Un 4 de enero de 2020 nos conocimos en persona. Yo, por entonces, conducía un programa en Radio Actual y aproveché su paso por Costa Rica para invitarlo a una entrevista. Y él aceptó.
Mucho tiempo atrás, habíamos interactuado en redes sociales. Yo, alguna vez, escribí un texto en la extinta Revista Paquidermo donde lo imaginaba a él manejando el DeLorean de Macho Pozuelo y viajando al pasado para evitar el ascenso del PAC. Al leerlo, él me dijo “Mae, está buenísimo, solo que yo ni licencia tengo”.
Desde entonces empezamos a conversar con frecuencia.
Casi siempre sobre política, sobre gatos y sobre libros.
El fotógrafo de origen armenio-turco Ara Güler cuenta que, mientras caminaba por un pueblo en el interior de Turquía, de repente notó un bajo relieve escondido entre la maleza. Se trataba de una pieza arqueológica en la que se acusaba el gesto de un grito. Güler asegura que fue una suerte de llamado, que prácticamente pudo escuchar aquel grito y que por eso sacó su cámara e hizo esa foto que hoy conocemos como El grito de Afrodisias. Güler había descubierto las ruinas de una de las ciudades más preciadas de la Roma antigua. Y solo le bastó tener oídos y ojos muy abiertos para ver y escuchar aquello que durante miles de años fue ignorado.
Me gusta pensar que una entrevista radial opera de esa misma forma: prestar atención a un grito milenario que yace perdido entre la maleza o, si se quiere, en el éter. Prestarle atención y hacerle una foto, por supuesto. Cuando entrevisté a Juan Carlos, recordé lo que un economista, amigo en común, me dijo sobre él: “Entiende más de economía que la mayoría de mis colegas”.
Ese fue el grito capturado en el éter.
No hace mucho, cuando ya estábamos en campaña, nos topamos en la sede del partido. Yo estaba solo, medio ido, leyendo un libro de Brad Wilson sobre perros y Juan Carlos me abordó con un “Diay, mae, yo te hacía leyendo sobre el bachiller Osejo”.
Esta es la primera vez que un amigo participa como candidato presidencial. Todas mis consideraciones sobre la idoneidad de Juan Carlos, por supuesto, están mediadas por esa condición, ya de por sí, decisiva. Pero más allá de eso, más allá de sus facultades, más allá de que sea una persona que consulta y escucha y más allá de que nadie salvo él haya presentado un equipo de trabajo, creo que Juan Carlos es un hombre justo.
En un momento tan atroz como este, una característica de tal naturaleza no debería pasar desapercibida. La bondad, como sugería David Cooper, es una forma superior de inteligencia. Y puedo decir que Juan Carlos es un hombre bueno.
Fabián Coto Chaves
Escritor y productor radial





































