A finales del año pasado, un ingeniero de Amazon Web Services abrió su computadora portátil para hacer un pequeño ajuste en un panel que miles de empresas usan para monitorear su gasto en la nube. En vez de corregir el código directamente, recurrió a Kiro, un asistente de inteligencia artificial integrado al flujo de trabajo de ingeniería de Amazon. El sistema no hizo un ajuste menor: borró por completo un entorno de seguimiento de costos y empezó a reconstruirlo automáticamente. El resultado fue que clientes en China continental perdieron durante alrededor de trece horas acceso a vistas clave de sus gastos en la nube.
Más recientemente, en un escenario muy distinto, el senador estadounidense Bernie Sanders interpelaba a un sistema de IA con una pregunta más personal: ¿cuánta información recopilan estas herramientas sobre la gente común y qué ocurre realmente con ella? La respuesta fue tajante. Las empresas registran clics, compras, ubicaciones, comportamiento de desplazamiento en pantalla y mucho más. Combinan esos datos en perfiles que alimentan modelos que deciden qué anuncios aparecen, qué precios se muestran y qué mensajes políticos tienen más probabilidad de resonar. En la práctica, la mayoría de los usuarios nunca otorgó un consentimiento informado para ese nivel de monitoreo y rara vez llega a ver cómo esas decisiones ocultas moldean lo que aparece en sus pantallas.
Estas historias ocurren lejos de nuestro país, pero nos dicen algo directamente relevante para Costa Rica. En una, un agente de IA recibe amplio control sobre sistemas de los que dependen muchas empresas. En la otra, la IA ayuda a organizar y dirigir el entorno informativo en el que vive la ciudadanía. Para un país pequeño, con una economía abierta y en proceso de digitalización como el nuestro, la pregunta no es si sistemas parecidos van a llegar. Ya están llegando. La pregunta es si vamos a moldear cómo funcionan aquí o si simplemente nos vamos a ajustar a reglas escritas en otra parte.
El contexto importa porque hoy gran parte de la actividad en línea del mundo fluye por un pequeño grupo de empresas de nube. En este mercado, controlado por unas cuantas transnacionales, cuando una de ellas tiene un problema técnico los efectos se expanden rápidamente: servicios como ChatGPT, Instagram, Spotify, plataformas de pago o incluso sistemas gubernamentales pueden quedar fuera de línea durante horas. Al mismo tiempo, esos proveedores experimentan con IA “agéntica”, es decir, sistemas que no solo sugieren acciones, sino que pueden modificar automáticamente sistemas en funcionamiento. Y, como mostró la conversación con Sanders, son esas mismas empresas las que refinan perfiles conductuales detallados para decidir qué vemos y cómo se nos segmenta como consumidores y votantes.
Costa Rica ya sabe lo que significa ser digitalmente vulnerable. El ciberataque masivo contra instituciones públicas en 2022 dejó claro que nuestros sistemas de salud, tributación y aduanas forman parte de una infraestructura digital crítica que puede ser alterada a gran escala. Desde entonces, el país ha impulsado una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial que coloca la ética, los derechos humanos y la resiliencia como pilares centrales. No partimos de cero en materia de gobernanza, pero seguimos en una etapa temprana para decidir cómo se regulará la IA en nuestro sistema energético, el sector financiero, el gobierno digital y el ecosistema mediático.
Historias como la de Kiro en Amazon advierten lo que ocurre cuando la automatización avanza más rápido que la supervisión. Los reportes sugieren que su uso se expandió rápidamente y que se alentó con fuerza a los ingenieros a depender de él, justo cuando la empresa recortaba decenas de miles de puestos de trabajo y perdía personal experimentado. Después del incidente que afectó a clientes en China y de otro fallo relacionado con IA que interfirió con los propios sistemas de comercio minorista de Amazon, la dirección finalmente intervino para limitar dónde y cómo podían operar los agentes de IA y restaurar el control humano sobre los cambios sensibles. Asimismo, el intercambio con Sanders deja otra advertencia sobre la relación entre modelos de negocio y derechos: sin reglas vinculantes, es poco realista esperar que empresas que obtienen ganancias de los datos personales limiten voluntariamente su propio poder.
Para Costa Rica, el riesgo no se relaciona solo con plataformas importadas; también tiene que ver con cómo se usan nuestra infraestructura y nuestros recursos. El país produce hoy alrededor del 98 % de su electricidad a partir de fuentes renovables y sigue invirtiendo para integrar aún más energía limpia a la red. Eso vuelve a Costa Rica atractiva para centros de datos “verdes”, incluidos los que alimentan sistemas de IA. Pero al mismo tiempo, análisis globales advierten que estos centros de datos ya compiten por agua y electricidad con comunidades locales en muchas partes del mundo, y que una demanda descontrolada de IA podría ejercer una fuerte presión sobre redes eléctricas y ecosistemas. En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿queremos convertirnos en un país que exporta energía limpia y territorio a la industria de la IA mientras importa sistemas que debilitan nuestra democracia y nuestra autonomía?
Costa Rica ha empezado a proyectarse como un laboratorio de gobernanza y no solo como un proveedor de recursos. La Estrategia Nacional de IA recoge, al menos en su planteamiento general, el espíritu de los principios de la UNESCO y de las directrices de la OCDE. Además, el país ha sido sede de un Diálogo Regional de Política Pública sobre IA, con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo, que reunió en San José a autoridades de distintos países de América Latina para discutir cómo alinear la IA con los derechos y el desarrollo. También se ha sumado a Latam-GPT, la iniciativa regional de modelo de lenguaje abierto liderada por Chile, que busca incorporar lenguas, historias y valores latinoamericanos en un recurso compartido de IA, en lugar de depender exclusivamente de modelos entrenados en otros contextos. Costa Rica difícilmente dominará el mapa global de la IA, pero sí puede ayudar a abrir un espacio regional que no se limite a importar marcos externos, sino que los reinterprete desde los intereses, derechos y necesidades de la región.
Para desempeñar ese papel, la legislación será esencial. Primero, para proteger a las personas aquí en casa, Costa Rica necesita un marco sólido y exigible para la protección de datos y el perfilamiento impulsado por IA, de manera que prácticas como la discriminación de precios y la microsegmentación política no queden libradas a la letra pequeña de plataformas extranjeras. Los sistemas de IA utilizados en finanzas, salud, empleo, educación y servicios públicos deberían tratarse como de alto riesgo y enfrentar requisitos claros de pruebas, documentación y supervisión humana significativa. Esas ideas ya aparecen en la estrategia nacional; ahora deben traducirse en ley y en regulación sectorial.
Segundo, para proteger la infraestructura crítica y los recursos naturales, cualquier IA con control operativo sobre redes, energía o datos públicos debería regirse por condiciones estrictas: permisos limitados, accesos temporales, aprobación humana obligatoria para acciones destructivas o irreversibles, y registros de auditoría detallados. Las reglas para el desarrollo de centros de datos deberían abordar dónde pueden construirse las instalaciones, cuánta agua y energía pueden utilizar, qué proporción de esa energía debe ser renovable y qué beneficios y salvaguardas se ofrecen a las comunidades cercanas. La reputación de Costa Rica como país verde y respetuoso de los derechos es un activo. Debe utilizarse para fijar condiciones, no sacrificarse para atraer inversión a cualquier costo.
Tercero, para aprovechar la oportunidad en favor de nuestros propios innovadores, la política pública debería respaldar a startups y pymes que incorporen IA responsable desde el diseño de sus productos. Usar marcos flexibles de gestión de riesgos en etapas tempranas y avanzar luego hacia estándares más formales puede convertir la gobernanza en una ventaja competitiva, especialmente al vender a bancos, hospitales o mercados de exportación. Las empresas que puedan demostrar cómo manejan los datos, cómo explican el comportamiento de sus modelos y cómo responden ante errores estarán mejor posicionadas para ganar confianza, inversión y alianzas regionales.
Ahí es donde los incidentes de Kiro y la creciente preocupación por el perfilamiento impulsado por datos dejan de ser simples titulares extranjeros: son adelantos de desafíos que ya alcanzan nuestras redes, nuestras instituciones y nuestra vida cotidiana. Si Costa Rica trata la IA como una tecnología importada más, terminaremos adaptándonos a sistemas y demandas de recursos fijados por otros. Ya conocemos esa historia: nosotros ponemos lo valioso y después alguien más nos explica que el verdadero valor agregado ocurre en otra parte. No convendría repetir el esquema con nuestra energía limpia, nuestra agua o nuestro territorio en la economía de la IA. Si nos tomamos en serio la legislación y la gobernanza —protegiendo derechos, infraestructura y ecosistemas mientras apoyamos la innovación local— podremos aspirar a algo más que abastecer esta nueva transformación tecnológica. Podremos ayudar a disputar sus condiciones y no solo aceptar sus términos.
Steven Guerrero
Cluster Manager





































