La democracia, igual que la música, exige disciplina, oído, estudio y sensibilidad. No basta con tener un pentagrama frente a los ojos: hay que saber leerlo, comprender la altura de cada nota, la duración de cada silencio y la intención detrás de cada compás. El solfeo es, en esencia, el arte de interpretar correctamente una partitura. Y Costa Rica, por décadas, supo hacerlo con una armonía que muchos países admiraban.
Pero hoy vivimos una época en la que abundan quienes no saben leer la partitura democrática, o, peor aún, quienes arrancan hojas al cuaderno y sueñan con cambiarle el tono a la fuerza o improvisar donde antes había melodías. Es la política del ruido, de la estridencia calculada, del show y del berrinche permanente. Una política que confunde volumen con liderazgo y caos con autenticidad.
La democracia costarricense, esa que fue afinada con esmero a lo largo de generaciones, corre riesgo cuando se pretende dirigir la orquesta sin conocer el solfeo de la convivencia institucional: el respeto a la prensa, la separación de poderes, la cortesía cívica, la presunción de inocencia, la rendición de cuentas y la sensatez en el manejo del poder.
Porque la ignorancia política no es solo no saber; es no querer aprender, con la arrogancia de no aceptar que no se sabe.
Hay discursos que menosprecian la técnica, la experiencia y buscan dividir al país en “coros” enfrentados. Son tiempos que leen la democracia como si fuera un texto improvisado, sin compás, sin clave, sin escucha; y, al hacerlo, convierten la vida pública en una cacofonía donde cada quien grita su propio estribillo, obviando que la armonía nacional nunca ha sido un logro individual, sino un ensamble colectivo.
Costa Rica tiene el derecho propio de ser dirigida por buenos “músicos” que dominen las notas fundamentales del solfeo democrático, porque cuando se deja de saber leer también se deja de comprender. Y cuando se deja de comprender, se rompe el hilo que sostiene la obra entera.
La democracia costarricense no es perfecta, pero es una obra viva, una partitura en constante construcción. Lo que está en juego hoy es si permitimos que se desafine al punto de volverse irreconocible, o si dejamos que el estruendo sustituya la armonía, entregando la batuta a quienes nunca aprendieron a escuchar.
Aún podemos retornar al solfeo democrático: estudiar, practicar, fortalecer las instituciones, reconocer nuestros errores y afinar con armonía. No para volver al pasado, sino para evitar que nos arrebaten el futuro. Porque un país que olvida cómo se lee su propia música termina viviendo en el ruido, y los costarricenses merecemos seguir siendo una nación en clave de libertad.
Lic. Ferdinand von Herold
Abogado





































