Durante años, Alemania fue presentada como el modelo a seguir en política energética. La narrativa era seductora con una potencia industrial que lideraba la transición hacia energías limpias, abandonando progresivamente las fuentes contaminantes y, de manera particularmente simbólica, renunciando a la energía nuclear. Sin embargo, hoy esa narrativa se resquebraja. Lo que alguna vez fue celebrado como una visión de futuro comienza a parecer, cada vez más, un caso paradigmático de cómo no gestionar un sistema energético.
Bajo el liderazgo de Angela Merkel, Alemania tomó decisiones que, lejos de responder a criterios técnicos, estuvieron profundamente condicionadas por presiones políticas, percepciones sociales y reacciones emocionales a eventos externos. El resultado es evidente; una de las economías más avanzadas del mundo enfrenta hoy altos costos energéticos, dependencia externa crítica y un deterioro progresivo de su competitividad industrial.
Conviene decirlo sin rodeos, la crisis energética alemana no es un accidente. Es la consecuencia directa de haber sustituido la ciencia y la ingeniería por la política.
Cuando Alemania aún pensaba como potencia industrial, antes de la era Merkel, Alemania no tenía un sistema energético perfecto, pero sí uno coherente. La combinación de energía nuclear, carbón y gas natural respondía a una lógica técnica clara, con diversificación, estabilidad y control de costos.
La energía nuclear era el pilar silencioso de ese sistema. Proveía energía constante, sin emisiones directas de carbono y a precios competitivos. En términos estrictamente técnicos, era exactamente lo que una economía industrial necesita: previsibilidad y seguridad energética.
El carbón, especialmente el lignito, aportaba seguridad de suministro, mientras que el gas natural ofrecía flexibilidad operativa. Este equilibrio permitía a Alemania sostener una de las bases industriales más sólidas del mundo.
Nada de esto era casualidad. Era el resultado de decisiones basadas en criterios técnicos, no en estados de ánimo colectivos.
En el momento en que la política tomó el control todo cambió, cuando la energía dejó de ser tratada como un problema técnico y pasó a convertirse en un instrumento político.
El punto de inflexión fue el accidente nuclear de Fukushima en Japón. Un desastre grave, sin duda, pero ocurrido en condiciones completamente distintas a las de Alemania. Japón es un país sísmico; Alemania no. Japón enfrentó un tsunami; Alemania no tiene ese riesgo. Sin embargo, estos matices técnicos desaparecieron del debate público.
Lo que siguió fue una reacción política inmediata. Protestas masivas, presión mediática y una clase política incapaz -o poco dispuesta- a defender una posición basada en evidencia técnica. En ese contexto, Merkel optó por lo políticamente conveniente al anunciar el cierre acelerado de las plantas nucleares.
Fue una decisión rápida, popular, pero profundamente equivocada. Porque cerrar centrales nucleares seguras en funcionamiento no es una política energética, es un gesto político. Y los sistemas energéticos no funcionan con gestos.
El abandono nuclear fue el error que lo cambió todo. Eliminar la energía nuclear no fue simplemente retirar una tecnología; fue desmontar el componente más estable del sistema energético alemán.
La consecuencia era predecible para cualquiera con formación técnica: las energías renovables, por su naturaleza intermitente, no podían reemplazar inmediatamente la capacidad de carga base que proporcionaba la nuclear. Cuando no hay viento o sol, alguien tiene que generar electricidad. En Alemania, ese “alguien” terminó siendo el carbón y el gas.
El resultado es una paradoja difícil de ignorar porque en nombre del ambientalismo, Alemania incrementó su dependencia de combustibles fósiles. Y no solo eso, sino que reforzó su dependencia del gas ruso, una decisión que hoy parece, como mínimo, irresponsable desde el punto de vista estratégico. No se trató de una consecuencia inesperada. Fue una consecuencia ignorada.
La factura llega en forma de crisis energética y vulnerabilidad. La invasión rusa a Ucrania en 2022 no creó la crisis energética alemana; simplemente la expuso.
Durante años, Alemania construyó una dependencia estructural del gas ruso como complemento a su sistema renovable. Cuando ese suministro se interrumpió, el país quedó en una posición de vulnerabilidad crítica. La respuesta fueron improvisadas importaciones urgentes de gas natural licuado, subsidios masivos, y penosamente reactivación de plantas de carbón.
En otras palabras, Alemania tuvo que hacer exactamente lo contrario de lo que había prometido.
Este no es un fallo menor. Es la evidencia de que el sistema energético había perdido su resiliencia. Y la resiliencia no se construye con eslóganes y discursitos bonitos ante audiencias con copas de champagne, sino con redundancia, diversificación real y tecnologías firmes como la nuclear.
El precio de la ideología produjo la energía más cara de Europa. Si hay un indicador que sintetiza el fracaso del modelo energético alemán, es el costo de la electricidad. Alemania tiene hoy algunos de los precios energéticos más altos del mundo desarrollado. Esto no es casualidad ni coyuntural. Es el resultado directo de decisiones estructurales:
- Subsidios masivos a renovables
- Necesidad de duplicar infraestructura (renovable + respaldo fósil)
- Dependencia de importaciones volátiles
- Eliminación de una fuente estable y relativamente barata como la nuclear
El impacto sobre la economía es devastador. La industria alemana, históricamente competitiva, enfrenta costos que sus competidores globales simplemente no tienen. Sectores clave están reduciendo producción o trasladándola a otros países. Se empieza a hablar, con creciente seriedad, de desindustrialización.
Y aquí quiero ser absolutamente claro y directo porque no hay economía industrial fuerte con energía cara. Es una contradicción en términos prácticos.
Ante este panorama, el debate sobre la energía nuclear ha regresado, aunque muchos prefieran evitarlo. La razón es simple porque la realidad se impone. La energía nuclear sigue siendo una de las pocas fuentes capaces de ofrecer generación constante, baja en emisiones y con costos relativamente estables. Exactamente lo que Alemania decidió abandonar.
Hoy, incluso sectores que antes rechazaban la nuclear comienzan a reconocer lo obvio: eliminarla fue un error. Países como Francia, que mantuvieron su apuesta nuclear, enfrentan la transición energética desde una posición mucho más sólida. Alemania, en cambio, se encuentra atrapada en un sistema caro, dependiente e inestable.
Revertir esta situación no será fácil. Reintroducir la energía nuclear implica costos políticos altos, además de desafíos técnicos y regulatorios. Pero el hecho de que el debate haya vuelto indica fundamentalmente que la realidad energética no puede ser ignorada indefinidamente.
El caso alemán deja una lección que trasciende fronteras y que todos los países del mundo deben aprender, incluyendo a Costa Rica por supuesto: la energía no puede gestionarse desde la ideología. Lo he repetido reiteradamente en mis presentaciones de energía a diferentes audiencias como frase final: “Cuando la ideología y los prejuicios caminan por encima de la ciencia, el desastre está cerca”, y Alemania lo está viviendo en carne propia.
Un sistema energético es una infraestructura crítica, no una plataforma política. Requiere planificación de largo plazo, análisis técnico riguroso y una comprensión clara de sus limitaciones físicas. No responde a consignas ni a percepciones, sino a leyes de la ciencia y de la ingeniería.
Cuando se ignoran estas leyes, las consecuencias son inevitables: costos altos, vulnerabilidad y pérdida de competitividad.
Alemania decidió cerrar sus plantas nucleares no porque dejaran de ser útiles, sino porque se volvieron políticamente incómodas. Esa es, en esencia, la raíz del problema.
La historia reciente de la política energética alemana no es un ejemplo de liderazgo, sino una advertencia.
Bajo el gobierno de Angela Merkel, Alemania sacrificó un sistema energético técnicamente sólido en favor de una narrativa políticamente atractiva. El abandono de la energía nuclear, lejos de ser un avance, desestabilizó la matriz energética y abrió la puerta a una crisis cuyos efectos aún se están desarrollando.
Hoy, el país enfrenta una realidad incómoda con una mezcla tóxica de energía cara, dependencia externa y una industria bajo presión. Todo ello mientras reabre, aunque sea de forma tímida, el debate sobre la energía que decidió abandonar.
La lección es clara y debería ser ineludible para cualquier país: la energía no se gobierna con emociones, ni con encuestas, ni con oportunismo político. Se gobierna con ciencia y con técnica.
Y cuando se olvida esa premisa, la factura siempre llega. Alemania ya la está pagando.
Eugenio G. Araya
Físico
American Nuclear Society Member





































