Josué Fernández Araya
Decano de Ciencias Sociales
ULACIT
En el cuento “Los que se van de Omelas”, Ursula K. Le Guin describe una ciudad perfecta: luminosa, alegre, sin opresión ni crimen. Sus habitantes viven en plenitud, celebrando la belleza y la armonía. Sin embargo, esa utopía tiene un precio: en un cuarto oscuro y sucio, un niño vive en condiciones inhumanas. Toda la prosperidad de Omelas depende de que ese niño siga sufriendo. Todos lo saben; algunos lloran, otros sienten rabia, pero casi todos acaban aceptando esta condición como un “mal necesario”. Solo unos pocos, incapaces de soportar la injusticia, deciden abandonar la ciudad para siempre.
Esta historia, aunque ficticia, funciona como una metáfora inquietante de nuestra propia realidad. En el mundo actual, el “niño de Omelas” está representado por millones de personas invisibles: poblaciones enteras que sufren guerras olvidadas, hambrunas crónicas, explotación laboral y desplazamiento forzado. El bienestar de las sociedades privilegiadas —incluyendo la nuestra— está sostenido, en parte, sobre ese sufrimiento lejano. Nuestra ropa puede provenir de fábricas donde niños trabajan jornadas interminables; nuestros dispositivos electrónicos dependen de minerales extraídos en zonas de conflicto; nuestros alimentos, de cultivos donde jornaleros viven en condiciones precarias.
Como en Omelas, no somos completamente ignorantes de esta realidad. Las noticias, las redes sociales y las campañas humanitarias nos recuerdan que existen campos de refugiados, niños soldados, ciudades bombardeadas y crisis alimentarias. Sin embargo, muchas veces nuestra reacción se parece a la de los habitantes de la ciudad ficticia: sentimos tristeza o indignación, pero pronto lo justificamos con frases como “siempre ha sido así” o “no podemos salvar a todos”. Esta resignación se convierte en un mecanismo de defensa para no alterar nuestras rutinas ni renunciar a la comodidad que el sistema nos ofrece.
En el cuento, quienes no aceptan la injusticia se marchan de Omelas, aun sin saber si encontrarán algo mejor. En el mundo real, “los que se van” son aquellas personas que deciden romper con las estructuras que perpetúan la desigualdad: activistas que se involucran en causas humanitarias, comunidades que eligen un consumo responsable, voluntarios que trabajan en zonas de crisis. Su camino es incierto, pero su decisión implica no ser cómplices del precio oculto de la felicidad colectiva.
La pregunta que deja Le Guin sigue siendo urgente: ¿estamos dispuestos a enfrentar las consecuencias de cambiar el sistema, aunque eso signifique perder parte de nuestro bienestar? O, como la mayoría de los habitantes de Omelas, ¿preferimos cerrar la puerta, convencernos de que “no hay alternativa” y seguir disfrutando de la luz del verano mientras alguien más vive en la oscuridad?
En última instancia, la historia nos obliga a reconocer que todos habitamos alguna forma de Omelas. La diferencia es que, en nuestro caso, el niño no es uno solo, sino millones.
La elección sigue siendo la misma: quedarnos y aceptar, o marcharnos hacia un lugar incierto, pero moralmente más habitable.





































