Cristina Izquierdo
Directora ejecutiva ALAS
Hay mañanas en que una mujer se levanta, prepara café, revisa correos, alista una lonchera, recuerda una cita médica, responde mensajes del trabajo y organiza mentalmente la lista del supermercado. Antes de que el reloj marque las ocho de la mañana, ya ha tomado una docena de decisiones que sostienen la vida de otras personas.
Ese trabajo tiene un nombre: la carga invisible.
Y casi nadie la nota. Pero a esa mujer esa carga le pesa.
No es que falten discursos sobre igualdad. Al contrario: abundan. Cada 8 de marzo aparecen los mensajes, las campañas moradas y las promesas de que el futuro será distinto. Pero cuando el ruido baja y el calendario avanza, la realidad vuelve a recordarnos algo incómodo: la igualdad no es una meta alcanzada; es un terreno todavía en disputa.
Hoy el mundo ha cerrado apenas el 68,8% de la brecha de género, según el más reciente informe global del Foro Económico Mundial. Si seguimos avanzando al ritmo actual, la igualdad plena tardará 123 años en llegar.
Es decir, no la verán nuestros hijos e hijas. Probablemente tampoco nuestros nietos y nietas.
La paradoja es evidente: las mujeres estudian más que nunca, participan más en el mercado laboral y lideran transformaciones sociales, culturales y económicas. Sin embargo, el poder sigue teniendo un techo.
Las mujeres representan el 41% de la fuerza laboral mundial, pero ocupan solo el 28,8% de los puestos de liderazgo.
La escalera existe. Pero los últimos peldaños siguen siendo más resbalosos para ellas.
Durante siglos, a las mujeres se les enseñó a ser excelentes… siempre que no incomodaran demasiado. A trabajar duro, pero sin ambición visible. A liderar, pero sin levantar demasiado la voz. A aspirar alto, pero pidiendo permiso primero.
Ese entrenamiento cultural todavía pesa.
Por eso el Día Internacional de las Mujeres no es solo una conmemoración. Es un recordatorio incómodo de lo que todavía falta.
La desigualdad rara vez se presenta como una injusticia evidente. A veces se disfraza de costumbre: en la reunión donde la idea de una mujer solo se escucha cuando un hombre la repite; en la expectativa de que ella cuide, organice, sostenga y además triunfe profesionalmente; en la maternidad que se celebra… pero que el mercado laboral castiga.
La historia demuestra que cada avance de las mujeres comenzó así: con alguien que dejó de aceptar lo que parecía natural.
Las mujeres que votaron parecían radicales.
Las que entraron a la universidad parecían exageradas.
Las que exigieron igualdad salarial parecían incómodas.
Hoy entendemos que no estaban exagerando. Estaban adelantadas.
La igualdad no avanza por inercia. Avanza porque hay mujeres que deciden incomodar al sistema lo suficiente como para obligarlo a cambiar.
Por eso el verdadero espíritu del 8 de marzo no está en los homenajes ni en los discursos. Está en la decisión cotidiana de no volver atrás.
En cada niña que crece sabiendo que su voz importa.
En cada empresa que entiende que el liderazgo femenino no es una cuota, sino una ventaja.
En cada hombre que entiende que la igualdad no es una amenaza, sino progreso.
Pero, sobre todo, está en las mujeres que un día dejan de pedir permiso.
Porque cuando eso ocurre, no solo cambia su propia historia.
Empieza a cambiar la del mundo.





































