La mediocridad tiene un extraño atractivo: no exige esfuerzo, no requiere mérito y se contagia con una facilidad envidiable. Basta con quedarse inmóvil, repetir consignas vacías y aplaudir lo irrelevante. Es la enfermedad más democrática de todas: nadie queda excluido de poder ser mediocre.
El conformismo es su mutación más peligrosa. Allí donde alguna chispa de talento o inconformidad podría encender un fuego, el conformismo llega como un balde de agua tibia. “No se complique, no se esfuerce, quédese quieto, no incomode, no hable. ¿Para qué?” Ese es el susurro que adormece sociedades enteras.
Pero, como toda enfermedad, también existe su vacuna. Y no es nueva. Se llama excelencia, mérito y logro. Se construye con disciplina, trabajo constante, visión a largo plazo y un incómodo desprecio por la mediocridad. No se compra en farmacias, no se reparte en discursos y no se hereda por decreto: se construye. Y duele, porque exige compromiso, preparación y un esfuerzo que pocos están dispuestos a pagar.
Costa Rica conoció esa vacuna. La grandeza que nos hizo distintos en el pasado no vino de aplaudir lo obvio, sino de atreverse a lo impensable: abolir el ejército cuando todos se armaban, apostar por educación gratuita cuando parecía un lujo, abrir espacio a la ciencia y la innovación cuando otros países apenas sobrevivían. Esas decisiones parecían excéntricas, fuera de contexto, incluso absurdas… hasta que se convirtieron en nuestra mayor fortaleza.
Y aquí conviene recordar algo esencial: la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al mérito. Por eso, cuando Óscar Arias Sánchez recibió el Nobel de la Paz; cuando figuras como Franklin Chang Díaz o Sandra Cauffman conquistaron el espacio; cuando Keylor Navas se alzó como uno de los mejores porteros del mundo; cuando Claudia y Silvia Poll pusieron a Costa Rica en el podio olímpico; cuando Fanny Ramírez destacó en Iberoamérica como estratega reconocida; o cuando jóvenes como Mikela Castro, en el surf, comienzan a brillar internacionalmente, no faltaron las voces que intentaron minimizar sus logros. Y aun así, con la serenidad de los estoicos, soportaron el ostracismo de la tribu adormecida, entendiendo que cada destello de grandeza despierta la sombra en quienes nunca se atrevieron a brillar. Esa reacción no es crítica: es el reflejo mismo de la mediocridad sintiéndose amenazada.
El problema es que el honor no se pide, se gana. Y ese reconocimiento no viene del aplauso fácil, sino de la consistencia, de la disciplina y de la valentía de elevar la barra en un país y en un mundo que a veces parece resignado a conformarse.
Hoy, sin embargo, la receta más popular es otra: placebos. La promesa de recompensa inmediata basta para anestesiar el juicio crítico; es más fácil culpar a “los otros” por la vida que se tiene hoy, cuando en realidad ha sido la mediocridad de las propias acciones la que hundió a muchos en una realidad triste y autoinfligida.
El pensamiento independiente y crítico ha pasado de moda; es más cómodo repetir mantras prefabricados que cuestionar la realidad. Y lo curioso es que la ilusión de “progreso” suele bastar: basta con una foto bien iluminada, un eslogan emotivo o un aplauso enlatado para creer que todo va en marcha.
La ironía es cruel: la excelencia suena exigente y aburrida, mientras que la mediocridad vende promesas dulces y rápidas. Pero la historia es terca: las sociedades que apostaron por el mérito trascendieron; las que se dejaron adormecer por el conformismo quedaron atrapadas en su propio letargo.
El futuro, entonces, no admite excusas. O nos vacunamos con excelencia, mérito y compromiso, o nos resignamos a vivir de promesas baratas, excusas y justificaciones. El costo de una sociedad mediocre es altísimo: se mide en oportunidades perdidas, generaciones enteras desaprovechadas y un presente condenado a repetirse.
La elección no es entre ser empleado o empresario, lo público o lo privado, izquierda o derecha, entre continuidad o cambio, pasado o futuro. La elección es más simple, más dura y más honesta: ser conformistas o ser grandes, resignarnos o trascender.
Y conviene recordarlo: la historia no la escriben los mediocres.





































