La energía es, quizás, el desafío más subestimado en la carrera para establecer una presencia humana permanente en la Luna. Mientras la atención pública se centra en cohetes, trajes espaciales y fechas de lanzamiento, científicos, ingenieros y funcionarios de la NASA coinciden en que ninguna base lunar podrá sostenerse sin una fuente de energía confiable que funcione día y noche, literalmente.
Y ahí radica el problema porque en la Luna, los conceptos de día y noche no se parecen en nada a los terrestres. Un ciclo lunar completo dura cerca de 29.5 días terrestres, lo que significa que cada período de luz solar se extiende durante unos 14 días seguidos, y cada noche lunar dura otro tanto, es decir, casi dos semanas completas de oscuridad total. Para cualquier sistema que dependa de paneles solares, esto representa un obstáculo casi insalvable. En la Tierra, las baterías solo necesitan cubrir unas pocas horas de oscuridad nocturna; en la Luna, tendrían que almacenar energía suficiente para sobrevivir catorce días sin un solo rayo de luz solar, lo que exigiría bancos de baterías de un tamaño y peso poco realistas para transportar en una misión espacial, donde cada kilogramo adicional dispara los costos de lanzamiento.
El problema se agrava en las regiones de mayor interés científico como los cráteres permanentemente sombreados del polo sur lunar, donde se cree que existen reservas de hielo de agua, pero que jamás reciben luz solar directa. Ahí, la energía fotovoltaica no es simplemente ineficiente, es inviable por completo.
Frente a este panorama, la fisión nuclear se ha convertido en la opción más viable para las agencias espaciales. Un reactor nuclear puede generar electricidad de manera ininterrumpida durante años, sin necesidad de reabastecimiento y sin verse afectado por las temperaturas extremas del ciclo lunar, que oscilan entre los -173°C durante la noche y los 127°C en pleno día. Además, puede instalarse incluso en las zonas permanentemente oscuras del polo sur, algo que ninguna otra tecnología actual permite.
Por esta razón la NASA y el Departamento de Energía (DOE) de EE. UU. firmaron un memorando de entendimiento el 13 de enero de 2026 para reforzar su colaboración en el desarrollo de una fuente de energía de fisión nuclear para la superficie lunar y futuras misiones a Marte. Este acuerdo responde a una orden ejecutiva firmada por el presidente Trump el 18 de diciembre de 2025, titulada *Ensuring American Space Superiority* (Asegurando la Supremacía Norteamericana en el Espacio), que fija entre sus prioridades el regreso de astronautas a la Luna en 2028 a través del programa Artemis y el despliegue de un reactor nuclear en la superficie lunar para 2030.
El administrador de la NASA, Jared Isaacman, declaró que aprovechar la energía nuclear es necesario para lograr la próxima meta de llegar a Marte, y que este acuerdo permite una colaboración más estrecha entre ambas agencias. El secretario de Energía, Chris Wright, comparó la iniciativa con hitos históricos como el Proyecto Manhattan y el programa Apolo.
No es casualidad, entonces, que tanto Estados Unidos como la alianza entre Rusia y China hayan puesto sus fichas en la energía nuclear como pilar central de sus respectivos planes de bases lunares. Lo que antes parecía un capricho tecnológico, llevar un reactor nuclear al espacio, se ha convertido en la condición sine qua non para que la exploración lunar deje de ser una serie de visitas breves y se transforme, finalmente, en una presencia sostenida.
El microrreactor que Westinghouse propone para la Luna lleva por nombre Astro Vinci, una versión adaptada de su tecnología terrestre eVinci, que la empresa ya suministra a comunidades remotas, universidades y centros industriales en la Tierra. Diseñado para generar entre 10 y 100 kilovatios de electricidad, el Astro Vinci fue concebido específicamente para sobrevivir las condiciones extremas de la superficie lunar y operar de manera autónoma durante hasta una década sin necesidad de reabastecimiento. Su desarrollo se enmarca en el proyecto Fission Surface Power (FSP) de la NASA y el Departamento de Energía, que en enero de 2025 otorgó a Westinghouse un contrato para continuar perfeccionando el diseño a través del Laboratorio Nacional de Idaho.
Vale aclarar que Westinghouse no es la única empresa en esta ruta. Lockheed Martin, en alianza con BWX Technologies y Creare, y el consorcio IX, integrado por Intuitive Machines, X-energy, Maxar y Boeing, también compiten por el contrato final que la NASA otorgará para construir el reactor que finalmente viajará a la Luna. Será precisamente esa competencia, resuelta mediante acuerdos comerciales de tipo Space Act, la que determine cuál de estos diseños terminará convirtiéndose en la primera planta nuclear operativa fuera de la Tierra.
Un microrreactor nuclear es, en esencia, una versión miniaturizada y prefabricada de una planta de energía nuclear tradicional. Mientras que un reactor convencional como los que operan en las grandes centrales eléctricas puede generar entre 1,000 y 1,600 megavatios de electricidad y ocupa instalaciones del tamaño de varias hectáreas, un microrreactor cabe, literalmente, dentro de contenedores transportables por camión, tren o incluso avión de carga, y genera apenas una fracción de esa potencia, por lo general entre 1 y 20 megavatios, aunque algunos diseños más ambiciosos llegan hasta 50.
Los microrreactores funcionan con el mismo principio físico que en cualquier planta nuclear, a través de la fisión, es decir, la división de núcleos atómicos de un material radiactivo, que libera enormes cantidades de calor. Ese calor se utiliza para generar electricidad, con sistemas que difieren un tanto de las turbinas de vapor que emplean los reactores grandes. La diferencia clave frente a una planta tradicional es el grado de simplificación dado que muchos microrreactores no necesitan agua para refrigerarse, sino que usan metales líquidos o gases como el helio, no requieren una planilla de cientos de operadores y están diseñados para ensamblarse casi por completo en fábrica antes de ser enviados a su destino final, reduciendo drásticamente los tiempos y costos de construcción en el sitio.
La mayoría de los microrreactores modernos —incluyendo el eVinci de Westinghouse o el diseño BWXT— utilizan uranio poco enriquecido de alto ensayo, conocido por sus siglas en inglés como HALEU (High-Assay Low-Enriched Uranium), enriquecido entre un 5% y un 20% de uranio-235. Esto los distingue un tanto de los reactores comerciales convencionales que usan uranio enriquecido a menos del 5%, así como de las armas nucleares que requieren enriquecimientos superiores al 90%. El HALEU permite núcleos del reactor más compactos y períodos de operación más largos sin necesidad de recargar combustible, en algunos casos hasta ocho o incluso diez años de funcionamiento continuo.
En rangos de potencia, en términos generales, la industria clasifica estos diseños así:
- Microrreactores: entre 1 y 20 MW (algunos hasta 50 MW).
- Reactores modulares pequeños (SMR): entre 50 y 300 MW.
- Reactores convencionales: por encima de 300 MW, llegando a más de 1,000 MW.
En el ámbito civil, los microrreactores están pensados para lugares donde construir una red eléctrica tradicional resulta costoso o poco práctico:
- Comunidades remotas o aisladas, incluyendo poblaciones árticas.
- Operaciones mineras e industriales alejadas de la red eléctrica.
- Centros de datos, que actualmente enfrentan una demanda energética creciente por la inteligencia artificial.
- Universidades, hospitales y campus institucionales que buscan energía libre de emisiones de carbono.
- Recuperación tras desastres naturales, cuando la red eléctrica convencional queda destruida.
En usos militares, el Departamento de Defensa de EE. UU. impulsa desde hace años programas como Project Pele, orientado a desarrollar microrreactores transportables para bases militares. Sus aplicaciones incluyen:
- Suministro de energía a bases remotas o de avanzada sin depender de convoyes de combustible, que son vulnerables a ataques en zonas de conflicto.
- Resiliencia energética frente a ciberataques o sabotajes a la red eléctrica civil.
- Apoyo logístico en operaciones expedicionarias, donde el transporte de combustible fósil representa un riesgo constante para el personal.
Como nos muestran los proyectos de la NASA, esta misma tecnología, adaptada para resistir el vacío, la radiación cósmica y las temperaturas extremas, es hoy la piedra angular de los planes para llevar energía nuclear más allá de la Tierra, empezando por la Luna, que actuará entonces como la estación de paso y punto de relanzamiento para finalmente establecer nuestra base habitable en Marte.
Eugenio G. Araya
Físico
American Nuclear Society Member
TEDx Speaker





































