Cada 8 de marzo la conversación pública se llena de flores, descuentos y mensajes que invitan a “celebrar a la mujer”. Pero mientras tanto, el tono del debate se empobrece. En nuestro pedacito de finca, Costa Rica, la chabacanería se normaliza, la mofa sustituye al argumento y la ironía e indirectas vacías se venden como fuerza y poder . Opinamos de todo, asumimos poco. Y cuando el respeto se ausenta, hablar de equidad e igualdad deja de ser prioridad y pasa a ser molestia.
En el mundo reaparecen narrativas que creíamos superadas. No solo vuelve la estética noventera; vuelve el mensaje de que la mujer debe achicarse, adelgazar hasta casi desaparecer, disciplinar su cuerpo en nombre del “bienestar”. Regresan las expectativas de control disfrazadas de tendencia. Y mientras tanto, en distintos lugares del planeta persisten dinámicas que toleran o invisibilizan la violencia contra las mujeres.
Sí, hay avances claro que los hay y los celebro. Pero también siguen ahí las brechas salariales, los techos de cristal, la exclusión de mujeres de mesas de decisión, donde nuestra voz todavía necesita explicarse más que la de otros. Más visibilidad no significa más equidad. Más discursos sobre empoderamiento no garantizan transformaciones reales. A todos nos gusta las mujeres empoderadas hasta que incomoda su opinión, todos quieren mujeres fuertes, hasta que estas exigen lo que merecen estamos de acuerdo que crezcan pero no mucho porque pierden su lugar.
El 8 de marzo no es una fecha para felicitarnos por existir. Es una fecha para preguntarnos por qué todavía tenemos esas brechas. Para asumir que los derechos que hoy damos por sentados no fueron concesiones, sino conquistas, luchas de mujeres en distintos sectores, luchas diarias desde casa hasta puestos de poder. Para revisar qué estamos haciendo cuando toleramos el retroceso en nombre de la opinión o del entretenimiento.
No es que soy pesimista. Es memoria. La igualdad no es tendencia ni campaña anual. Es un proceso incómodo, sostenido y profundamente político.
Tal vez este 8 de marzo el gesto más honesto no sea celebrar, sino incomodarnos. Cuestionar lo que normalizamos. Exigir mejores conversaciones. No reírnos de lo que nos resta derechos. Porque mientras las brechas persistan, el 8 de marzo seguirá siendo una advertencia, no una fiesta.





































