Manuel Enrique Rovira Ugalde
Licenciado en estadística y administración de empresas, profesor universitario de grado y postgrado de la UCR y universidades privadas. Empresario fundador de ITS Infocomunicaciones y del Banco Hipotecario de la Vivienda.
La inteligencia artificial (iA, i con minúscula porque no es inteligencia y A con mayúscula porque es Atificial) contemporánea ha sido desarrollada, en gran medida, bajo paradigmas propios de los sistemas cerrados.
Sus algoritmos se fundamentan en modelos matemáticos, probabilísticos y estadísticos que buscan identificar patrones y correlaciones entre grandes volúmenes de datos para estimar estados futuros de la realidad o para explicar fenómenos y buscar sus explicaciones científicas de aplicación universal.
Sin embargo, una correlación no constituye necesariamente una relación de causa y efecto, a no ser que sea en un sistema mecánico, ya que así fue concebido por sus inventores.
Esta gran diferencia limita el alcance explicativo de las proyecciones realizadas por la iA, especialmente cuando se enfrenta a fenómenos sociales, económicos y organizacionales, que por su naturaleza son sistemas complejos.
Las relaciones de causa y efecto trascienden los datos observables.
Dependen de contextos, significados, experiencias, intenciones, conocimiemto tanto explícito como implícito y procesos emergentes que difícilmente pueden ser reducidos a representaciones binarias.
Es por ello que el conocimeinto y la inteligencia implicita adquieren relevancia. Saber construido mediante la experiencia, el juicio, la intuición, las corazonadas, la sensibilidad y la comprensión contextual.
Este tipo de conocimiento es analógico, no digital, y constituye una dimensión esencial de la inteligencia humana.
En consecuencia, la inteligencia artificial encuentra su mayor eficacia en organizaciones burocráticas, estructuradas como sistemas cerrados, donde predominan procesos estandarizados, reglas explícitas y actividades repetitivas.
La iA procesa grandes cantidades de datos a muy altas velocidades, nuestra inteligencia construye información y la procesa mediante sistemas complejos probabilísticos imposibles de predecir y planificar.
Nuestra inteligencia es un don que nos permite actuar cuando no sabemos qué hacer, es como el jammig, pura improvisación creativa.
En los entornos burocráticos la iA puede automatizar numerosas tareas con elevados niveles de eficiencia. Sin embargo, cuando las organizaciones son concebidas como sistemas adaptativos complejos, caracterizados por la incertidumbre, la autoorganización, el aprendizaje continuo, la inteligencia y el conocimiento individual y colectivo y la emergencia, la inteligencia artificial deja de ser suficiente como mecanismo de dirección y toma de decisiones.
Para que la iA contribuya al desarrollo económico sin convertirse en un factor de sustitución masiva del trabajo humano, resulta necesario transformar el paradigma organizacional.
Las empresas del siglo XXI deben evolucionar desde modelos burocráticos hacia modelos humanocráticos redárquicos, organizados en redes planas o redarquías, donde la coordinación no dependa principalmente de la jerarquía, sino del liderazgo distribuido, la confianza y la colaboración.
Este liderazgo debe fundamentarse en la teoría de la complejidad y asumir una perspectiva holográfica de la organización, reconociendo que cada persona posee capacidades únicas que enriquecen al conjunto producto de ser parte del conjunto y a la vez poseer todo el conocimiento del conjunto.
Entonces la gestión organizacional debe orientarse al desarrollo del conocimiento, la inteligencia, la creatividad, el ingenio, la resiliencia positiva o antifragilidad, el juicio ético y la capacidad de innovación.
Estas cualidades constituyen el verdadero patrimonio estratégico de las organizaciones inteligentes. A diferencia de los recursos materiales, que se consumen con el uso, las cualidades humanas se fortalecen precisamente cuando se ejercitan.
El conocimiento aumenta al compartirse; la creatividad se expande al aplicarse; la inteligencia se perfecciona enfrentando nuevos desafíos; la resiliencia se consolida superando la incertidumbre. Este hecho exige una profunda revisión de los fundamentos de la economía tradicional, centrada en la administración de recursos escasos.
Frente a ella emerge una economía de las capacidades humanas, o incluso una "antieconomía" en el sentido de que su riqueza no disminuye con el uso, sino que crece y se multiplica mediante el aprendizaje, la cooperación y la innovación.
Desde esta perspectiva, las empresas inteligentes no compiten con la inteligencia artificial. La incorporan como una herramienta para potenciar las capacidades exclusivamente humanas, delegando en ella aquellas tareas susceptibles de automatización, mientras reservan para las personas las funciones relacionadas con el sentido, la interpretación, el liderazgo, la creatividad, la construcción de conocimiento, el juicio y la innovación.
En este modelo, la inteligencia artificial no sustituye a la inteligencia humana; la complementa y la amplifica, convirtiéndose en un instrumento al servicio de organizaciones verdaderamente inteligentes, dirigidas por el conocimiento, el liderazgo y la capacidad de adaptación.
Como reflexión adicional, este planteamiento se acerca a las ideas sobre el conocimiento tácito, la complejidad, y sobre la transformación de las organizaciones burocráticas hacia modelos centrados en las personas. Sin embargo, esta propuesta va un paso más allá al vincular estos conceptos con una crítica epistemológica de la inteligencia artificial y con la idea de una economía basada en el crecimiento de las capacidades humanas, lo que le da un enfoque singular.





































