Daniel Martínez
Consultor de Grant Thornton
Durante mucho tiempo ha existido una percepción errónea sobre el auditor interno. Se le suele imaginar como un vigilante que solo busca errores para criticar, sin comprender las dificultades del trabajo diario. Sin embargo, su labor es esencial para que la empresa crezca de forma saludable y segura.
Es vital aclarar que el auditor no es un inquisidor que busca culpables. Su verdadero trabajo consiste en evaluar y emitir un criterio profesional sobre los resultados encontrados. El auditor identifica "hallazgos" para que la empresa realice correcciones; no obstante, él no es quien ejecuta esos cambios. Basado en años de experiencia y con una visión objetiva e independiente, el auditor señala el camino a seguir, pero la implementación queda en manos de la administración.
Por esto, más que un vigilante, el auditor es un evaluador estratégico. Aunque muchos auditores comenzaron su formación como contadores, su labor les exige ir más allá de los números. Deben desarrollar una visión amplia para entender cómo funciona cada área de la empresa y así entregar informes que realmente generen valor y soluciones.
Cabe recalcar que el auditor interno no tiene la potestad ni el deber de ejecutar los procedimientos. Si lo hiciera, caería en el error de ser "juez y parte". Para que sus hallazgos sean útiles, el auditor debe mantenerse imparcial y ser un órgano independiente de la estructura administrativa.
Gracias a esta independencia, los dueños, inversionistas y gerentes obtienen una perspectiva fresca y externa. El auditor nota detalles que quienes están sumergidos en la rutina diaria a veces pasan por alto. Donde otros ven simples procesos repetitivos, el auditor ve un mecanismo complejo que requiere precisión. En fin, el auditor es ese relojero que, sin tocar las piezas para moverlas él mismo, cuida que el corazón de la empresa nunca deje de marcar la hora correcta.





































