Daniel Hernández Araya
Estos días he pensado mucho en una idea que tardé años en entender. No la comprendí leyendo discursos ni escuchando frases célebres, sino cuando leí Strength to Love. Ahí entendí que el amor del que hablaba Martin Luther King no era un sentimiento blando ni ingenuo. Era una forma de fortaleza moral. Una disciplina. Una postura política y ética profundamente exigente.
Costa Rica acaba de pasar por una elección dura, polarizante, pero justa. El resultado no deja a todos tranquilos. Hay miedo. Hay dudas legítimas. El grupo que ganó muestra tendencias autoritarias y tendrá mayoría simple en la Asamblea. Ignorar esa realidad sería irresponsable. Pero negar el resultado sería algo peor.
Aceptar la voluntad popular no es rendirse. Es el punto de partida de la democracia.
La fortaleza de amar —esa strength to love— no significa aprobarlo todo ni callar frente a los riesgos. Significa algo más difícil: reconocer la legitimidad del otro sin renunciar a los principios propios. Significa no deshumanizar, no caricaturizar, no responder al miedo con odio, porque el odio siempre termina debilitando las instituciones que dice defender.
Amar, en este sentido, es un acto de responsabilidad cívica. Es decir: este es el gobierno que el país eligió, y como ciudadanos maduros lo vamos a acompañar en lo que haga bien. Vamos a reconocer los aciertos. Vamos a dar el beneficio de la legalidad. Eso también es patriotismo.
Pero no confundamos amor con pasividad.
La misma fortaleza que nos permite aceptar el resultado es la que nos obliga a mantenernos vigilantes. A levantar la voz si se amenaza la independencia de poderes. A organizarnos si se debilitan las reglas del juego democrático. A usar las instituciones, la prensa, la ley y la participación ciudadana como contrapesos legítimos.
El amor del que hablamos no es sumisión. Es coraje sostenido en el tiempo.
Las democracias no mueren solo por líderes autoritarios; también mueren cuando los ciudadanos se cansan, se radicalizan o se rinden emocionalmente. Por eso hoy, más que nunca, necesitamos cabeza fría, corazón firme y convicción democrática.
Creo —y aquí hago una sola referencia— que Dios no nos pide que tengamos miedo del futuro, sino que seamos responsables del presente.
Costa Rica ha superado momentos difíciles antes. No porque todos pensáramos igual, sino porque supimos convivir con nuestras diferencias sin romper el pacto democrático.
Aceptemos el resultado. Acompañemos con madurez. Y mantengamos, con amor y firmeza, a cualquier poder dentro de los límites que la democracia exige.
Eso también es fortaleza.
Daniel Hernández tiene una Maestría de INCAE y especialización en Ciencia de Datos del MIT
Ha trabajado en startups y cofundado dos empresas.
Actualmente se desempeña en el campo de Analítica de Comportamiento y Predictiva en una importante empresa a escala global.





































