El respeto no debería pedirse. Debería ser el suelo firme sobre el cual todas —sin importar la talla, el género ni el cargo— podamos construir.
Me encantaría empezar esta reflexión diciendo que soy una mujer empoderada y segura de mí misma, como me lo recuerdan con frecuencia la publicidad, los estereotipos y el entorno profesional, pero no empieza así. Soy una mujer profesional, tratando de encontrar mi voz.
En un entorno que debería ser seguro para todas las mujeres, fui convertida en menos que una persona, la constancia de la crueldad, hace parecer esas imágenes de películas de patios llenos de niños burlándose de alguien como la crueldad desmedida. No me llamaron por mi nombre, me redujeron a una caricatura de una cerdita color rosa, no se valoró cualidades, preparación, educación, solo fui burla. Y no fue un apodo casual o inocente fue parte de una sistemática e intencionada forma de maltratar a las mujeres que no encajan en el estereotipo. Fue una forma de reducirme a mi cuerpo, de convertir mi presencia y mi autoridad en motivo de risa. Se repitió con complicidad, con esa mezcla de crueldad y silencio que normaliza el desprecio. Pero esto no va solo de un sobrenombre, sino de todo lo que representa. De lo que muchas mujeres debemos soportar en espacios marcados por culturas machistas, estructuras retrógradas que aún toleran el irrespeto como si fuera parte del ambiente.
Esto también es violencia contra las mujeres. De esa que desgasta, que aísla, que duele. Esa violencia que en Costa Rica sigue cobrándose vidas, como la de mi tocaya Lucía, una joven que decidió terminar la suya tras un acoso sostenido que nadie supo —o quiso— detener.
La violencia no siempre grita; a veces se disfraza de chiste, de sobrenombre, de mirada cómplice, de risas encubiertas. La violencia simbólica se manifiesta cuando se mina el valor de una persona mediante gestos, palabras o actitudes que refuerzan estereotipos y jerarquías. Es una forma silenciosa pero devastadora de exclusión.
Para las mujeres en posiciones de liderazgo, esta violencia no solo busca humillarlas personalmente, busca erosionar su autoridad. Y cuando el ataque es al cuerpo —por su tamaño, color, edad o forma— se activa una doble carga: la de defender la dignidad individual y la del rol profesional.
El silencio también es violencia "Una palabra no confrontada se convierte en costumbre. Y una costumbre impune se vuelve norma."
Cuando se levanta la voz, la sociedad misma no puede ser neutral. El silencio o la omisión validan al agresor. Las mujeres que denuncian muchas veces deben elegir entre el aislamiento o la imagen de “conflictivas”. Pero quedarse calladas tiene un precio aún más alto: normalizar lo inaceptable.
En esta sociedad, hay quienes optan por no “meterse”. Pero cuando el respeto se delega, se diluye. Y la dignidad no puede depender de las circunstancias.
Educar para desarmar prejuicios
La educación no es un accesorio del cambio: es su raíz más profunda. Desde las aulas hasta las salas de juntas, debemos enseñar que el respeto no se negocia y que el cuerpo de nadie es terreno de burla. Invertir en programas de sensibilización, en formación con enfoque en género y en estrategias para el reconocimiento de la diversidad corporal no debería ser opcional, sino urgente. Solo cuando cuestionamos desde la niñez lo que se nombra como "normal", empezamos a desmontar el prejuicio que más tarde se transforma en exclusión, acoso y dolor.
Construir culturas donde el respeto sea ley
No se trata solo de evitar el insulto o el apodo hiriente. Se trata de sembrar entornos donde nadie tenga que cuestionarse si merece ocupar el lugar que ha alcanzado. Donde la diversidad no sea tolerada, sino valorada. Donde las políticas de igualdad no sean letra muerta.
Necesitamos protocolos vivos, trabajar en la educación de la sociedad, liderazgos que no teman señalar lo injusto, y un país donde no se castigue a quien habla, sino a quien agrede. Porque cada vez que una mujer levanta la voz, se abren puertas que otras podrán cruzar.





































