La cultura vive en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones y en la forma en que percibimos el mundo. Hacerla consciente es el primer paso para comunicarnos mejor y liderar con empatía.
El otro día conversaba con un amigo sobre lo mucho que la cultura influye en nuestras decisiones cotidianas. Es un concepto tan amplio, que si buscás “definición de cultura” en Google, aparecen más de 150 resultados distintos.
Y aunque solemos asociarla con países, comidas o tradiciones, la cultura va mucho más allá: moldea la forma en que pensamos, trabajamos y nos comunicamos.
Entonces, ¿qué es la cultura?, ¿dónde comienza y dónde termina?
Hace años recuerdo que uno de mis mentores utilizó una definición que me encanta:
“Cultura es: ¡cómo hacemos las cosas aquí!”
Tan sencillo como eso, y realmente muy acertado, porque no termina en la cultura país.
En esa misma conversación con mi amigo, recordé una analogía que propone Elisabeth Plum y que me pareció perfecta para ilustrar lo que estábamos discutiendo:
“La cultura puede definirse como un conjunto de prácticas que un grupo desarrolla a lo largo del tiempo, que implican formas específicas de hablar y actuar. Cada persona tiene diversos trasfondos culturales: una nación, una profesión, una organización, un rol… La cultura es el agua en la que nadamos y, al igual que los peces, no sabemos qué es el agua; la damos por sentado.”
Es decir, la cultura está en todo lo que hacemos, aunque rara vez la notamos. Es tan omnipresente que, al igual que los peces en el agua, solo la reconocemos cuando nos falta o cuando entramos en una “pecera” diferente.
Es como respirar: lo hacemos sin pensarlo.
Las prácticas de mindfulness y meditación nos han enseñado que, al hacer consciente algo tan automático como la respiración, podemos regular nuestras emociones y nuestro estado físico. Con la cultura pasa lo mismo: si no la observamos, actúa de manera invisible; pero cuando la hacemos consciente, se convierte en una herramienta poderosa.
Un ejemplo sencillo: en una reunión virtual, una persona alemana puede ir directo al punto, mientras que alguien costarricense puede preferir comenzar con una conversación más cálida. Ninguno está equivocado; simplemente operan desde patrones culturales distintos. Comprender esto puede evitar malentendidos y fortalecer relaciones.
Ahora, ¿podés imaginarte cómo hacer visible el poder de la cultura en nuestras decisiones del día a día podría impactar nuestra empatía con los demás, los resultados en nuestra comunicación y hasta darnos explicaciones de por qué una persona actúa, piensa o decide de cierta forma según su sistema de valores invisible a simple vista?
¿Podés imaginarte cómo se vería un ambiente laboral, familiar o incluso político si quienes lo integran tuvieran herramientas interculturales y tomaran consciencia de que respiran cultura todos los días —al igual que todos los demás—?
¿Qué tan ágiles podríamos volvernos comprendiendo otras culturas?
¿Qué tan hábiles podríamos ser a
la hora de comunicarnos a nivel intercultural?
Todo se resume en cuánto interés personal tengamos en conocernos primero a nosotros mismos, para luego poder comprender con empatía a los demás.
¿Ves a lo que quiero llegar?
A una idea mucho más amplia: entender la cultura como algo que nos atraviesa constantemente, que va mucho más allá de un viaje, una actividad cultural o el nuevo compañero de trabajo expatriado —o que acaba de llegar de otro país—.
La cultura también vive en nuestro cerebro
Y esta influencia cultural no es solo simbólica o social: la ciencia demuestra que literalmente deja huellas en nuestro cerebro.
Un estudio publicado en 2023 en la revista NeuroImage (Wei et al., 2023) —titulado “Native language differences in the structural connectome of the human brain”— analizó mediante neuroimágenes las conexiones cerebrales de hablantes nativos de distintos idiomas. Los resultados mostraron que el lenguaje dominante de una persona moldea físicamente las rutas neuronales en la materia blanca del cerebro.
Por ejemplo:
Los hablantes nativos de lenguas con sintaxis compleja (como el alemán) muestran mayor conectividad en la red lingüística frontoparietal y temporal intrahemisférica.
Los hablantes nativos de lenguas basadas en raíces (como el árabe) presentan mayor conectividad en la red léxico-semántica temporoparietal y en las conexiones interhemisféricas.
En otras palabras, nuestra cultura también se imprime en nuestro cerebro.
Cada idioma, cada costumbre, cada forma de interpretar la realidad literalmente moldea nuestra mente y, con ella, nuestra manera de comunicar, resolver y conectar.
En fin, moldea la manera en la que vemos nuestra vida.
De la conciencia a la acción
Comprender esto nos invita a ir más allá de la curiosidad: a usar conscientemente la diversidad cultural como una herramienta para comunicarnos mejor y liderar con más humanidad.
En un mundo globalizado, donde convivimos con múltiples idiomas, estilos de pensamiento y contextos, aprender a observar, escuchar y adaptar nuestra comunicación es una de las habilidades más poderosas que podemos desarrollar.
La cultura no solo está afuera: vive en nuestra forma de hablar, liderar, decidir y conectar.
Cuando nos abrimos a entenderla —y a entendernos— ampliamos nuestra empatía, reducimos malentendidos y creamos puentes reales entre personas y equipos.
Porque la cultura no se enseña, se respira.
Y reconocerla en acción es el primer paso para convertirnos en mejores comunicadores, mejores líderes y, sobre todo, mejores seres humanos.
Fuente consultada:
Wei, X., Adamson, H., Schwendemann, M., Goucha, T., Friederici, A.D., & Anwander, A. (2023). Native language differences in the structural connectome of the human brain. NeuroImage. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1053811923001015





































