mente humana
Edgardo Piedra Garita*
Director General Yorkín School
En las últimas semanas, el historiador y economista Niall Ferguson ha lanzado una advertencia potente: el uso indiscriminado de herramientas como ChatGPT, Gemini, Grok u otras podría estar dañando el desarrollo cognitivo de personas menores de 25 años. Para él, la IA no es solo una herramienta, sino un riesgo comparado con “drogas muy peligrosas” para una mente en formación.
Ferguson sostiene que el cerebro humano no termina de desarrollarse hasta aproximadamente los 25 años. Durante esa etapa, confiar excesivamente en IA para escribir, resolver problemas o redactar ensayos puede atrofiar habilidades fundamentales como la argumentación, la creatividad y el razonamiento original.
Para proteger este desarrollo, propone la creación de un entorno educativo estrictamente analógico, al que denomina "claustro": un espacio donde los estudiantes dediquen unas 7 horas diarias a aprender sin tecnología, leyendo libros impresos, discutiendo en persona, escribiendo a mano y siendo evaluados mediante exámenes orales y escritos bajo vigilancia. Este modelo pretende rescatar prácticas tradicionales que formaron a generaciones anteriores, como muchos de los que hoy superamos los 40 años.
Este enfoque busca revertir lo que él considera un daño intelectual irreversible: generaciones que han delegado el pensamiento a algoritmos. Sin embargo, su propuesta ha generado críticas. Algunos señalan que este modelo exige una disciplina que muchas escuelas no fomentan desde etapas tempranas. Otros argumentan que la solución no es eliminar la IA del aula, sino adaptarse mediante evaluaciones que resistan su uso inapropiado: entrevistas orales, defensa de ideas y proyectos prácticos.
Otras voces pedagógicas como el educador Charles Fadel de la Universidad de Harvard, coinciden en que prohibir completamente la IA en la educación primaria podría ser contraproducente. En lugar de ello, es más apropiado formar desde edades tempranas en su uso responsable, promoviendo la competencia digital, el pensamiento crítico y sistemas de evaluación innovadores.
Para los educadores con años de trabajo en modelos tradicionales (como el suscrito), este nuevo paradigma representa un desafío mayúsculo. Pasar de métodos probados y sistemáticos a enfrentarse con estudiantes que utilizan IA como extensión constante de su pensamiento exige reaprender, adaptarse y, muchas veces, repensar la esencia misma de su rol. La formación docente se enfrenta así a una transformación profunda, donde ya no basta con actualizar recursos, sino con reinventar estrategias didácticas que garanticen la autonomía del alumno sin renunciar a la innovación.
Hace unos diez años, en una actividad de formación docente del colegio para el que laboro, el reconocido educador español José Antonio Alcázar nos decía que las únicas tareas de las que un maestro está 100% seguro de que fueron realizadas por el estudiante —¡y no por sus padres o hermanos mayores! — son las que hacen en el aula en presencia de su formador. Imaginemos hoy la realidad que enfrentamos los docentes: la IA multiplica esta incertidumbre.
En este contexto, es útil pensar en una clasificación emergente que algunos autores han propuesto sobre cómo las personas enfrentan la irrupción de la IA:
Primero, están los “Neandertales”, que no saben ni quieren utilizarla y la rechazan ad portas; en segundo lugar; los “Cyborgs”, que la usan por mera pereza para todo, sin criterio ni esfuerzo, simplemente para ahorrar trabajo; y finalmente los “Centauros”, un híbrido —como el ser mitológico—, que incorporan la herramienta de la IA a su vida con responsabilidad, aprendiendo a generar buenos prompts, evaluando la calidad de las respuestas y usándola como un aliado que potencia sus habilidades, no como un sustituto del pensamiento.
Sin duda, el camino a seguir es el de formar nuevas generaciones de “Centauros”.
Una estrategia equilibrada puede extraer lo mejor para nuestro sistema educativo:
- Espacios analógicos diseñados con moderación: No un claustro total, pero sí bloques diarios de aprendizaje manual donde se ejerciten escritura y sintaxis originales.
- Formación en IA y alfabetización digital: Enseñar a formular buenas preguntas (promts), detectar errores y evitar la dependencia pasiva.
- Evaluaciones híbridas: En lugar de prohibir ensayos, complementarlos con entrevistas cortas, defensa oral o proyectos prácticos.
- Incluir IA solo cuando añada valor real: Apoyar tutorías personalizadas, detección de dificultades y asistencia en investigación, sin reemplazar el esfuerzo individual.
La propuesta de Niall Ferguson es un grito de alarma necesario. Reconoce una erosión evidente de la capacidad intelectual joven frente a la dependencia tecnológica. Su modelo de “claustro” nos invita a repensar cómo y cuándo la IA debería formar parte del proceso educativo.
La educación del siglo XXI debería buscar no disyuntivas extremas, sino modelos híbridos que conserven el rigor intelectual del pasado, sin renunciar a la innovación. Solo así podremos convertir la IA en aliada y no en adversaria de la mente humana.
*El autor es Profesor de Historia por la UCR, Máster en Estudios de Matrimonio y Familia por la Universidad de Navarra y Doctor en Educación por la Universidad Internacional de Catalunya





































