencial, emocional y narrativo- quien encabece la candidatura oficialista corre el riesgo de no conectar.
Sin el Presidente, el candidato queda como el rostro más visible. Eso lo deja atrapado entre varios riesgos: si intenta replicar el estilo del Presidente, puede parecer una imitación forzada; si busca diferenciarse, puede proyectar una ruptura no deseada. Todo esto, con una presión simbólica y mediática mucho mayor, pero sin red de contención.
Con el Presidente en campaña, creo que ese riesgo se mitigaría. Su presencia activa le permitiría al candidato presentarse como una evolución legítima del proyecto, acompañada por el Presidente. Es desde esa cercanía que podrían construir una transición narrativa efectiva, donde la continuidad no se asumiría y se haría “en caliente”.
9. “COBERTURA AÉREA”. En toda campaña, los liderazgos fuertes actúan como escudos simbólicos que amortiguan los efectos de ataques. En el oficialismo, esa función la ha cumplido en mucho el Presidente Chaves. Su centralidad lo ha colocado como el blanco visible preferido y consistente de la crítica opositora.
Con su incorporación activa a la campaña, el Presidente brinda esa cobertura. Su presencia funciona como escudo ante una ofensiva opositora que probablemente será intensa, pero ahí si con capital político. .
Si el Presidente no renuncia, los candidatos oficialistas deberán enfrentar solos la campaña, sin el colchón protector que él representa. No cuentan con capital político propio significativo, pues dependen enteramente de lo que él pueda transferir o acompañar. Si eso prueba no ser suficiente -y no hay certeza de que lo sea- quedarían vulnerables, sin defensa estructural ni respaldo simbólico directo.
10. EL EFECTO ESPEJO EN LA OPOSICIÓN. La decisión del Presidente también marcaría en gran medida el tono y la estrategia de campaña de la oposición. No sería un cambio táctico interno; tiene el potencial de redefinir la contienda electoral en su conjunto.
Si don Rodrigo entra activamente a la campaña, el tono se polariza y se plebiscita. La oposición tendría que enfrentar directamente a un adversario que hasta ahora no ha sabido enfrentar. Estaría obligada a responder en un terreno donde el Presidente ha demostrado capacidad para marcar agenda, condicionar el debate y forzar reacciones. El riesgo sería caer -como lo han hecho- en una campaña reactiva, donde los marcos los define el Presidente.
En cambio, si no renuncia, su protagonismo se diluye. La oposición podría evitar la confrontación directa y centrar sus ataques en figuras sin el peso político ni la centralidad simbólica del Presidente o bien, con un Presidente sin posibilidades de responder. Esto les daría mayor margen de maniobra para posicionarse narrativamente, construir contrastes con más libertad y disputar el centro del tablero sin tener que enfrentarse a la figura dominante de todo este ciclo.





































