Aylin Soto
Docente de Administración de Negocios y Economía, Universidad Fidélitas
Fundadora de Petto
“Soyla” es una palabra que quienes inician un negocio entienden sin necesidad de explicación.
Soyla que vende, la que compra, la que responde mensajes, la que cobra, la que publica, la que resuelve. Soyla que hace todo, porque al inicio “no hay” otra opción. No es una virtud.
Durante años, ese hacerlo todo ha estado más cerca del desgaste que del orgullo. Días que no alcanzan, pendientes que se acumulan y la sensación constante de que, por más esfuerzo que se haga, siempre queda algo suelto.
Hoy ese panorama empieza a cambiar. No porque emprender sea más fácil, sino porque hay nuevas formas de sostener el ritmo sin perderse en el intento.
La inteligencia artificial entró sin hacer mucho ruido. Al inicio parecía lejana, incluso ajena. Hoy se ha vuelto parte de la rutina. Como en su momento lo fueron otras herramientas que terminaron siendo indispensables, la IA dejó de ser una novedad para convertirse en apoyo.
Pero conviene decirlo sin rodeos: no resuelve el negocio, ni toma decisiones por usted. Tampoco sustituye la intuición ni la experiencia. Lo que sí hace, y ahí está su valor, es ayudar a ordenar y escalar el negocio.
En Petto, una tienda de accesorios para mascotas incorporar inteligencia artificial no significó delegar el negocio, sino empezar a maximizar el potencial y automatizar tareas para enfocarse en lo que realmente es más relevante para el negocio.
Quien emprende lo sabe: el tiempo es el recurso más escaso. Atender clientes, gestionar redes sociales, coordinar pedidos, pensar en ventas… todo recae sobre una sola persona. Y es en ese punto donde la IA empieza a marcar diferencia.
No hace magia, pero sí aligera.
En Petto, por ejemplo, se ha convertido en un punto de partida para la creación de contenido. Mantener redes sociales activas exige constancia y creatividad, dos cosas que no siempre sobran cuando el día se va en la operación. La IA ayuda a proponer ideas, redactar borradores y plantear enfoques. No sustituye la voz de la marca, pero evita arrancar desde cero.
También ha sido útil para poner orden. Para bajar ideas a tierra, estructurar campañas, organizar lo que antes estaba disperso. Dicho de forma simple, menos improvisación, más dirección.
Los beneficios se notan rápido. Hay tareas que antes tomaban horas y ahora se resuelven en minutos. La carga operativa baja y, con eso, aparece algo poco frecuente en los emprendimientos: espacio para pensar.
Y ese espacio vale más de lo que parece.
Porque no solo se trabaja más rápido, también se trabaja mejor, con mayor enfoque. La comunicación se vuelve más clara, más consistente, más cuidada. Y eso, de cara al cliente, se traduce en confianza.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizarla.
La inteligencia artificial no entiende el negocio como quien lo vive todos los días. Trabaja con patrones, no con contexto. Puede sugerir bien, pero también puede equivocarse. Por eso, asumir que todo lo que propone es correcto es un riesgo muy alto.
Aquí entra el criterio de cada persona. Filtrar, ajustar, reescribir y muchas veces descartar, sigue siendo parte del proceso. La identidad de una marca no se construye con respuestas automáticas, sino con decisiones conscientes.
Usar IA implica aprender a preguntar mejor. Dar contexto, afinar instrucciones, saber qué se necesita. No es un detalle técnico; es una habilidad que termina marcando la diferencia.
Y, como toda herramienta, requiere equilibrio. Cuando se usa sin medida, puede terminar reemplazando algo que no debería, el pensamiento propio y la marca personal. La IA debe complementar, no sustituir.
Lo interesante del caso de Petto es que ha permitido trabajar con más enfoque, aprovechar mejor el tiempo y tomar decisiones con mayor claridad. Para quien hoy sigue siendo “Soyla” en su negocio, eso no es menor, porque al final, la tecnología puede proponer, pero la persona es quien dispone.





































