En las aulas de nuestras universidades públicas se repite una historia incompleta: que Costa Rica es lo que es gracias al Estado de bienestar, que Calderón Guardia y Figueres construyeron el país desde cero, que antes de las garantías sociales de 1940 no había nada digno de recordar. Cuesta entender cómo una versión tan parcial de los hechos se convirtió en el relato oficial.
Las reformas del siglo XX trajeron conquistas reales, y sería deshonesto negarlo. Pero ninguna de ellas habría sido posible sin el andamiaje que levantó el Estado Liberal del siglo XIX. Sin ese período no había nada sobre qué reformar ni país sobre qué construir. Esa parte de la historia no se enseña con la misma energía. Se menciona de paso, con cierta incomodidad, y se cambia rápido de tema.
Vale la pena detenerse en algo que genera mucha confusión: qué es realmente el liberalismo. Porque lo que enseñan en muchas universidades costarricenses tiene poco que ver con lo que el liberalismo ha sido históricamente. Fue John Locke quien estableció en el siglo XVII que todo ser humano nace con derechos que ningún gobierno puede arrebatarle — la vida, la libertad, la propiedad. Esas ideas alimentaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776 y la Declaración de los Derechos del Hombre en Francia en 1789. Montesquieu diseñó la separación de poderes para que ningún gobernante acumulara demasiado control sobre el ciudadano. John Stuart Mill defendió la libertad de expresión cuando era impopular defenderla. Y en 1948, Eleanor Roosevelt presidió la comisión de las Naciones Unidas que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos — el documento que hoy todo el mundo cita sin saber quién lo impulsó ni desde qué tradición de pensamiento. El liberalismo no nació para proteger fortunas. Nació para proteger personas del abuso del poder, y la historia de los derechos individuales es, en buena medida, historia liberal.
Eso fue lo que construyó el Estado Liberal costarricense. Una economía abierta y agroexportadora conectó al país con el mercado mundial y generó los recursos para financiar instituciones e infraestructura que de otra forma habrían sido imposibles. El café primero, el banano después. Tomás Guardia abolió la pena de muerte, multiplicó las escuelas públicas e inició el ferrocarril al Atlántico en 1871. El 9 de agosto de 1884, San José encendió alumbrado eléctrico público, convirtiéndose en una de las primeras ciudades del mundo en hacerlo y la tercera en América Latina. Thomas Edison había presentado su bombilla apenas en 1879. No fue el Estado quien pagó esa primera luz. Fue capital privado, iniciativa ciudadana, un contrato entre emprendedores y la Municipalidad de San José. El Estado puso el marco. Los ciudadanos pusieron el resto.
En 1869, Costa Rica declaró la enseñanza elemental como garantía constitucional, primera en el mundo en hacerlo. Y en 1886, Mauro Fernández Acuña construyó desde cero un sistema educativo que abarcaba desde el preescolar hasta la educación superior, la misma arquitectura que todavía sostiene el sistema escolar costarricense. Esa educación gratuita y laica fue una apuesta liberal: la convicción de que un pueblo que lee y piensa es un pueblo más difícil de someter.
Nada de eso aparece con claridad en los libros de texto actuales. Lo que sí aparece es el relato cómodo: que el mercado explota, que la apertura empobrece, que el Estado es el único garante del bienestar. Y el estudiante lo absorbe porque nadie le presentó la otra parte de su propia historia.
Conviene aclarar algo antes de que se malinterprete el argumento: un Estado de bienestar no es malo por definición. Es legítimo y sostenible cuando nace de una economía próspera, de un Estado eficiente que hace pocas cosas pero las hace bien, y de una sociedad que antes generó la riqueza necesaria para sostenerlo. Suecia y Dinamarca no son modelos a pesar del mercado sino gracias a él — pasaron décadas de industrialización y comercio libre antes de poder financiar sus sistemas sociales. Costa Rica hizo algo parecido durante más de un siglo de liberalismo económico antes de que Calderón pudiera crear la CCSS.
La identidad del costarricense no viene del Estado que lo cuida. Viene del ciudadano que construyó el país con sus manos, sus ideas y su disposición al riesgo. Esa es la raíz. Y mientras se sigan formando generaciones convencidas de que la libertad económica es el problema y no la solución, vamos a seguir eligiendo gobiernos que regalan lo que no tienen y endeudan a los que todavía no han nacido.
Nuestra grandeza no empezó en 1940. Y ya es hora de decirlo en voz alta.
María Solano





































