Lener Herra
Jefe de Prevención de Fraudes del BN
Durante años, los bancos hemos invertido en tecnología y campañas de prevención para proteger a nuestros clientes del fraude. Hemos desarrollado sistemas de autenticación, alertas, monitoreo y educación financiera. Pero la realidad nos sigue mostrando algo claro: la tecnología por sí sola no basta. La seguridad necesita algo más humano y profundo: hábitos.
En el Banco Nacional (BN) lo hemos aprendido escuchando a nuestros clientes. Personas responsables, que actúan con buena fe. Personas que, como cualquiera de nosotros, viven en un mundo donde todo se volvió digital de golpe, y un enlace puede parecer real, porque eso es justo lo que el estafador quiere que creamos. Los delincuentes lo intentan todo el tiempo.
Se adaptan, cambian de táctica, y podríamos pasar días enteros contando las formas que han inventado para engañar. Desde enlaces que parecen legítimos hasta mensajes que apelan a la urgencia o la curiosidad. Incluso el autorrelleno del teléfono puede entregar un código de seguridad que previamente solicitamos sin que lo notemos. Porque sí, los delincuentes lo intentan todo el tiempo, y cada vez lo hacen con más astucia y apariencia de normalidad.
La psicología de la seguridad nos enseña que no basta con advertir. Hay que acompañar. Enseñar de a poco. Explicar con empatía. Porque cuando una persona comprende cómo ocurre un fraude, empieza a desarrollar un criterio propio. Y ese criterio se convierte en su mejor defensa. Por eso, en el BN mantenemos mensajes constantes de prevención en nuestras redes sociales, en nuestro blog y en medios nacionales. Porque solo juntos podemos vencer al verdadero enemigo: el estafador.
Por eso, más que señalar errores, debemos formar hábitos. No dejar nuestras tarjetas en el carro. No dejar tarjetas en lugares con presencia de terceros. Desconfiar de promociones que parecen demasiado buenas. Desactivar funciones automáticas de autorrelleno que, aunque cómodas, pueden ser riesgosas si no se usan con cuidado.
La buena noticia es que esto funciona. Lo hemos visto. Cuando una persona comprende, cambia. Y cuando cambia, protege no solo su dinero, sino también su entorno. Porque empieza a compartir lo aprendido, a advertir a otros, a ser parte activa de una red de seguridad colectiva.
Imaginemos el impacto de tener millones de personas que saben identificar un intento de estafa, que entienden cómo se digitaliza una tarjeta, que saben cuándo un sitio no es confiable. Eso no solo reduce el fraude. Construye confianza. Y convierte al banco en un aliado, no solo en un proveedor de servicios financieros.
La seguridad se cultiva con hábitos saludables. Y como todo hábito, empieza con una decisión: la de aprender, la de preguntar, la de cuidarse.
Porque al final, en seguridad el mejor aliado es una persona informada de manera permanente. La mejor capa de seguridad somos nosotros mismos.





































