En Costa Rica, el verbo “votar” tiene el mismo peso que “cuidar”, “sembrar” o “amar”. Los ticos nos sentimos orgullosos de la biodiversidad de nuestro territorio o de compatriotas que han tenido éxito fuera de nuestras fronteras, pero también de nuestra democracia, la más vigorosa y longeva de Latinoamérica, en la que, el primer domingo de febrero del respectivo año, celebramos nuestra fiesta electoral.
¿Y cómo ha sido tradicionalmente esa celebración? En nuestro país, las elecciones suelen empezar antes de que amanezca, y no solo porque la junta electoral instalada en Sidney, Australia, comience su labor desde el día anterior. El día de elecciones comienza en la cocina, con olor a café recién chorreado, con una mesa sencilla donde la familia se reúne antes de salir a votar. No es un día cualquiera: es día de elecciones y el país lo sabe.
En algún barrio de San José, desde su centro hasta Santa Ana, desde Tibás hasta Desamparados, la gente sale caminando con tranquilidad. Ningún soldado vigila el camino, solo guías escolares ayudan a cruzar calles, las cuales se van llenando de votantes responsables, no de miedo. El día huele a pan recién horneado de panadería de barrio y a esa calma que tanto cuesta explicar y tanto orgullo provoca.
Los barrios de todo el país acogen el día de forma distinta. Se escucha el clac de portones metálicos abriéndose, los vecinos se saludan con un “buenos días” más amable de lo normal y las familias caminan hacia la escuela del barrio que, por un día, deja de ser aula para convertirse en templo civil. Ahí está el epicentro de cada elección: la lista de electores pegada con cinta en la pared, la fila que avanza con paciencia y respeto, el voluntario que orienta, los fiscales que observan y, en el centro, esa sagrada urna de cartón, donde caben la ilusión y el futuro de todo un país.
La escena se repite también en el Caribe, donde la fiesta viene con música propia. En Limón, la cita electoral tiene otro ritmo: la gente llega serena, sin prisa pero sin falta; el voto entra acompañado de sonrisas sinceras y saludo con palmada en el hombro o con choque de manos, de esos que suenan. Afuera la gente recuerda que la democracia también se celebra con sabor. En Limón entienden bien lo que significa la paz: la viven, la defienden y la honran con su día a día.
A lo largo de muchos años, la democracia costarricense ha sido estudiada como fenómeno histórico, no solo regional, sino también global. La prestigiosa Revista The Economist, publicó en febrero pasado su reconocido Índice de Democracia 2024, en el que Costa Rica ocupa el lugar 18 del mundo y el segundo de Latinoamérica. La Oxford Research Encyclopedia of Politics señala sobre Costa Rica: “(…) libres de la amenaza de la inestabilidad militar, desarrollaron un exitoso régimen democrático electoral. Esto ha contribuido a siete décadas de estabilidad política y ha permitido a Costa Rica invertir con éxito en el desarrollo económico y el bienestar de sus ciudadanos.”.
En la vieja metrópoli, la jornada electoral tiene otro tono. En Cartago, suele llover el día de elecciones, es tradición. Pero eso no enfría el fervor patrio y nadie deja de llegar a la escuela del barrio por eso. Se ve a señoras con suéter grueso sosteniendo su cédula, envuelta en una bolsita para que no se moje. Alguien reparte rompope a la entrada, por aquello del frío, y un votante de la fila alza su voz y dice: “La Patria se defiende”. Y nadie lo contradice.
En Suecia, el Instituto V-Dem (Varieties of Democracy Institute), observatorio académico sobre democracia del mundo, clasificó este año a Costa Rica en el puesto 12 de su índice global de democracia electoral. El Latinobarómetro lo confirma: Costa Rica está entre los países con mayores índices democráticos, según sus más recientes estudios de opinión pública en la región.
Y si hay una tierra que sabe vivir libre y en democracia, esa es Guanacaste. Ahí se vota sin complicaciones y con honestidad. Se llega a votar en sandalias, con el pelo todavía mojado de río o de mar. Se llega en pick-up familiar, o a caballo si hace falta. Y nadie se va sin saludar. Después del voto, siempre hay tiempo para una chorreada o una fiesta improvisada en la sabana. Porque votar también es celebrar la vida.
Durante la mañana de Costa Rica, pero ya la tarde o noche en otras latitudes, se reporta de un violinista en la junta de Berlín, tocando la Patriótica Costarricense, frente a ticos que inmediatamente rompen en llanto, melodía que una votante también canta con todo sentimiento en la junta de México. En Madrid, París y Nueva York huele ese día a gallo pinto; a picadillos improvisados en Ankara, Yakarta y Nairobi: en todos esos lugares hay juntas receptoras de votos ticas y el mundo lo atestigua.
En Alajuela, la fiesta electoral tiene música de cimarrona y olor a rosquillas recién hechas para acompañar la espera. Se conversa en la fila como si fuera un día cualquiera de feria: “¿Todo bien?”, “¿Va firme hoy?”, “Primero Dios”. En la provincia de los mangos, votar es costumbre de gente trabajadora que honra su palabra. No hay discurso más firme que el de un alajuelense que dice: “Yo nunca he dejado de votar”.
En Puntarenas, la democracia sabe a mar y huele a alegría. A veces, la gente llega a votar desde islas cercanas, otros llegan caminando entre vendedores de ceviche o granizados y turistas curiosos que se conmueven al ver filas tranquilas y sonrisas sinceras. En el puerto, votar no es trámite: es identidad. Se vota con piel salada, mucho sol y alma noble. Después de acudir a las urnas, siempre hay un motivo para celebrar en familia bajo una palma.
Y no puede faltar Heredia, cuna de gente conversadora y crítica. En la provincia de las flores, el voto se acompaña de diálogo profundo: se habla de política, sí, pero con respeto. Se cruzan ideas en las filas, en los parques; se argumenta con tolerancia, se recuerda que pensar distinto no hace enemigos. Entre cafetales y casas antiguas, Heredia recuerda una verdad simple: democracia es diálogo, nunca confrontación.
Cada centro de votación es una postal viva de nuestra identidad pacífica, la cual no debemos perder. Jóvenes que van por primera vez a ejercer el voto con curiosidad pero con entusiasmo. Abuelos que, con paso lento y cédula en mano, dicen con orgullo: “Mientras pueda caminar, yo vengo a votar”. Ese es el país que somos y el que amamos quienes vemos al abstencionismo como un aguafiestas que hay que erradicar.
Aunque la jornada tenga ambiente de celebración, la mesa electoral es un lugar solemne y sagrado. Los miembros de las juntas se sientan durante doce horas seguidas para proteger la pureza del sufragio y solo salen a comer por un rato. Nadie les aplaude, pero todos les debemos gratitud. Gracias a ellos, cada firma, cada papeleta y cada conteo manual mantienen vivo un pacto social que es vital: aquí la voluntad popular se respeta. La democracia no se hereda, se defiende con participación, se fortalece con formación cívica y se honra votando con criterio. Si nuestros abuelos construyeron esta realidad, nos corresponde ahora mantenerla intacta para nuestros hijos.
Cuando cae la noche y se anuncian los resultados preliminares con diligencia y solemnidad, el país vuelve a demostrar algo extraordinario: aquí la gente acepta el resultado en paz, sabedores de la garantía y blindaje de la participación de todos en el proceso. No hay violencia, no hay caos; hay alegría, hay respeto, hay aceptación, hay madurez democrática. Y eso, en el mundo de hoy, es admirable.
Es aspiración de todos que la fiesta electoral se siga celebrando de esta forma: en paz, en libertad, sabiendo que la voluntad popular prevalecerá y que no existe espacio alguno para la violencia, en ninguna de sus formas.
Costa Rica seguirá dando cátedra democrática al mundo. Somos herederos de una historia que no podemos ni debemos traicionar. Este país, esta tierra de escuelas y tulas electorales antes que cuarteles y armas, nos recuerda cada elección quiénes somos: un pueblo de paz, ejemplar ante el concierto de las naciones, en el que siempre habrá ilusión y esperanza.
Nota: Este texto refleja únicamente opiniones personales del autor sin fines político-partidarios y no compromete ni representa necesariamente la posición institucional del Tribunal Supremo de Elecciones.
Erick Adrián Guzmán Vargas.
Licenciado en Derecho (UCR).
Máster en Administración de Tecnologías de Información (UNA).
Opinión personal.





































