Hoy me crucé con un término que no conocía y que me sin saberlo estaba buscando hace un tiempo: salutismo.
Se refiere a la tendencia creciente a idealizar la salud y el bienestar como un valor supremo. Suena bien en la superficie, pero lo complejo está en lo que hay detrás: una visión donde la salud se vuelve una responsabilidad individual absoluta, casi una obligación moral. Algo que, si no tienes, es porque no lo estás intentando lo suficiente. Y ahí fue cuando me hizo clic.
Eso que describe el salutismo es algo que venía percibiendo y sintiendo hace tiempo.
Porque aunque llevo años trabajando en salud mental y bienestar, y acompaño procesos con auténticas ganas de ayudar, confieso que al inicio de este camino sentía que al hacer las cosas “bien” —meditar, comer sano, no revisar el celular antes de dormir— era un poco más “correcta”. Como si eso hablara bien de mí. Como si fuera un nuevo indicador de éxito.
Pero lo cierto es que esta lógica del bienestar como mérito personal se ha filtrado en muchos espacios. Nos encontramos con discursos que afirman que, si te cuidas, todo va a estar bien. Que la salud está completamente en tus manos. Que, si estás agotado, estresado o enfermo, es porque no has hecho suficiente. Como sociedad, nos estamos creyendo esta idea seductora… pero injusta, a la que además pocos tienen acceso.
Porque no, la salud no depende solo de nosotros. Y no me tomen a mal, tengo la absoluta convicción de que como individuos tenemos mucho que hacer por nuestra salud física y mental y nuestros hábitos son pieza clave para lograrlo. Sin embargo, hay también contextos y factores fuera de nuestro control que influyen profundamente en cómo nos sentimos. La desigualdad, el acceso a servicios, las exigencias laborales extremas o las condiciones de vida no se corrigen solo con más ejercicio, yoga, suplementos o gratitud. Y creo que ahí es donde este tema se vuelve incómodo pero necesario.
Por un lado no podemos seguir pensando en el bienestar como un lujo especialmente reservado para aquellos que pueden pagarlo. Y por otro, tampoco podemos permitir que se convierta en una obligación más u otra forma de no estar haciendo lo suficiente. Porque incluso algo tan valioso como el bienestar puede volverse otra forma de exigencia. Una nueva casilla que llenar. Otra identidad que sostener. Otro motivo para juzgar (o juzgarse).
El bienestar no puede convertirse en una forma más de productividad ni en un ideal inalcanzable que genera culpa o comparación. Entonces, ¿qué para no caer en la sobreexigencia?
Tal vez la salida está en bajarle el volumen a la exigencia y subirle al discernimiento.
No se trata de dejar de cuidarnos, sino de revisar desde dónde lo hacemos: ¿desde el miedo o desde el deseo genuino de estar bien?
Y al mismo tiempo, reconocer algo fundamental: no todos partimos del mismo lugar. No todas las personas tienen el tiempo, los recursos o el entorno para priorizar su bienestar de la misma forma. Cuando convertimos el bienestar en un deber moral individual, corremos el riesgo de invisibilizar las desigualdades estructurales que también afectan nuestra salud.
Por eso, además de elegir prácticas que nos nutran, necesitamos una visión más honesta y colectiva. Una que entienda que cuidarse no debe ser un privilegio, ni una obligación, sino algo que puede estar al alcance de todos.





































