Juan Ricardo Fernández Ramírez
Presidente
Asociación de Consumidores Libres
El debate sobre el Tipo de Cambio (TC) del colón respecto al dólar ha dejado de ser un simple ejercicio de Política Económica para convertirse en un terreno donde se cruzan ideologías, egos, poder político y, cada vez más, tensiones judiciales. Al centro de esta disputa gravita una idea que, aunque seductora, resulta profundamente peligrosa: la noción de la existencia de un “TC neutro” o “de equilibrio”. Se le atribuye la capacidad de solucionar los desvelos de exportadores y hoteleros, como si existiera un número mágico —por ejemplo, los ¢620 por dólar sugeridos por el economista Gerardo Corrales— que pudiera ser determinado por expertos y luego alcanzado por mandato de la autoridad monetaria. Además de ignorar los beneficios, a los consumidores (que somos todos), de un colón fuerte.
Esa ilusión no solo constituye un error teórico: refleja una forma de arrogancia intelectual que desconoce la esencia de los precios, la lógica del mercado y, como se hace evidente, la importancia del disenso en una sociedad democrática.
Frente a esa idea, el Banco Central de Costa Rica, a través de su presidente, sostiene una posición clara: el TC debe ser resultado de las fuerzas del mercado. Su papel no es fijarlo, sino intervenir solo para suavizar fluctuaciones abruptas y preservar cierta estabilidad. Lo más revelador del momento actual, sin embargo, no es la postura oficial, sino lo que ocurrió cuando un crítico calificó la propuesta de Corrales como la de un “bateador” —un término coloquial para quien lanza cifras sin fundamento. La respuesta no fue un debate intelectual, sino una demanda judicial.
Ese paso de la discusión al estrado judicial sugiere una intención preocupante: no tanto la defensa del honor, sino el intento de intimidar y silenciar a quien piensa distinto.
Las ciencias económicas no son ciencias exactas. Modelos como la Paridad del Poder de Compra (PPC) ofrecen marcos conceptuales, no leyes inquebrantables. La economía real está compuesta por una red inmensurable de decisiones humanas, expectativas cambiantes y valoraciones subjetivas individuales. Pretender que un modelo pueda condensar esa complejidad en una cifra “neutral” es como intentar predecir el desenlace de una novela leyendo solo su índice.
Esta desconexión entre el modelo teórico y la realidad se hace evidente al contrastar las advertencias de Corrales con los datos empíricos. Mientras Corrales pronostica, (desde el 2018) pérdidas y crisis para los sectores generadores de divisas debido a un colón sobrevaluado, la realidad muestra una historia diferente.
Las exportaciones totales de bienes y servicios han marcado récords consecutivos, pasando de aproximadamente $20.1 mil millones en 2019 a superar los $30 mil millones en 2024. El sector turismo, lejos de colapsar, ha demostrado una notable resiliencia y un cambio estructural profundo: aunque el número de visitantes en 2023 aún no alcanzaba el pico de 2019, los ingresos por divisas según ICT para 2024 superó los US$ 5400 millones superando ampliamente los casi $4 mil millones de la prepandemia.
Y en el frente laboral, el impacto es igualmente revelador: las estimaciones del ICT y el INEC para 2024 indican que, entre 2019 y 2024, se han creado cerca de 125,000 nuevos empleos, tanto directos como indirectos, en el sector turístico. Por su parte, en ese mismo periodo, el sector exportador ha generado más de 68,530 nuevos puestos de trabajo, según estudios de COMEX.
Queda claro que la realidad se empeña, con terquedad casi brutal, en desmentir el relato de Corrales. Los datos no solo contradicen, sino que parecen reírse en la cara de quienes insisten en sus pronósticos de desastre.
Aquí es donde la Escuela Austriaca ofrece una claridad invaluable. Friedrich A. Hayek (Premio Nobel) explicó que el sistema de precios es un mecanismo para coordinar conocimiento disperso, imposible de reunir en una sola mente (mucho menos la de un experto). En sus propias palabras:
"El sistema de precios es una de esas formaciones que el hombre ha aprendido a usar [...] después de haber tropezado con él sin entenderlo. [...] Lo más significativo de este sistema es la economía de conocimiento con la que opera, o cuán poco los participantes individuales necesitan saber para poder tomar la acción correcta."
Afirmar la existencia de un “TC neutro” implica asumir que el conocimiento de unos cuantos supera al saber espontáneo de millones de personas. Es, como advirtió Ludwig von Mises en su crítica a la planificación central, “tantear en la oscuridad”: intentar calcular sin precios reales, un ejercicio inviable desde la lógica del mercado.
Y eso mismo representa intentar fijar el TC: batear a ciegas. Pero el problema se agrava cuando quienes señalan esa verdad son objeto de intentos de censura o judicialización. Si alguien en la esfera pública no puede usar un lenguaje fuerte para expresar su punto, el debate se degrada. Como dijo el psicólogo Jordan Peterson:
“Para poder pensar, tienes que arriesgarte a ser ofensivo.”
Sin esa opción, la deliberación resulta trivial, temerosa e improductiva. La sociedad pierde su capacidad de cuestionar ortodoxias, y el progreso se estanca.
La insistencia en un “TC neutro”, como advirtió Murray Rothbard respecto a la intervención, “paraliza y destruye el mercado, el sistema nervioso de la economía”. Hoy, también se intenta paralizar el debate: silenciar al que disiente, controlar el lenguaje, condicionar la expresión.
La economía no es una máquina, que requiera alar palancas y meter marchas para alcanzar determinados precios meta, como el TC, ni el debate público un espacio estéril que deba estar libre de confrontación. Ambos procesos son caóticos, dinámicos, esencialmente libres. La búsqueda de un “precio correcto” es peligrosa; pero lo es aún más la idea de un debate neutro, aséptico, libre de incomodidades.
Es legítimo que cualquier persona, motivada por ambiciones políticas, ego o simple convicción, se atreva a exponer sus ideas en la arena pública. De hecho, es un ejercicio valioso, pero entrar a ese ruedo tiene una condición ineludible: la obligación de soportar el escrutinio y la crítica, en todas sus formas. En términos futboleros, quien decide entrar a la cancha debe estar dispuesto a aguantar las patadas. Así funciona el mercado de las ideas: es un espacio de colisión, a veces brutal, donde las tesis se validan o se descartan no por la autoridad de quien las emite, sino por su capacidad para resistir el embate del contraargumento y la misma realidad.





































