Al analizar integralmente un banco o entidad financiera, pesan factores como el gobierno corporativo, la situación económico-financiera, la calidad del cumplimiento legal y regulatorio, la gestión del capital y, por supuesto, la gestión de riesgos. De hecho, estos cinco elementos constituyen la base que utiliza la Superintendencia General de Entidades Financieras (SUGEF) para determinar el grado de normalidad o irregularidad de una entidad, según lo establecido en la normativa SUGEF 24-22.
Pero, ¿qué significa realmente una buena gestión de riesgos?
En términos sencillos, significa que la entidad financiera identifica, mide, monitorea y controla aquellos eventos que podrían afectar su estabilidad financiera, operativa o reputacional.
Esto es fundamental porque recordemos que las entidades financieras realizan intermediación financiera. Es decir, captan recursos de personas y empresas que tienen excedentes de dinero y desean ahorrar, para luego colocar esos recursos en créditos a quienes necesitan financiamiento. En la práctica, las entidades financieras administran el dinero de miles de ahorrantes mientras financian consumo, vivienda, comercio o inversión empresarial.
Precisamente por eso deben administrar adecuadamente los riesgos asociados a esa actividad.
¿A qué riesgos están expuestos? Riesgo de crédito, riesgo de mercado, riesgo de liquidez, riesgo operativo, riesgo reputacional y un gran etcétera de muchos otros riesgos que hoy son cada vez más complejos y dinámicos.
En la práctica, una buena gestión de riesgos implica que la entidad financiera no asume riesgos de forma desordenada ni excesiva, sino que mantiene un equilibrio entre rentabilidad y prudencia. Una entidad puede crecer rápidamente, pero si lo hace otorgando créditos sin controles adecuados o asumiendo exposiciones excesivas, eventualmente podría comprometer su estabilidad financiera y los ahorros de sus clientes.
No por casualidad muchos bancos internacionales hacen de su gestión de riesgos una carta de presentación. Después de la crisis financiera internacional de 2008-2009 quedó claro que una mala administración del riesgo puede poner en peligro no solo a una entidad, sino incluso a todo el sistema financiero.
Además, el entorno actual ha tornado mucho más sofisticada esta labor. El riesgo de crédito sigue siendo uno de los más relevantes, pero en los últimos años han tomado fuerza riesgos emergentes (los llamados “cisnes negros”), el riesgo estratégico e incluso el riesgo de modelo (potenciado con el uso de inteligencia artificial y herramientas analíticas avanzadas).
Hoy una falla tecnológica, una filtración de datos o una crisis reputacional en redes sociales puede afectar la confianza de los clientes en cuestión de horas. Por eso, la gestión de riesgos ya no se ve como un requisito regulatorio o una buena práctica internacional. Es, en realidad, uno de los principales mecanismos de protección de los ahorros del público y un componente esencial para la estabilidad financiera de un país.
Al final, cuando una persona deposita su dinero en una entidad financiera, está haciendo un acto de confianza. Y esa confianza depende, en gran medida, de que la institución tenga la capacidad de administrar prudentemente los riesgos, incluso en escenarios económicos adversos.
Anelena Sabater
Economista





































