Ximena Madrigal Amador
Historiadora (UCR), comunicadora social y analista internacional.
América Latina lleva dos décadas atrapada en un binarismo político estéril. Las categorías de izquierda y derecha, tal como las heredamos del siglo XX, no solo se han vaciado de contenido: se han convertido en un obstáculo para construir un proyecto común, soberano y estable. Mientras nos desgastamos en una guerra de trincheras ideológicas que solo beneficia a intereses foráneos, perdemos de vista lo esencial: la necesidad de un pacto nacional que trascienda los ciclos electorales y permita al país desarrollarse con rumbo propio.
En el fondo, esta trampa revela una renuncia filosófica de consecuencias graves. La dialéctica, una de las bases de la tradición occidental, enseñaba que la realidad está hecha de contradicciones y que estas no son un defecto, sino el motor del cambio. Sin embargo, en nuestro afán por erradicar cualquier vestigio de pensamiento socialista, América Latina desechó también esa herramienta. Hoy ya no se reconocen las contradicciones para superarlas de manera controlada; simplemente se las convierte en enfrentamientos a muerte entre bandos que se ven como enemigos, no como hermanos con un destino compartido.
El caso de Costa Rica es ilustrativo. Durante la segunda mitad del siglo XX, el país forjó un proyecto nacional basado en el diálogo y en objetivos de desarrollo humano: salud pública, educación, vivienda y oportunidades. Ese consenso, que no dependía de un solo partido, generó una clase media sólida y una estabilidad institucional que nos distinguió en la región. Había diferencias, sí, pero existía una continuidad estratégica: ciertos pilares del Estado no se tocaban porque en ellos descansaba el bienestar de todas las capas sociales.
El siglo XXI rompió esa lógica. La polarización izquierda-derecha importada de otros contextos penetró el debate público y lo envenenó. Cada cuatro años, la alternancia de poder se convierte en una demolición del proyecto anterior. En lugar de fortalecer una visión de país, los gobiernos se dedican a deshacer lo hecho, ahondando rencillas y generando una inestabilidad crónica que impide cualquier planificación de largo plazo. Así, la democracia costarricense se reduce a una maquinaria electoral que garantiza puestos y prebendas, pero no un horizonte común.
La gran paradoja es que, mientras nos enzarzamos en esta guerra binaria, abdicamos de la soberanía. “Río revuelto, ganancia de pescadores”, reza el refrán. Sin un proyecto país cohesionado, con élites enfrentadas y una ciudadanía fragmentada, quienes terminan ganando son actores externos que se aprovechan de nuestra dependencia. No se trata de cerrarse al comercio ni de aislarse; se trata de entender que solo un buen aliado es aquel que es fuerte. Si no somos capaces de edificar una nación sólida con intereses propios claros, no seremos aliados: seremos súbditos.
Aquí es donde vale la pena observar la experiencia china, no necesariamente para imitar su sistema comunista, sino para comprender cómo logró superar la humillación semi-colonial y construir una potencia soberana en pocas décadas. China no eliminó las contradicciones: las reconoció y las integró dentro de un plan nacional flexible pero de largo aliento. Bajo un mismo proyecto común se fijaron límites a la avaricia acumuladora, a la corrupción política y, al mismo tiempo, se exigió responsabilidades a todos los sectores —incluidos los más vulnerables, a quienes se prioriza—. El resultado ha sido una continuidad estratégica que las democracias latinoamericanas perdieron.
Algunos señalarán que en China no hay democracia. Es un debate legítimo, pero esquivar la autocrítica con ese argumento nos impide ver la viga en nuestro propio ojo. Nuestros partidos políticos rara vez funcionan como espacios de construcción ciudadana; son vehículos electorales que compiten por conservar poder cada cuatro años, mientras la estabilidad la confundimos con inmovilismo institucional. Confundir rigidez con estabilidad nos ha costado caro: una nación no puede congelarse, pero sí debe dotarse de mecanismos que permitan cambios de forma sin perder el rumbo de fondo.
Recuperar la dialéctica significa aceptar que los intereses de los distintos sectores no son idénticos, pero pueden articularse en un proyecto nacional que mejore la calidad de vida de todos y garantice la soberanía para todas las capas sociales. Significa entender que izquierda y derecha son etiquetas insuficientes, a menudo funcionales a una polarización que desangra a nuestros pueblos y entrega el botín a quien mejor pesca en aguas revueltas.
La tarea del siglo XXI en América Latina no es escoger entre un bando y otro, sino superar esa falsa dicotomía para reconstruir, con flexibilidad y con raíces filosóficas propias, un verdadero proyecto país. Solo así la alternancia dejará de ser demolición y se convertirá en continuidad perfeccionada; solo así la democracia podrá cumplir su promesa original: ser el gobierno del pueblo para el desarrollo común, y no un campo de batalla donde se despedaza lo que juntos podríamos ser.





































