“I am haunted by waters” es la línea final de la novela A River Runs Through It, escrita por Norman Maclean.
En su contexto original, no significa estar perseguido por algo aterrador, sino vivir acompañado por recuerdos, pérdidas, afectos y preguntas que nunca desaparecen del todo. El narrador contempla un río que simboliza tanto la belleza de la vida como el dolor de lo que se ha perdido. Al decir “I am haunted by waters”, reconoce que esos recuerdos permanecen presentes, como una corriente silenciosa que lo acompaña siempre.
Es una de las expresiones más bellas de la literatura estadounidense sobre la memoria, la pérdida y el paso del tiempo.
La frase también podría traducirse como “Sigo habitado por las aguas”. Y en esa lectura más amplia deja de ser únicamente una experiencia individual para convertirse en una metáfora colectiva. Hay pueblos enteros que parecen habitados por sus propias aguas: por sus recuerdos, sus heridas, sus promesas incumplidas y sus dilemas irresueltos. Sociedades que no terminan de comprender cómo desprenderse de una realidad cada vez menos mágica y más polarizada.
Colombia parece encontrarse precisamente en ese punto. Acercándose al desenlace crónico de una elección presidencial anunciada. Lo anterior con la sensación de navegar en aguas conocidas y, al mismo tiempo, impredecibles. Los debates cambian de protagonistas, los discursos se renuevan y las alianzas se reconfiguran, pero bajo la superficie continúan fluyendo corrientes mucho más antiguas: la desigualdad, la violencia política, la fragmentación social, la desconfianza institucional, el olvido y la búsqueda inacabada de un proyecto nacional compartido.
En ese sentido, la frase de Maclean adquiere una resonancia particular. Colombia podría decir, metafóricamente, que está perseguida por sus aguas. No por un destino inevitable, sino por una historia que se resiste a desaparecer y que regresa inexorablemente en cada proceso electoral. Una historia construida sobre ciclos recurrentes de esperanza y desencanto, de reformas anunciadas y resultados incompletos, de aspiraciones nacionales que permanecen pendientes de realización.
La incertidumbre sobre el resultado presidencial no surge únicamente de la competencia entre candidatos. Surge también de una pregunta más profunda: ¿qué interpretación del país prevalecerá en los próximos años?
El gobierno de Gustavo Petro ha intensificado ese debate. Para unos, representó un intento de transformación histórica; para otros, constituye una fuente permanente de preocupación sobre el rumbo institucional, económico y político de la nación. Sin embargo, tanto sus defensores como sus críticos parecen coincidir en algo esencial: las decisiones que se adopten durante los próximos años tendrán consecuencias que trascenderán con creces un simple período de gobierno.
Las aguas que persiguen a Colombia son las de su propia memoria colectiva. Son las aguas de conflictos nunca del todo resueltos, de desigualdades persistentes, de promesas repetidas generación tras generación y de una permanente tensión entre cambio y continuidad.
Por eso, la pregunta que enfrenta el país no es únicamente quién ocupará la Casa de Nariño después de las próximas elecciones. La cuestión verdaderamente trascendente es cuáles de esas corrientes históricas seguirán determinando su rumbo y cuáles, finalmente, tendrá la capacidad de superar.
Los pueblos, como los viejos cantos del Magdalena, siempre regresan a las aguas de dónde vienen. Colombia está a punto de encontrarse, otra vez, con las aguas que creía haber dejado atrás.
Raúl Alexánder Camacho Alfaro
Abogado





































