La estupidez con apellido: soberanía
En ocasiones hablar de soberanía nacional es rozar el ridículo público para quien así lo hace
En ocasiones hablar de soberanía nacional es rozar el ridículo público para quien así lo hace
¿De dónde surge el concepto soberanía? No nos compliquemos, veámoslo en sencillo. Existiendo los reyes en la antigüedad como las máximas autoridades y poseedores de la totalidad del poder de decisión en un territorio, fueron llamados soberanos. Ellos gobernaban sin estar sometidos políticamente a otros.
Las monarquías y reyes perdieron terreno. Aparecen las aristocracias —gobierno de los cultos y estudiosos, sin “ignorantes”— que asumen grupalmente el poder soberano. Poder que tiempo después pasa a manos de los ciudadanos con la aparición de la democracia, por eso se habla de la soberanía del pueblo; que en realidad poco lo ejerce —a lo mejor solo al votar— pues son sus representantes quienes se arrogan ese derecho.
Un ejemplo. Usted es soberano de su vida, o al menos cree serlo, piensa que tiene la máxima autoridad sobre lo que le puede afectar o beneficiar. Empero, en ocasiones es tan solo una ilusión, pues en familia y sociedad usted está determinado no solo por la acción de otros, sino también por normas y reglamentos. Su soberanía siempre será limitada, aunque usted se llene la boca diciendo: “yo hago con mi vida lo que me dé la gana”. ¡Un lindo espejismo!
Igual sucede en su país. En este caso algunos representantes apegados a dogmas ideológicos ejercen con libertad su estupidez, la cual adornan con el apellido soberanía, lo que termina siendo una soberana idiotez, más cuando los intereses máximos de la sociedad son subyugados o ninguneados por mezquinos intereses.
Ha planteado Moises Naím —premio Ortega y Gasset en periodismo— que estamos ante sociedades que no han comprendido, tanto la civil como la de las naciones, que el poder se ha atomizado por el cambio de expectativas y criterios de sociedades que son diferentes.
Agregaría que hay naciones que en esa negación llaman a la soberanía de la patria —otro espejismo— para promover un aislacionismo enfermizo, vendiendo una autosuficiencia imposible de accionar.
El ejercicio del poder no viene de la divinidad como promulgaron los reyes, tampoco se sustenta en el simple hecho de ser electo presidente, ministro o diputado de la República. Eso es tan solo un puesto para demostrar la capacidad de su ejercicio, que se logra cuando se comprende que es indispensable articular los beneficios de las relaciones con otros, que también ejercen poder, para lograr la regulación de aquello que provoca daños a la sociedad.
Un ejemplo de esa estupidez “apedillada” con soberanía fue la reciente expulsión de una aeronave estadounidense especializada en la vigilancia marítima y la lucha antidrogas, sustentada en un convenio de patrullaje conjunto.
Y pensar que Max Weber creyó que la burocracia era la forma de ejercer el poder, cuando hoy es todo lo contrario. Pero más razón tuvo Francis Bacon cuando afirmó que “la soberanía del hombre está oculta en la dimensión de sus conocimientos”, así que poner a ignorantes y fanáticos a protegerla es el acto de mayor irresponsabilidad de un ciudadano.
Estamos ante el fin del antiguo ejercicio del poder, el mundo gira, hoy con más fuerza y velocidad, en una globalización imposible de detener, mundo en que las soberanías son compartidas. En ocasiones hablar de soberanía nacional es rozar el ridículo público para quien así lo hace.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo