La inminente posibilidad de un nuevo orden financiero mundial, del cual casi todos los economistas del mundo coinciden, nos va a obligar a cambiar nuestros patrones de consumo, ahorro e inversión, es decir, a socarnos la faja.
La suma de las economías personales, familiares, empresariales, corporativas y estatales es la economía del país en general.
De manera que, ante un cataclismo económico mundial o ante el cambio de patrones de uso de monedas para importaciones y exportaciones, tenemos que modificar los hábitos de consumo a nivel personal y familiar, reducir los gastos innecesarios a nivel empresarial y también disminuir el gasto en operación, planilla e inversión social y en infraestructura a nivel de Estado.
Lo anterior se convierte en una medida urgente ante el incremento del costo de nuestras importaciones en combustibles, fertilizantes, comida y otros bienes de consumo o inversión. También serán medidas a tomar con suma urgencia ante la reducción del volumen de nuestros ingresos, tanto salariales como en ventas y exportaciones.
Nadie duda de que serán medidas difíciles pero apropiadas, y ello nos hará cuestionar públicamente el presupuesto del Estado, su nivel de endeudamiento e inversión y, sobre todo, la optimización de esos futuros decrecientes recursos.
La primera medida que el país tendrá que tomar es legislar un presupuesto para el 2027 totalmente austero y con el menor déficit fiscal posible, a no ser que los fondos de reserva del BCCR sirvan para financiar la expansión de ese gasto, lo cual no deja de ser una medida posible y factible.
La segunda medida que el país tendrá que tomar es legislar para reducir el consumo de combustibles importados, pues su factura crecerá de manera impredecible desde los $3.000 millones anuales hasta los fatídicos $5.000 millones o más.
La tercera medida que el país tendrá que tomar con suma urgencia es obligar al BCCR a cambiar sus reservas monetarias en dólares hacia un nuevo sistema de mayor confiabilidad, como podría ser el oro o incluso monedas como el yuan, rublo o cruceiro.
Se nos vienen meses de gran incertidumbre financiera y, en lo personal, estoy tomando este asunto con gran seriedad: primero, reduciendo depósitos a plazo en dólares; segundo, invirtiendo esos capitales en productos o bienes raíces; y tercero, reduciendo los gastos superfluos e innecesarios en la operación de mi negocio y hogar.
Invito a la comunidad empresarial del país a manifestar lo antes posible sus sugerencias, para que no sea el Estado el que termine imponiendo sus propias necesidades por encima de todos nosotros.
En este periodo de socarnos la faja, nos toca no solo a las personas, hogares y empresas hacerlo, sino también —con mayor urgencia y efectividad— al costoso Estado que hemos construido en las últimas décadas.
Ricardo Trujillo Molina MScEE





































