Costa Rica lleva años discutiendo cómo aumentar la productividad, reducir la pobreza y generar empleo de calidad. Sin embargo, seguimos ignorando uno de los factores más determinantes para lograrlo: el cuido.
La red de cuido suele verse únicamente como una política social. Ese es un error. El cuido es infraestructura económica. Tan importante para el crecimiento del país como las carreteras, los puertos o la conectividad digital.
Cuando una mujer no puede trabajar porque debe cuidar a un niño, una persona adulta mayor o alguien con discapacidad, el país pierde productividad, ingresos y talento. Esa pérdida tiene un enorme impacto económico.
En Costa Rica, casi 4 de cada 10 hogares costarricenses son liderados por una mujer y el 75% no tienen pareja conviviente, por lo que el peso y responsabilidad recae en las mujeres, sumiéndolas en muchos casos, en pobreza y escenarios carentes de oportunidades.
En Costa Rica, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuido no remunerado. Datos del INEC muestran que dedican prácticamente el doble de tiempo que los hombres a estas labores. Ese trabajo invisible sostiene hogares enteros, pero también limita oportunidades laborales, crecimiento profesional e independencia económica.
El resultado es evidente: la participación laboral femenina sigue siendo menor que la masculina. La fuerza laboral femenina es entre el 42% y 43% versus el 66% y 67% de los hombres Miles de mujeres permanecen fuera del mercado laboral no por falta de preparación, sino por falta de opciones de cuido accesibles, seguras y cercanas.
Pero el problema no afecta únicamente a las mujeres. También impacta directamente a las empresas.
Muchas organizaciones enfrentan ausentismo, rotación y pérdida de talento porque las personas trabajadoras viven bajo estrés permanente tratando de resolver quién cuida a sus dependientes. La conciliación entre trabajo y familia dejó de ser un beneficio adicional; hoy es un factor estratégico de competitividad.
La OCDE ha señalado que ampliar los servicios de cuido incrementa la participación laboral femenina, mejora la productividad y aumenta la recaudación fiscal. Es decir, el retorno económico existe.
Además, la economía del cuido genera empleo directo e indirecto. Cada nuevo centro infantil, centro diurno o servicio especializado requiere personal administrativo, educadores, cuidadoras, nutricionistas, terapeutas, transporte y servicios de apoyo. Son miles de potenciales, especialmente en comunidades rurales y costeras donde el desempleo femenino suele ser más alto.
Costa Rica tiene aquí una enorme oportunidad: convertir la red de cuido en una política nacional de desarrollo económico.
Pero para lograrlo debemos modernizar el modelo. El Estado no puede hacerlo solo. Se requieren Alianzas Público-Privadas modernas, donde empresas, cooperativas, gobiernos locales y organizaciones sociales participen activamente.
El país necesita incentivos concretos: beneficios fiscales para empresas que desarrollen servicios de cuido, cofinanciamiento en zonas vulnerables y mecanismos ágiles para contratar servicios privados certificados.
También debemos corregir una contradicción estructural: no puede ser que algunas personas pierdan acceso al cuido precisamente cuando consiguen empleo formal. Castigar el esfuerzo laboral desincentiva la movilidad social.
Costa Rica no puede seguir viendo el cuido como gasto. Debe entenderlo como inversión productiva.
Porque cada mujer que logra incorporarse al mercado laboral gracias a una red de cuido funcional no solo transforma su vida. También fortalece la economía nacional y rompe ciclos de pobreza.
Ninguna mujer debería escoger entre trabajar y cuidar.


































