Sebastian Ferllini
Economista
La reciente apertura de la oficina comercial de Procomer en Singapur es un movimiento estratégico muy positivo que llega apenas seis semanas después de la incursión en Silicon Valley. Liderada por el ministro Manuel Tovar y la gerente Laura López, esta iniciativa coloca a Costa Rica frente a un escenario favorable a la hora de hacer más negocios.
Para poner en contexto, Singapur, una nación "chiquititica" y sin recursos naturales, no siempre fue el gigante que hoy supera en PIB per cápita a potencias mundiales. Tras la invasión japonesa y su expulsión de Malasia en 1965, el panorama era desolador: el 60% de su población vivía en pobreza extrema, la miseria era la norma. Sin espacio para la agricultura y dependiendo del extranjero hasta para el agua potable, Singapur tomo la decisión de apertura comercial no como una opción, sino una herramienta de supervivencia, demostrando que el modelo de libre comercio es la prueba de que el tamaño no es una condena cuando existe la disciplina para abrazar la apertura comercial.
La base del éxito singapurense se remonta a la visión de Sir Thomas Raffles en el siglo XIX, quien comprendió que la única riqueza de la isla era su ubicación. Mientras sus vecinos apostaban por monopolios y restricciones, Raffles declaró a Singapur como un puerto libre con aranceles nulos.
"Nuestro objetivo con Singapur no es el territorio sino el comercio y desarrollar la mayor libertad posible en el comercio y la igualdad de derechos para todos con protección de la propiedad y la persona".
Esta expresión es una bofetada a nuestra realidad nacional. En Costa Rica, la burocracia y los trámites de nunca acabar funcionan como un arancel invisible que encarece la vida del tico de a pie. Mientras Singapur —siendo dependiente de importaciones de alimentos— apostó por la apertura total para abaratar costos, aquí seguimos atrapados en un estatismo asfixiante que protege sectores específicos a costa del consumidor.
Singapur floreció porque supo convertirse en el refugio del capital en una región convulsa. Durante la Guerra Fría, Lee Kuan Yew bajó impuestos y eliminó regulaciones. El capital que huía de las políticas de Mao Zedong en China y de la inestabilidad en Hong Kong encontró en Singapur un puerto seguro.
Con una escala poblacional similar a la nuestra, Singapur entendió que no podían permitirse el lujo del aislamiento. Hoy, Costa Rica enfrenta una encrucijada parecida, aunque nos hemos abierto al mundo comercialmente en cierto sentido, seguimos llenos de trabas, con un estado gigante, cargas impositivas muy altas y burocracia sin razón, y la pregunta que nos hacemos es: ¿Seguiremos siendo atractivos para los capitales tecnológicos o nuestra carga impositiva y la rigidez de nuestro modelo nos sacarán del radar? Si no reformamos nuestras instituciones para competir, cerramos institucione obsoletas y abrimos nuestro mercado, seguiremos viendo pasar de largo oportunidades que el sudeste asiático ya domina.
Como costarricenses, debemos ser honestos también: Singapur es una "prisión de lujo". Existen restricciones severas a las libertades civiles: desde castigos por grafitis y chicles hasta un control férreo del discurso político. Es una nación joven cuyas instituciones aún deben evolucionar hacia la libertad integral. Singapur nos demuestra que el libre mercado es el motor más potente para erradicar la pobreza, pero también nos plantea una advertencia institucional: debemos buscar la riqueza sin construir los barrotes. El reto es demostrar que podemos alcanzar ese éxito económico y ese respeto absoluto a la propiedad privada manteniendo nuestra tradición democrática.
En fin, la apertura de la oficina de PROCOMER en Singapur es una oportunidad que Costa Rica no puede darse el lujo de desperdiciar. Es la llave a un ecosistema que premia la eficiencia y la apertura comercial sin complejos: una plataforma para hacer negocios, para exportar productos costarricenses al corazón del mercado asiático e importar empresas y capitales que dinamicen nuestra economía. Singapur nos enseña que un país pequeño, sin recursos y sin capital, puede avanzar y mucho.





































