Hoy las nuevas generaciones utilizan el término “principito” para referirse, en tono crítico, a aquella persona que no quiere trabajar, que vive de otros o que apuesta por el mínimo esfuerzo. Una expresión cargada de ironía que pareciera asociarse con privilegios heredados o con la imagen romántica de la aristocracia europea.
Pero no quiero referirme a ese concepto moderno. Más bien, traer a la memoria una enseñanza profunda contenida en la célebre obra “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, publicada hace casi un siglo y que, lejos de perder vigencia, retrata con sorprendente claridad el mundo laboral actual.
En particular, el capítulo XIV, donde el Principito llega al planeta número cinco y conoce al farolero. Un hombre pequeño, disciplinado y responsable, cuya tarea consiste en encender y apagar un farol cada minuto, porque su planeta gira cada vez más rápido. El Principito simpatiza con él porque, a diferencia del rey, el vanidoso, el bebedor o el hombre de negocios, el farolero no vive para sí mismo: cumple su deber con fidelidad y sentido de servicio.
Sin embargo, esa aparente virtud esconde una profunda contradicción, por cuanto el farolero representa hoy a miles de personas trabajadoras -en el sector público y privado- que, atrapadas en una dinámica de aceleración constante, repiten tareas sin pausa, sin cuestionamiento y muchas veces sin sentido. La productividad se mide por objetivos, métricas, indicadores y resultados inmediatos. La tecnología, que debería ser aliada del ser humano, termina convirtiéndose en instrumento de presión permanente. Es que en la obra “El Principito” el farolero no descansa. No se pregunta por qué su planeta gira más rápido. Solo obedece esa es la consigna.
Se está viviendo en una sociedad donde el planeta también gira cada vez más rápido. Correos electrónicos van y vienen, pantallazos, WhatsApp, a cualquier hora. Mensajes fuera de jornada. Reuniones interminables. Evaluaciones constantes. Cultura de la hiperproductividad e irracional consumismo. Competencia feroz.
Cuando la persona trabajadora pierde la posibilidad de pensar, de cuestionar, de equilibrar su vida laboral con su vida personal y familiar, entramos en el terreno del agotamiento. Surgen entonces fenómenos que hoy ya son parte del vocabulario cotidiano: estrés crónico, síndrome de burnout, fatiga laboral, apatía, desmotivación y hasta la llamada “renuncia silenciosa”.
Algunas recetas que se intentan implantar en el mundo del trabajo -basadas en la irracionalidad, la deshumanización y el uso poco consciente de la tecnología- nos empujan a ese ritmo vertiginoso y en la mayoría de los casos, con consecuencias fatales para la salud mental y física. Se pierde el disfrute del “work”, la creatividad, el sentido de pertenencia y, peor aún, el equilibrio con la familia y la vida personal.
El desafío actual no es trabajar menos, sino trabajar mejor. No es producir más a cualquier costo, sino producir con sentido. No es acelerar sin límite, sino humanizar los entornos laborales. Al trabajo no necesariamente se va, sino se hace, de allí la importancia del teletrabajo y su regulación hacia un derecho, como algo ordinario dentro de las relaciones laborales, en donde su desempeño sea viable.
Porque si el planeta sigue girando más rápido y nosotros seguimos encendiendo y apagando el farol sin detenernos a pensar, el riesgo no es solo el agotamiento individual, sino la pérdida colectiva de humanidad. No se debe olvidar que la vida humana es frágil y finita. Ningún indicador de productividad inmortaliza.
Por Dr. Eric Briones Briones
Doctor y Profesor en Derecho Laboral





































