En San José, la ciudad capital, en el año 1930, asistir a la misa de tropa que se celebraba todos los domingos en la Catedral Metropolitana, era muy frecuente para los josefinos de la época.
El ejército y la banda militar marchaban altivos por el centro de San José.
Muchos jóvenes asistían a la misa y a la salida daban vueltas alrededor del parque central.
Iban vestidos de domingo, es decir, con sus mejores trajes.
Esta actividad se llamaba recreo de la mañana y servía para mirarse unos a otros, donde los caballeros buscaban a la mujer de sus sueños.
Cuando la dama correspondía a las miradas, se llamaba dar cuerda.
Era la señal para que, al finalizar el recreo, el caballero la acompañara a su casa.
Y así se iniciaba un noviazgo, que la mayoría de las veces terminó en matrimonio.
El mismo domingo, pero en la tarde, se realizaba la misma actividad de dar vueltas en el parque central de San José, en lo que se conocía como retretas.
La banda ejecutaba música ligera y las miradas iban y venían.
La banda seguía tocando y el carrusel humano constante, a velocidad comedida, disfrutando el paisaje.
Para el año 1930, era sólo 60.000 habitantes en San José, pues, aunque había otras poblaciones cercanas como San Pedro, Guadalupe, Tibás, Desamparados y Escazú, no estaban integradas propiamente a la ciudad capital.
Y podría decirse que casi todos los habitantes de San José se conocían o sabían dónde vivían las otras familias y se saludaban cortésmente entre sí.
Muchos de los hombres y aún los muchachos vestían de saco y corbata y usaban sombreros.
Las viudas y señoras mayores usaban la toalla, que era una pieza de tela, generalmente negra y de seda, que les cubría desde el cuello hasta la cintura y que necesariamente se ponían al salir de la casa.
Las señoras más jóvenes y las muchachas usaban abrigos livianos durante el día y más formales en las noches, porque el clima era frío.
Y para salir a la calle siempre usaban sombreros, a veces de ala ancha y otros que apenas les cubría la cabeza.




































