Carlos Quesada
Una vez terminada la campaña electoral conviene detenernos un momento. No para seguir discutiendo quién ganó o quién perdió, sino para revisar cómo debatimos. Porque el debate político en Costa Rica no solo se empobreció: se desordenó emocional, conceptual y políticamente. Y ese desorden encontró en las redes sociales su escenario más visible. Allí, lo que pudo haber sido un espacio de contraste de ideas terminó convertido —en muchos casos— en terreno fértil para el insulto y la simplificación.
Nada de esto ocurre en el vacío. El Informe Estado de la Nación viene advirtiendo desde hace años sobre el deterioro de la convivencia democrática, el aumento de la desconfianza institucional y las debilidades en cultura cívica. La campaña simplemente tensó aún más esas fibras en un entorno digital que premia la reacción inmediata y castiga la pausa.
Hubo estrategia en ello. Algunos actores comprendieron que la indignación moviliza más rápido que el argumento y que el conflicto genera más visibilidad que la explicación razonada. Poco a poco, las redes dejaron de parecerse a un espacio de deliberación y comenzaron a parecerse más a una gradería.
Y en esa gradería el debate se redujo, con demasiada frecuencia, a una lluvia de adjetivos. Resultó desconcertante ver cómo una conversación que debía girar en torno a la economía, la educación, la salud o la conducción del Estado terminó encapsulada en descalificaciones personales. Elegir quién conducirá el país durante los próximos años no puede convertirse en una competencia de insultos.
Cuando una sociedad sustituye el análisis por la etiqueta fácil, pierde de vista lo esencial. No nos detuvimos lo suficiente a preguntarnos cómo se va a gobernar, cuáles serán las prioridades reales, qué visión de país está en juego. Nos quedamos en la superficie.
Aquí aparece un punto incómodo: la ciudadanía. En un contexto donde persisten debilidades en educación cívica y comprensión del sistema político —algo señalado por distintos diagnósticos nacionales— muchas personas terminaron defendiendo afirmaciones falsas o medias verdades como si fueran hechos incuestionables. No necesariamente por mala fe, sino por falta de herramientas para distinguir.
Y, sin embargo, en medio de ese clima de tensión y desinformación, la institucionalidad electoral costarricense volvió a mostrar solidez. El Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) condujo un proceso particularmente desgastante bajo presiones y cuestionamientos poco habituales en nuestra historia reciente. A pesar de ello, el proceso concluyó con reglas claras y resultados legítimos. Esa estabilidad no es casual: es reflejo de una institución que ha sabido resguardar la columna vertebral de nuestra democracia incluso en momentos complejos.
En esa misma línea, el Instituto de Formación y Estudios en Democracia del TSE ha venido realizando un trabajo serio y sostenido en materia de formación ciudadana y capacitación a partidos políticos. Su labor no es nueva ni improvisada; forma parte de un esfuerzo constante por fortalecer la cultura cívica del país.
Justamente por eso, en un contexto como el que acabamos de vivir, su papel adquiere aún mayor relevancia. Si queremos elevar el nivel del debate público, instancias como esa no solo deben mantenerse: deben fortalecerse.
El deterioro del debate no se queda en las redes. Se filtra hacia el sistema político. Cuando la viralidad pesa más que el contenido, cuando el ruido se confunde con respaldo, las decisiones electorales se vuelven más emocionales y menos informadas. Y eso termina afectando la calidad de la democracia.
La responsabilidad no es exclusiva de los algoritmos ni de los actores políticos. Tampoco es solo institucional. Es compartida. Lo que hoy parece una estrategia eficaz para captar atención mañana puede convertirse en un obstáculo para gobernar y para construir acuerdos mínimos.
Terminada la campaña, la pregunta es inevitable: ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo elevamos el nivel de la conversación? ¿Qué exigimos a quienes gobiernan y qué nos exigimos a nosotros mismos?
No podemos permitir que la democracia se diluya entre insultos y consignas vacías. Las redes no son el problema en sí mismas. El problema es el uso que hacemos de ellas.
El debate político no desaparece cuando se degrada. Simplemente pierde profundidad.
Y cuando pierde profundidad, la democracia también pierde fuerza.





































