Karina Víquez Murillo
Profesora de Sostenibilidad, UCR
Nunca Guanacaste había generado tanto valor económico como hoy. Sin embargo, más de una cuarta parte de su población continúa viviendo en condición de pobreza y cerca de una de cada diez personas enfrenta pobreza extrema.
Esa paradoja merece una conversación más profunda. Porque el desafío ya no es únicamente atraer inversión, sino construir una economía capaz de transformar ese valor en bienestar, oportunidades y prosperidad para quienes viven aquí.
Y pocas provincias tienen mejores condiciones para lograrlo.
Guanacaste no es un territorio cualquiera. Aquí conviven algunas de las formaciones geológicas más antiguas de Costa Rica, ecosistemas que conectan el Pacífico con bosques secos, lluviosos y nubosos, una de las cinco Zonas Azules reconocidas mundialmente, una matriz energética renovable y centros de investigación que incluso colaboran con proyectos de exploración espacial.
Guanacaste es biodiversidad, cultura, conocimiento, energía, producción e innovación.
Precisamente por eso vale la pena hacernos una pregunta más ambiciosa: ¿estamos construyendo la economía que queremos?
La respuesta no depende únicamente de cuánto invertimos, cuántos visitantes recibimos o cuántos proyectos inauguramos. Depende, sobre todo, de la capacidad que tengamos para que ese valor permanezca en la provincia, fortalezca sus comunidades y amplíe las oportunidades de quienes la habitan.
Porque una economía puede crecer y, aun así, dejar preguntas importantes sin responder. El problema no es la inversión, sino cuánto valor deja en el lugar donde ocurre.
Medir el éxito de otra manera
Durante mucho tiempo asociamos el éxito con indicadores como la inversión, la cantidad de visitantes, la ocupación hotelera o la generación de empleo. Todos siguen siendo relevantes, pero hoy resultan insuficientes.
Ya no basta con saber cuánto valor genera una economía. También importa preguntarse cuánto permanece en ella, quiénes participan de ese valor, qué empresas locales logran crecer, qué oportunidades encuentran las nuevas generaciones y qué ocurre con los sistemas naturales y sociales que hacen posible esa prosperidad.
No se trata de reemplazar unas métricas por otras. Se trata de ampliar la conversación. Y esa conversación también nos invita a mirar con nuevos ojos una palabra familiar: desarrollo.
Durante décadas la asociamos con crecimiento económico, expansión urbana, infraestructura o atracción de inversión. Todo ello puede generar oportunidades y seguirá siendo importante. Pero hoy entendemos que no basta por sí solo para describir la economía que queremos construir.
Incorporar nuevas métricas implica ampliar nuestra comprensión del desarrollo. No porque el desarrollo haya dejado de importar, sino porque reconocemos que una economía puede expandirse sin necesariamente fortalecer a las personas, las comunidades o los ecosistemas de los que depende.
Repensar la prosperidad
Ese cambio ya está ocurriendo en distintas partes del mundo. Algunos de los destinos turísticos más reconocidos han comenzado a replantear la forma en que entienden el éxito. Más que perseguir un incremento permanente en el número de visitantes, incorporan preguntas sobre el bienestar de las comunidades, la conservación del patrimonio natural y cultural, la calidad de vida de quienes habitan esos lugares y la distribución del valor que allí se genera.
La conversación global también está evolucionando. Están surgiendo enfoques que invitan a mirar la economía desde nuevas perspectivas: el bienestar, la resiliencia, la regeneración, la circularidad y la salud de los ecosistemas. Dejan de ser temas periféricos para convertirse en parte esencial de la discusión sobre prosperidad.
No se trata de copiar modelos externos ni de seguir tendencias porque están de moda. Se trata de reconocer que el mundo está ampliando su forma de entender la economía y que Guanacaste tiene la oportunidad de construir una visión propia, inspirándose en esas conversaciones sin perder de vista su identidad, su historia y su realidad.
La naturaleza también es infraestructura
Durante mucho tiempo vimos la naturaleza como un recurso al servicio de la economía. Hoy entendemos que no la poseemos ni existe para nuestro beneficio. Formamos parte de ella y nuestra economía depende de su salud.
Por eso, la naturaleza no es un activo que debemos proteger, es parte de la infraestructura viva que hace posible toda actividad económica.
El turismo depende del agua, de los bosques, de los volcanes, de las playas, de los paisajes y de la biodiversidad. La agricultura depende de la salud de los suelos y los ecosistemas. La disponibilidad de agua condiciona desde la producción hasta la llegada de nuevas inversiones.
Cuando se deterioran esos sistemas, no solo pierde la naturaleza; también pierde la economía y la vida misma.
La mejor economía no es la que más valor extrae de un lugar. Es la que más valor deja en él.
El mayor activo estratégico de Guanacaste
Existe otro recurso igual de importante: su gente.
Ningún lugar transforma su realidad únicamente porque llegan empresas o inversiones. Lo hace cuando las personas cuentan con las capacidades para crear oportunidades, aprovecharlas y liderarlas. Ahí encontramos uno de los mayores desafíos de la provincia.
Guanacaste necesita más talento preparado para participar en una economía cada vez más sofisticada y diversa. Eso implica fortalecer la educación, ampliar la formación continua, conectar mejor la academia con las necesidades del mercado laboral y preparar a las personas para un contexto marcado por la inteligencia artificial, la digitalización y la transformación permanente de las ocupaciones.
Pero también significa reconocer aquello que sí ha funcionado. Por ejemplo: la educación técnica y la formación dual han demostrado que, cuando las empresas y los centros educativos trabajan juntos, aumentan las oportunidades para las personas y se fortalece la competitividad de la provincia.
Construir una visión compartida
Ningún territorio prospera por accidente. Empresas, gobiernos locales, instituciones públicas, centros educativos, organizaciones sociales y comunidades tienen un papel que desempeñar. Cuando avanzan hacia un propósito común, las oportunidades se multiplican. Cuando cada actor camina por separado, también se fragmentan los resultados, y eso implica un costo elevado.
Hoy Guanacaste cuenta con una oportunidad extraordinaria. La inversión, el turismo, la agroindustria, la energía, la investigación, la cultura y el emprendimiento no tienen por qué avanzar como agendas independientes. Pueden convertirse en piezas de una misma visión de futuro.
No necesitamos más proyectos exitosos. Necesitamos una provincia exitosa.
Eso implica preguntarnos qué tipo de inversiones queremos atraer, cómo fortalecemos las cadenas de valor locales, cómo generamos oportunidades para las pequeñas y medianas empresas, cómo impulsamos el talento local y cómo aseguramos que el crecimiento económico contribuya también al bienestar de las comunidades y al cuidado del capital natural que hace posible ese desarrollo.
La identidad también genera valor
Otro activo que muchas veces pasa desapercibido es la identidad.
Caminar por un sitio turístico donde predominan rótulos y menús en inglés, precios en dólares y pocas referencias a la historia o la gastronomía local no es un detalle menor. Es una señal de que la economía está perdiendo parte de su conexión con el lugar donde ocurre.
La cultura, las tradiciones, la cocina, la música, el conocimiento local y la forma en que nos relacionamos con el paisaje no son elementos decorativos. Son parte del valor diferencial de Guanacaste y una fuente de competitividad difícil de replicar.
Proteger esa identidad no significa resistirse al cambio ni cerrar las puertas al mundo. Significa asegurar que el progreso también fortalezca aquello que hace único a este lugar y que las personas puedan reconocerse en el futuro que están construyendo.
Una oportunidad para liderar
Guanacaste reúne condiciones excepcionales para convertirse en un referente internacional de una nueva forma de entender la prosperidad. Cuenta con una riqueza natural extraordinaria, una ubicación estratégica, sectores productivos dinámicos, instituciones comprometidas, centros de investigación, empresas innovadoras y una comunidad que, históricamente, ha demostrado una enorme capacidad de adaptación.
Pero liderar implica ir más allá de los indicadores tradicionales. Significa demostrar que es posible generar abundancia económica mientras se fortalecen las comunidades, se conserva el patrimonio natural y se amplían las oportunidades para las personas.
El futuro de Guanacaste no dependerá de cuánto logremos crecer. Dependerá de las decisiones que tomemos hoy para asegurar que esa solidez económica genere bienestar, permanezca en el territorio y contribuya a una prosperidad compartida.
Al final, la pregunta más importante no es cuánto valor somos capaces de generar, sino cuánto valor somos capaces de dejar.





































