Las negociaciones recientes sobre el Ártico muestran un reacomodo global que puede aportar estabilidad a América Latina y al mundo.
La conversación sobre Groenlandia suele parecer lejana, casi ajena a nuestra región. Pero lo que ocurre en el Ártico —y en particular en la relación entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia— está moldeando el tipo de orden internacional en el que América Latina tendrá que vivir. No es un asunto distante: es un anticipo del mundo que viene.
Groenlandia no es solo hielo. Es rutas marítimas que se abren, minerales estratégicos, acceso militar y una posición clave en la arquitectura de seguridad del hemisferio norte. Por eso Estados Unidos ha renovado su interés en la isla, y por eso Dinamarca protege su vínculo histórico. Pero la historia es más compleja de lo que suele contarse: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca fue ocupada por Alemania, Estados Unidos asumió la defensa de Groenlandia y estableció bases que marcaron una presencia estratégica duradera. Washington no llega de cero; vuelve a un territorio donde ya tuvo responsabilidades directas.
En los últimos años, Estados Unidos ha retomado conversaciones y definiciones sobre su papel en Groenlandia, buscando una estrategia que aporte claridad en una región decisiva para la seguridad global. En un territorio tan sensible como el Ártico, la estabilidad depende de que las potencias actúen dentro de marcos diplomáticos y reglas compartidas. Y en este caso, la línea que Washington está trazando apunta a reducir tensiones y fortalecer un entorno internacional más previsible, algo que beneficia directamente a América Latina y al mundo, porque evita vacíos de poder y contribuye a un sistema global más ordenado.
Un Ártico gestionado mediante acuerdos claros —y no mediante improvisaciones o falta de coordinación— contribuye a un sistema internacional más estable. Para países latinoamericanos, que no tienen capacidad militar para influir en regiones remotas, esa estabilidad es esencial. Cuando las decisiones se toman dentro de marcos transparentes, el sistema global funciona mejor para todos.
El Ártico es también un termómetro climático. Lo que pase con el hielo de Groenlandia afecta el nivel del mar, los patrones de lluvia y la seguridad alimentaria. América Latina, altamente vulnerable al cambio climático, tiene interés directo en que las decisiones sobre el Ártico se tomen con responsabilidad y visión de largo plazo. Costa Rica, con su liderazgo ambiental, puede ser una voz moral en ese debate.
La pregunta no es si América Latina puede influir en la política del Ártico. La pregunta es si entendemos que lo que ocurre allí define el tipo de mundo en el que vamos a vivir. Un mundo donde las reglas importan, o un mundo donde las decisiones se toman sin considerar a quienes dependen del orden internacional para existir con seguridad.
Groenlandia es un recordatorio de que la geopolítica nunca está lejos. Aunque estemos en el trópico, el deshielo del norte nos alcanza. Y la forma en que se resuelva esa disputa dirá mucho sobre el orden que viene… y sobre el lugar que América Latina y el mundo podrán ocupar en él.
Nidia Zúñiga Pérez





































