Hay momentos en la historia de los pueblos en que los cambios dejan de ser simples alternancias y comienzan a transformar la manera en que una sociedad se comprende a sí misma. Confieso que esa es la inquietud que hoy me acompaña cuando observo el clima político y social de Costa Rica. Entonces viene a mi memoria una antigua palabra griega: metanoia. Una palabra que no describe un cambio cualquiera, sino una transformación profunda de la conciencia, de la forma de pensar y de la manera de interpretar la realidad.
Toda sociedad cambia. Esa es la esencia misma de la historia. Sin embargo, con el paso de los años he llegado a la convicción de que no todo cambio representa un verdadero progreso. Existen transformaciones que fortalecen las instituciones, consolidan la convivencia y elevan la dignidad humana. Pero también existen otras que, casi imperceptiblemente, erosionan los valores compartidos hasta alterar la identidad de una nación.
Tengo la impresión de que Costa Rica atraviesa uno de esos momentos decisivos. No porque la democracia esté llamada a desaparecer de un día para otro, sino porque percibo señales que invitan a reflexionar sobre la dirección que estamos tomando como República.
Durante décadas, los costarricenses construimos una identidad sustentada en principios que iban mucho más allá de las diferencias ideológicas. La confianza en las instituciones, el respeto por el Estado de Derecho, la educación como instrumento de movilidad social, el diálogo, la solidaridad y el civismo fueron los cimientos sobre los que varias generaciones edificaron una de las democracias más estables de América Latina. Ese patrimonio no surgió por casualidad. Fue el resultado de una construcción social paciente, alimentada por la convicción de que una República no se sostiene únicamente mediante leyes o elecciones periódicas, sino gracias a la confianza que existe entre sus ciudadanos.
Hoy observo con preocupación una manera distinta de entender la política. El diálogo parece ceder espacio a la confrontación; el debate razonado es sustituido por la descalificación; la emoción inmediata desplaza la reflexión; y la permanente división entre unos y otros amenaza con ocupar el lugar donde antes existía una idea compartida del interés nacional.
Cuando la política convierte el conflicto en su principal herramienta, quienes terminan perdiendo no son únicamente los adversarios de turno. Pierde la República.
Lo que más me preocupa es el efecto que este fenómeno puede producir sobre nuestro tejido social. Las sociedades comienzan a fracturarse cuando desaparece la confianza mutua, cuando el adversario deja de ser un conciudadano para convertirse en un enemigo y cuando las instituciones pasan a ser objeto permanente de sospecha sin que medien razones suficientes. Poco a poco se debilita ese patrimonio invisible que permite a una democracia funcionar con estabilidad.
La historia demuestra que las repúblicas rara vez desaparecen de manera abrupta. Generalmente empiezan a deteriorarse cuando los ciudadanos dejan de valorar aquello que antes consideraban esencial: la verdad, el respeto, la prudencia, la fortaleza institucional y el compromiso con el bien común. Ese proceso suele ser silencioso, pero no por ello menos peligroso.
Por eso creo que la verdadera metanoia que Costa Rica necesita no consiste en romper con su tradición republicana, sino precisamente en redescubrirla. Significa recuperar el valor de la palabra, fortalecer la educación cívica, defender el respeto institucional y comprender que ninguna diferencia política puede justificar el deterioro de los principios que han dado estabilidad a nuestra democracia.
Los países no permanecen unidos únicamente por el crecimiento económico ni por el éxito circunstancial de un gobierno. Permanecen unidos cuando existe una conciencia colectiva que reconoce que el destino común vale más que cualquier victoria política pasajera.
Estoy convencido de que cada generación recibe la República como un legado y, al mismo tiempo, como una responsabilidad. No basta con admirar la obra de quienes nos precedieron; debemos preservarla y fortalecerla. Si alguna metanoia necesita hoy Costa Rica, es aquella que nos permita reencontrarnos con nuestra mejor tradición democrática, reconstruir la confianza entre los ciudadanos y recordar que el mayor patrimonio de una nación no son sus edificios públicos ni sus símbolos patrios, sino la convicción compartida de que la libertad, la justicia, el respeto y la dignidad humana seguirán siendo el fundamento sobre el cual decidimos construir nuestro futuro.
Lic. Ferdinand von Herold Duarte
Abogado





































