Genoveva Chaverri Chaverri
Directora honoraria de la Cámara de Comercio de Costa Rica y académica
En los últimos días, Costa Rica ha sido escenario de un significativo debate tras las denuncias de varios deportistas contra un entrenador, las cuales resucitan viejas heridas en nuestra sociedad. Estos relatos de abuso sexual, agresión e intimidación reabren la conversación sobre un tema que ha sido por lo general silenciado durante demasiado tiempo: el acoso sexual. Este fenómeno, que atraviesa diversas esferas sociales, particularmente en el ámbito deportivo, nos obliga a reflexionar profunda y honestamente sobre cómo hemos manejado estas situaciones y cómo se puede fomentar un entorno seguro para todos, especialmente para los más vulnerables: nuestros niños.
Aunque mi experiencia no involucra una violación, también fui víctima de acoso y agresión sexual en manos de figuras de autoridades gubernamentales que deberían haber sido guardianes de mi bienestar. En aquella época, las voces de advertencia no faltaron. Recibí recomendaciones de no hablar, de permanecer en silencio por el bien de la reputación de mi familia y por la carrera de quienes me rodeaban. Un familiar que trabaja en el poder judicial, una familia preocupada por la "vergüenza", por el qué dirán; esos y muchos factores me llevaron a decidir no presentar denuncia alguna. Tampoco y después de tantos años voy a presentar una denuncia, pero tampoco puedo callar y debo hacer un llamado.
Conscientes o no, esas decisiones formaron parte de un sistema que prioriza la protección de la reputación sobre la dignidad y el bienestar de las víctimas.
Hoy, a la luz de las recientes denuncias, es imperativo preguntarnos cómo podemos cambiar esta cultura de silencio. ¿Qué podemos hacer para que las voces de los abusados sean escuchadas y tomadas en serio? Creo fundamental crear conciencia sobre la importancia de denunciar cualquier forma de abuso. Trabajar desde pequeñas charlas en escuelas hasta grandes campañas en medios de comunicación, la educación debe ser nuestra primera línea de defensa. Hacer de la denuncia no solo un deber cívico, sino también un acto de valentía es crucial. La protección de los niños, adolescentes y adultos de situaciones de abuso comienza con un entorno en el que se sientan seguros y respaldados al hablar.
La creación de espacios seguros para las víctimas es esencial. Debemos formar grupos de apoyo donde las personas puedan compartir sus experiencias sin miedo a ser juzgadas. En el ámbito deportivo y en otras instituciones, es vital que existan protocolos claros para denunciar, así como personal especializado que se encargue de atender estos casos. Los entrenadores y profesionales que trabajan con jóvenes deben ser capacitados no solo en técnicas deportivas, sino también en la sensibilidad hacia las experiencias traumáticas de sus pupilos. La relación entre un entrenador y un deportista debe ser una de confianza, y ello requiere una responsabilidad ética que no debe ser subestimada.
Es fundamental fomentar una cultura de transparencia. El silencio y la complicidad solo alimentan el ciclo de abuso. Las instituciones deben ser capaces de recibir y gestionar denuncias sin represalias y con el compromiso de investigar a fondo. Este proceso no solo alienta a otros a hablar, sino que también permite a la sociedad ver que se toma en serio la protección de las víctimas.
Las voces de quienes hemos sufrido, como en mi caso, son valiosas y deben ser respetadas. Aunque mi historia no ha sido de violación, refleja la complejidad del acoso que muchos enfrentan. Debemos trabajar juntos para desmontar las estructuras que permiten que el abuso ocurra, creando una red de apoyo sólida que resguarde y empodere a las personas a denunciar.
A lo largo de los años, hemos escuchado cómo en otras latitudes han salido a la luz casos similares, desatando movimientos que han transformado la conversación sobre acoso. En Costa Rica, tenemos el poder de dar pasos significativos hacia adelante. Nuestra sociedad tiene la capacidad de cambiar, de crecer y de, finalmente, dejar atrás la cultura del silencio.
La nueva generación debe entender que la denuncia es fundamental. A través de la sensibilización y la educación, podemos construir un entorno seguro, donde los niños y jóvenes tengan la confianza de hablar. Es nuestra responsabilidad asegurarnos de que nunca tengan que pasar por lo que muchos hemos vivido.
Es imprescindible que cada uno de nosotros asumamos la carga de esta responsabilidad, que nos unamos para crear un entorno donde el respeto y la protección sean la norma, no la excepción. La lucha contra el abuso no es solo tarea de las víctimas, sino un esfuerzo colectivo que demanda la participación activa de la sociedad en su conjunto.
Este llamado a la acción debe resonar en todas las esferas de nuestra vida. Es un recordatorio de que cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar, desde el lugar en que nos encontramos. No podemos permitir que el miedo al qué dirán continúe siendo una barrera para la verdad. Al unir nuestras voces, apoyamos a quienes se atreven a hablar y, al mismo tiempo, trabajamos para construir una Costa Rica más segura y digna para todos.
Verdaderamente insto a no silenciar el dolor, a dar voz a los que no pueden y a apoyar a aquellos que han decidido hablar. A través de la educación, la empatía y la acción colectiva, podemos transformar nuestra sociedad, convirtiéndola en un lugar donde cada persona, especialmente nuestros niños, pueda disfrutar de su pasión por el deporte sin miedo y con la certeza de estar protegidos.
Con el tiempo y el esfuerzo conjunto, la historia de abuso y silencio puede dar paso a una nueva narrativa de empoderamiento y justicia. Solo así honraremos a quienes han sido víctimas y crearemos un futuro donde el respeto y la dignidad sean pilares fundamentales de nuestras comunidades.
La lucha comienza hoy. Que nuestras voces resuenen y que el cambio sea inminente.





































