Ana Gamboa Quesada
Periodista
Especialista en turismo y eventos
Falta menos de un año para que arranque uno de los eventos más esperados a nivel mundial: el Mundial de Fútbol Masculino 2026, organizado por la FIFA, que por primera vez en la historia se llevará a cabo en tres países anfitriones: México, Estados Unidos y Canadá. Más allá de la emoción que despierta el balón rodando, este evento ya está generando un impacto económico significativo, especialmente en el sector turístico, que se ve impulsado por millones de aficionados que se movilizan a vivir la experiencia en persona.
Un torneo de esta magnitud transforma temporalmente a los países anfitriones en verdaderos epicentros globales de cultura, hospitalidad y negocios. Los visitantes no solo llegan para asistir a los partidos; vienen a descubrir ciudades, explorar destinos icónicos y vivir experiencias que van mucho más allá de los estadios. Aquí es donde el turismo juega un papel estratégico y donde los países empiezan a capitalizar su atractivo.
En este contexto, las aerolíneas ya responden a la creciente demanda, abriendo nuevas rutas y mejorando la conectividad internacional. México refuerza su red hacia Guadalajara, Canadá facilita el ingreso de visitantes con su visa ETA y Estados Unidos, como sede central del torneo, despliega estrategias ambiciosas.
Hace unos dias, durante la feria IPW en Chicago, Estados Unidos lanzó su campaña global de Brand USA bajo el lema: "No venimos a mostrar un país, sino a invitar a sentirlo". Un mensaje poderoso que reconoce que el turismo, más que una transacción, es una experiencia emocional.
Los números respaldan esta visión: solo en 2024, las acciones de Brand USA atrajeron 1,6 millones de visitantes adicionales, generando casi 6.000 millones de dólares en gasto directo, con un impacto total superior a los 13.000 millones. Cada dólar invertido ha retornado 20 dólares a la economía. Además, se proyectan 44 nuevas rutas internacionales en 2025.
Pero dentro de este panorama optimista, hay dos aspectos cruciales que los latinos, como principales consumidores de este evento, no podemos ignorar. Por un lado, está la pasión incomparable de nuestra afición: somos los que llenamos los estadios, los que viajamos en familia, los que convertimos el fútbol en una verdadera fiesta cultural. El Mundial 2026 será, sin duda, un escenario donde la presencia latina marcará nuevamente la diferencia, no solo en las tribunas, sino también en el aporte económico que realizamos a la industria turística.
Por otro lado, no podemos dejar de lado el desafío migratorio. A pesar de ser uno de los públicos más fieles, entusiastas y consumidores, las restricciones migratorias hacia ciertos países anfitriones siguen siendo una barrera importante para muchos latinos que sueñan con asistir. La contradicción es evidente: mientras el fútbol une, algunas políticas migratorias todavía separan. Es indispensable que estas naciones anfitrionas reflexionen sobre cómo flexibilizar procedimientos para garantizar que quienes sostienen esta industria con su pasión, tengan acceso a este espectáculo global.
El turismo deportivo es hoy una poderosa industria en expansión. Quien viaja para un partido de fútbol, también visita museos, restaurantes, tiendas y muchas veces extiende su estadía para descubrir más del
destino. El Mundial 2026 será mucho más que un espectáculo deportivo: será una plataforma global para mostrar lo mejor de la cultura, infraestructura y hospitalidad de estos tres países.
Como profesional del turismo, insisto: estamos ante una vitrina que multiplica oportunidades, pero también exige decisiones responsables. El verdadero desafío no será solo atraer turistas durante el evento, sino convertir esta experiencia en el inicio de una relación duradera. Y aquí, sin duda, es donde el verdadero partido recién comienza.





































