Costa Rica se encuentra en el último lugar del Índice de Gobierno Digital de la OCDE (2022). Ese diagnóstico no admite paliativos: estamos en fase crítica. Si nuestro sistema público fuera un paciente, el expediente marcaría “paciente crítico”. No basta un analgésico; se requiere una cirugía mayor, con bisturí firme, visión clara y un equipo disciplinado para intervenir sin titubeos.
Los datos confirman que esta intervención es viable, eficaz y liberadora. Según el BID, un aumento del 10 % en la penetración de banda ancha puede aumentar el PIB en 3,19 %, elevar la productividad en 2,61 % y generar decenas de miles de empleos directos. Más aún, cerrar la brecha digital con los países de la OCDE podría representar hasta 15 millones de nuevos empleos y un incremento del 7,7 % del PIB regional .
A ello se suma que, de acuerdo con el Global Connectivity Index, cada dólar invertido en infraestructura TIC trae un retorno de hasta US $5 en crecimiento del PIB para 2025, y un aumento de un solo punto en conectividad se asocia con mejoras del 2–2,3 % en productividad, innovación y competitividad.
La verdadera medicina es también ética: se llama trazabilidad digital. Implementar blockchain para los fondos públicos supone que cada colón tendrá huella digital: quién lo autorizó, cuándo, bajo qué justificación.: Cada movimiento queda registrado, cada mérito es visible y el anonimato desaparece.
Este sistema no solo evita los “cariñitos” y el pago de “favores y chineos”, sino que permite reconocer el mérito real de funcionarios comprometidos. La responsabilidad institucional ya no sería una aspiración; estaría inscrita en el expediente digital del Estado.
Estonia es el ejemplo más elocuente al digitalizar su Estado. Eliminó filas interminables, rescató millones de horas a ciudadanos y, sobre todo, minimizó los espacios para la corrupción. Ahí, la transparencia no es un discurso, sino un expediente abierto que cualquiera puede auditar.
Mientras tanto, Costa Rica sigue con el paciente entubado: la informalidad metastatiza las instituciones, la recaudación fiscal se desangra y la confianza ciudadana late con arritmia peligrosa. Esa inercia no es solo dañina; es una epidemia institucional que aletarga nuestro potencial productivo y nos resta calidad de vida.
Estamos en año electoral. Aquí la metáfora médica es ineludible, el bisturí estará en manos de un nuevo presidente. Podemos elegir una cirugía reconstructiva que implemente un Gobierno digital, abierto y trazable, o prolongar una cronicidad de corrupción e ineficacia que no podemos permitir.
Costa Rica necesita determinación, coraje y valentía. No se trata solo de modernizar; es un trasplante ético que puede devolvernos la confianza ciudadana, desbloquear nuestro potencial económico y recordar que el mérito importa. La historia no aplaude a quienes diagnosticaron; celebra a quienes se atrevieron a operar.
La gran pregunta es clara:
¿Preferimos seguir siendo el último paciente en la sala de la OCDE, sin tratamiento ni pronóstico, o tenemos el coraje de convertirnos en ejemplo regional de recuperación institucional y prosperidad trazable? De la mano de la innegable mejoría de nuestra calidad de vida, hoy ahogados en el “no”, espere y haga fila.
El bisturí hoy está en nuestras manos, y el país espera ese corte limpio, preciso y definitivo: en manos de quien lo vamos a poner?
Dr. Christian Rivera





































