Marianne Hütt C.
Directora de Mercadeo de Banco Promerica
Esta columna forma parte de la serie El cerebro humano en la era de la adaptación, una exploración sobre neurociencia, comportamiento humano, liderazgo y adaptación en un mundo marcado por la inteligencia artificial, la velocidad y la sobreestimulación.
Este año descubrí el ciclismo y, con él, llegaron muchas cosas que no esperaba.
Llegaron madrugadas, rutas largas y retadoras, piernas cansadas, conversaciones inesperadas y sobre todo maestros: algunos arriba de una bicicleta, otros en forma de frases y otros escondidos dentro de las propias experiencias del camino.
A lo largo de estos meses, muchas personas me han repetido una idea que al principio sonaba casi como un cliché: "la bicicleta se parece mucho a la vida."
Y aunque al inicio no estaba completamente consciente de lo que eso significaba, con cada kilómetro empecé a entender mejor lo que querían decir.
El deporte de alto rendimiento revela muchas de las mismas dinámicas que encontramos en el aprendizaje, el liderazgo, los negocios y la vida. La forma en que respondemos a la incertidumbre, construimos hábitos, perseguimos metas, nos adaptamos al cambio y, una de las más importantes, nuestra relación con el éxito. También nos obliga a desarrollar la habilidad de discernir entre las presiones que vienen del entorno y aquellas que nos imponemos nosotros mismos. Las primeras suelen requerir estrategia, decisiones y acción, las segundas, autoconocimiento e inteligencia emocional.
Hay una escena que se repite constantemente en el ciclismo: apenas un ciclista cruza una meta para la que entrenó durante meses, ya está pensando en la siguiente carrera, la siguiente distancia o la próxima montaña. Mientras más practico este deporte, más me doy cuenta de que eso no ocurre solamente en el ciclismo.
Ocurre en nuestras carreras profesionales. Sucede cuando logramos una promoción que llevábamos años persiguiendo, al alcanzar una meta financiera importante o en el momento que terminamos un proyecto que parecía imposible.
Durante mucho tiempo pensamos que la satisfacción vivía al otro lado de la siguiente meta. Pero cuando finalmente llegamos, la sensación dura menos de lo que imaginábamos y casi sin darnos cuenta, nuestra mente ya está pensando en lo que sigue.
Quisiera que se pregunten: ¿cuándo fue la última vez que se permitieron disfrutar un logro antes de empezar a perseguir el siguiente?
La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno y se los quiero compartir desde distintos ángulos.
Pensamos que cuando terminemos ese proyecto, compremos esa casa o crucemos esa meta, finalmente nos sentiremos completos. Sin embargo, una vez que llegamos, descubrimos que la satisfacción suele ser más breve de lo que imaginábamos. A esto se le llama la falacia de la llegada: la creencia de que la felicidad permanente nos espera al otro lado de la próxima meta.
También tenemos una tendencia a redefinir constantemente qué significa el éxito. Alcanzamos un objetivo importante y, en lugar de detenernos a reconocerlo, elevamos inmediatamente el estándar. Lo que ayer era un sueño hoy se convierte en el nuevo punto de partida. Esto lo describen como: mover los postes de la meta.
Y probablemente la metáfora más antigua de todas sea la de la zanahoria delante del caballo. La idea de que siempre existe algo un poco más adelante que promete satisfacción, plenitud o realización. Algo que nos mantiene avanzando y que, paradójicamente, también puede impedirnos apreciar el lugar en el que estamos.
Las tres ideas describen la misma realidad desde perspectivas distintas: la capacidad que tiene el cerebro para enfocarse en lo que falta en lugar de reconocer lo que ya ha logrado. Esa tendencia a perseguir nuevas metas ha sido una de las grandes ventajas de nuestra especie, sin embargo, también tiene su costo.
Desde mi rol en banca, creo que una de las funciones más importantes de una institución financiera es convertirse en un habilitador del éxito, los sueños y proyectos de vida de las personas. Ayudarlas a emprender, crecer, invertir, ahorrar, construir patrimonio o alcanzar metas importantes para ellas. Pero también pienso que existe otra responsabilidad igual de importante que pocas veces mencionamos: acompañarlos a celebrar sus logros.
Hace poco, un amigo y colega me regaló un libro cuya portada tenía una frase sencilla, pero poderosa: "Cuando nada parece cambiar, si yo cambio, cambia todo." La frase es de Jim Rohn. Me hizo pensar que quizás el verdadero cambio no siempre ocurre cuando modificamos nuestras circunstancias. A veces ocurre cuando modificamos la forma en que las observamos. Porque el éxito no siempre necesita una nueva meta. En ocasiones necesita una nueva perspectiva: recordar que el éxito no consiste únicamente en alcanzar una meta, también consiste en aprender a vivirla.
Y como me gustan los paralelismos, recordé la frase de Walter Hagen: "don't forget to smell the roses along the way." No te olvidés de disfrutar el aroma de las rosas durante el camino. ¿Qué quiero decir con esto? Que así como en la bicicleta puedo apreciar el paisaje mientras pedaleo, en la vida también se vale disfrutar los procesos.
Lecturas recomendadas para profundizar en los temas mencionados en esta columna
• The Power of Now — Eckhart Tolle
• The Happiness Hypothesis — Jonathan Haidt
• The Psychology of Money — Morgan Housel
• The Art of Happiness — Dalai Lama y Howard Cutler
• The Success Principles — Jack Canfield





































