Para entender a Naciones Unidas y a la diplomacia debemos remontarnos al Tratado de Versalles del cual sale La Sociedad de las Naciones, el cual tenía como propósito establecer seguridad y paz. Hay muchas teorías de cuándo se crea la profesión diplomática como tal, y entre ellas está en 1920 precisamente por este tratado. Fue en vano, los esfuerzos en conjunto para evitar una segunda guerra fueron totalmente ineficaces, es por ello que después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, se crea Naciones Unidas.
Naciones Unidas nació bajo los ideales del liberalismo, desde la protección a la libertad del individuo. Con el compromiso y el diálogo de los Estados, se iban a llegar a soluciones increíbles para la humanidad. Sin embargo, hoy parece haber perdido el rumbo. La diplomacia que alguna vez fue universal se ha convertido en selectiva, y la organización en lugar de ser un punto referente de tolerancia, actúa muchas veces bajo criterios viciados y contradictorios.
Un ejemplo reciente refleja esa incoherencia: mientras algunos diplomáticos abandonaron el recinto durante el discurso de Netanyahu, permanecieron atentos al discurso de Ahmed al-Sharaa quién se unió a al-Qaeda en los primeros años del 2000 y fue uno de los terroristas más buscados. Ahora, presidente de facto en Siria, es bien recibido porque promete un país “más libre”. Un “presidente”, perteneciente anteriormente a un grupo terrorista, que no fue electo democráticamente y promete maravillas al pueblo siriano agarrándose de sus golpes y traumas por regímenes anteriores, para ellos evidentemente no es problema. Porque claro, ¿qué puede ser peor que Bashar al-Assad, pasado presidente de Siria?
Con esto, no pretendo decir que debieron irse también durante el discurso de Ahmed, me refiero sino, que a pesar del historial contra su persona, ¿cómo nos hacemos de la vista gorda ante semejante contradicción? Y responder a esto que “uno es peor que el otro” no basta, invalidar e injustificar las realidades internacionales a antojo, es caer en la misma hipocresía que tanto criticamos. La verdadera diplomacia implica dialogar con todos, no únicamente con quienes confirman nuestras posturas. Cuando se cierra el oído al discurso incómodo, lo que se construye no es paz, sino un eco vacío.
Naciones Unidas se ha vuelto intolerante y parcial. Ha dejado de lado los principios liberales que le dieron origen para adoptar un discurso ideológico de izquierda posmoderna, la que se centra en etiquetas, señalamientos, cancelamientos y “sentido moral” intolerante. Bajo la bandera de los derechos humanos y la igualdad, se esconde una selectividad peligrosa: lo que ocurre en el Congo y Nigeria con la violencia interminable hacia las personas cristianas, en Xinjiang abusos contra los uigures, y muchas regiones más reciben mucho menos atención que otros conflictos donde el interés político y mediático es mayor. Porque viven de las emociones de las personas, y saben que su narrativa de lawfare le da espacio a personas radicales, que esas son las únicas que siguen dividiendo a la humanidad que Naciones Unidas tanto dice querer unir.
La parcialidad de Naciones Unidas no solo se refleja en lo que calla, sino también en lo que permite dentro de su estructura. Numerosos informes de UN Watch y auditorías de USAID han mostrado que la UNRWA ha sido infiltrada por miembros de Hamas, llegando incluso a usarse como plataforma para propaganda y túneles de ataque en Gaza. La propia ONU reconoció que nueve empleados estaban implicados en los ataques del 7 de octubre y fueron despedidos. Sin embargo, en lugar de emprender una reforma profunda, Naciones Unidas optó por aligerar la situación, manteniendo intacto un subórgano cuya neutralidad está gravemente comprometida. Es casi como si no les interesara ahondar en algo que saben que muy posiblemente les explote en la cara.
Todavía creo en Naciones Unidas. Pero no puedo no ser crítica con el sistema que actualmente ha llevado a su fracaso inminente. Creo en su valor como espacio de encuentro y en su rol indispensable para un mundo en conflicto. Pero para ser fiel a sí misma, debe regresar a su centro de origen y sus valores liberales: a la diplomacia que escucha, que no huye del disenso y que no elige entre vidas más valiosas y menos valiosas. Su práctica actual se aleja de su misión fundamental. La diplomacia no puede ser selectiva; escuchar es un deber, incluso cuando lo dicho incomoda. Y tenemos el deber de ser ese cambio, de entender la perspectiva global sin prejuicios y anuentes a las diferencias.
El futuro de Naciones Unidas depende de si seguir atrapada en la comodidad de la narrativa ideológica o atreverse a regresar a la universalidad de sus principios. Deben decidir si quieren ser la voz de la humanidad o la voz de algunos, pero por ahora, no es más que un foro de hipocresía global. Si no es capaz de medir con la misma vara que mide a Israel, a otros como a Siria, a China, a Hamas o a sus propios órganos infiltrados, entonces no es un garante de paz, es un teatro político. Es de carácter urgente una reforma interna, la humanidad no necesita diplomacia de papel; necesita espacios menos burocráticos y más críticos que se atrevan a confrontar incluso a sus propios fantasmas.
Marie Fernanda Solano





































