Anoche, el Hotel Corobicí se convirtió en un santuario de esperanza. Más de 250 premios, cientos de rostros sonrientes y un espíritu colectivo que recordaba lo que somos capaces de construir cuando nos unimos. El 38° bingo de Canatur fue más que un evento: fue una muestra de gratitud, de reconstrucción emocional, de un sector que aún sangra, pero que no se rinde.
Y sin embargo, al amanecer, la realidad nos golpea en la cara: un turista canadiense asesinado en Tamarindo. El crimen no es solo una tragedia humana. Es una advertencia sistémica. Una señal inequívoca de que seguimos en una contradicción peligrosa: mientras el turismo le da oxígeno a la economía, el “sistema” le responde con frío silencio.
Turismo es Prometeo
Prometeo, aquel titán que osó robar el fuego para entregárselo a la humanidad, fue condenado a una eternidad de castigo. Por atreverse a encender el progreso de otros, los dioses lo encadenaron a una roca, donde un águila devoraba cada día su hígado, en un ciclo interminable de castigo y regeneración.
El turismo en Costa Rica ha hecho lo mismo: ha traído luz, desarrollo y bienestar a regiones olvidadas. Ha encendido oportunidades en las costas, montañas y pueblos. Ha sostenido la economía en los momentos más difíciles. Pero a cambio, ha enfrentado su propia águila diaria: inseguridad, desatención, tipos de cambio adversos, falta de planificación, y una narrativa pública que rara vez reconoce su verdadero peso.
Y aunque nunca se quejó en voz alta, sí aprendió a resistir. A reconstruirse cada día. A volver a creer.
Durante años, el sector ha sido prudente. Ha preferido sumar que dividir, construir en silencio, trabajar sin confrontar. No por debilidad, sino por sensatez. Pero esa prudencia también ha permitido que se normalicen las cadenas: promesas que no se cumplen, presupuestos que no alcanzan, y decisiones que se toman lejos de quienes conocen el pulso de cada destino.
Al igual que Prometeo, el turismo no puede seguir encadenado al olvido institucional disfrazado de cortesía. La resiliencia ha sido virtud, pero no puede convertirse en condena.
Afortunadamente, los vientos comienzan a soplar distinto. En el horizonte se perciben movimientos, ideas nuevas, propuestas frescas. No hay certezas, pero sí una intuición compartida: el país está buscando reencontrarse consigo mismo. Y si algo puede guiar ese camino, es la fuerza de un sector que ha demostrado que puede transformar realidades sin destruir identidades.
No se trata de pelear con los “dioses”. Se trata de redefinir para qué usamos el fuego: para iluminar territorios, para generar empleo digno, para reducir brechas, para mostrarle al mundo quiénes somos en esencia.
Es hora de construir desde una visión país. Una que reconozca al turismo no como un sector decorativo, sino como un eje estratégico de desarrollo. La hoja de ruta está clara y puede condensarse en tres prioridades esenciales:
1. Crecimiento económico sostenible: El turismo es una fuente constante de divisas, inversión y encadenamientos que dinamizan pequeñas y medianas empresas en todo el país.
2. Reducción de desigualdad territorial: Donde no hay zonas francas, ni aeropuertos internacionales, el turismo ha sido la mejor política social.
3. Cohesión social y seguridad compartida: Un entorno turístico seguro es un entorno seguro para todos. Cuando el turismo prospera, también lo hacen las comunidades que lo rodean.
Lo ocurrido anoche en el bingo de Canatur fue una celebración sincera. Lo ocurrido en Tamarindo es una señal que no podemos ignorar. Pero lo que viene, si lo construimos con claridad, es un nuevo amanecer.
Prometeo no será liberado por decreto, ni por voluntad divina. Será liberado cuando el país entienda que el fuego que lo sostiene no es un favor celestial, sino el fruto de miles de esfuerzos humanos que cada día encienden el bienestar nacional.
Y mientras tanto, seguiremos. Con dignidad. Con visión. Con el fuego en las manos.
Porque donde hay turismo, hay futuro.





































