Como abogado, académico y, sobre todo, como padre y abuelo, he dedicado décadas de mi vida a la defensa de los derechos de las personas menores de edad. A diario, nuestro discurso social es impecable: les decimos a los jóvenes que el estudio es el único motor de ascenso social, que la paz es el único camino, que la honradez y el esfuerzo son las únicas divisas de una vida plena. Pero hoy, me asalta una pregunta punzante: ¿qué les estamos diciendo realmente cuando nuestras acciones cotidianas les demuestran lo contrario?
Estamos criando a una generación en medio de una esquizofrenia institucional y social. Les exigimos excelencia académica mientras ven cómo puestos de relevancia política se ocupan por méritos que nada tienen que ver con el conocimiento ni la experiencia. Les hablamos de la cultura del esfuerzo, mientras son testigos de cómo la inmediatez y la estridencia digital —a menudo vacías de contenido— generan una riqueza desmedida y una validación social que el estudio formal parece no garantizar.
¿Cómo explicarle a una persona adolescente que la honradez es el pilar de nuestra sociedad, cuando la pregunta habitual al contratar un servicio es "¿con factura o sin factura?", naturalizando la evasión y el engaño? ¿Qué paz podemos promover si, al mismo tiempo, permitimos que nuestros barrios se conviertan en caldos de cultivo donde el crimen organizado seduce a los vulnerables con la promesa de una pertenencia y un dinero que el sistema legal les niega por exclusión?
El problema no es que los valores hayan cambiado; el problema es que el contrato social está roto. Cuando el modelo de éxito que ven nuestros niños, niñas y personas adolescentes no tiene relación con el estudio, la ética o la paz, estamos condenando su brújula moral al desamparo.
¿Qué respuesta profunda debemos darles?
No basta con exhortarlos. Necesitamos un cambio radical en nuestra narrativa social:
1. De la prédica al testimonio: Debemos dejar de exigirles una ejemplaridad que los adultos no practicamos. La honestidad no se enseña en las aulas; se enseña en la casa, en el trato con el vecino y en la integridad del ejercicio profesional. Si el joven ve que su referente adulto es capaz de sacrificar el interés común por un beneficio personal, cualquier discurso sobre el valor del trabajo será percibido como una hipocresía.
2. Rediseñar la meritocracia: El esfuerzo no puede seguir siendo un eslogan vacío. Como sociedad, debemos garantizar que el estudio y la capacidad realmente se traduzcan en oportunidades. Cuando el sistema premia la improvisación, el mensaje hacia la juventud es devastador: "el esfuerzo no paga". Necesitamos devolverle la dignidad al saber y al mérito profesional en cada rincón de nuestra gestión pública.
3. Protección activa, no reactiva: Frente a la explotación laboral, el abuso sexual y el reclutamiento criminal, el Estado no puede limitarse a leyes escritas en el papel. Necesitamos una presencia protectora, garantizadora, pedagógica y afectiva en los territorios. La seguridad de nuestras personas menores de edad no es solo un asunto de policías, sino de oportunidades reales de vida.
Ser niño, niña o persona adolescente en el siglo XXI no debería ser un ejercicio de resistencia ante la falta de modelos. El estudio, la honradez y la paz no son conceptos abstractos; son, en esencia, actos de rebeldía frente a una realidad que intenta convencerlos de que todo se puede conseguir con un atajo como ocurre en los juegos electrónicos.
Nuestra respuesta para ellos y ellas no debe ser otro sermón más. Nuestra respuesta debe ser *la coherencia*. Debemos mostrarles que, aunque el camino del estudio y la ética sea más lento y empinado, es el único que permite mirar al espejo cada mañana con dignidad y orgullo de un buen camino recorrido y con la frente en alto. Como abuelo, es el único legado que me atrevo a defender, no porque sea fácil, sino porque es lo único que nos hace genuinamente humanos
Rodolfo Vicente Salazar





































