Por Ileana Segura
Coach de negocios y mentora en consciencia femenina
En un entorno donde la productividad se celebra y el rendimiento se aplaude, muchas mujeres líderes viven atrapadas en una trampa silenciosa: el perfeccionismo disfrazado de excelencia.
Desde puestos ejecutivos, emprendimientos o direcciones de equipos, es común encontrar mujeres altamente capaces, estructuradas y admiradas… pero por dentro agotadas. Con la agenda llena, sí. Pero con el alma vacía.
Y no es un fenómeno menor. Según la CCSS, en el último año se otorgaron más de 86.000 incapacidades por ansiedad y depresión en Costa Rica. Una cifra que refleja una verdad incómoda: algo está quebrando a quienes sostienen el éxito.
¿Por qué hablamos del perfeccionismo?
Porque está tan normalizado que ni se cuestiona. Pero sus síntomas son claros: dificultad para delegar, culpa al descansar, miedo a equivocarse, y una autoexigencia que desgasta. Por fuera se ve como eficiencia. Por dentro, se siente como presión constante y agotamiento emocional.
El problema no es querer hacerlo bien. El problema es cuando hacerlo perfecto se convierte en la única forma aceptable de existir.
Y el riesgo no es solo personal. Es sistémico. Porque cuando una mujer líder funciona desde ese lugar, su entorno también lo sufre: equipos tensos, decisiones postergadas, poca creatividad y una cultura que premia el rendimiento por encima del bienestar.
Redefinir el liderazgo femenino no significa bajar la barra. Significa incluir el equilibrio como parte de la estrategia. Comprender que una mujer que lidera desde su centro es más clara, más creativa y más sostenible.
Entonces, ¿cómo empezar a soltar el perfeccionismo sin perder la excelencia?
Aquí tres prácticas simples para comenzar:
1. Cuestiónate desde dónde haces lo que haces: Si la respuesta es miedo al juicio o al fracaso, detente. Pregúntate: ¿qué elegiría el amor propio en esta situación?
2. Haz limpieza de sueños ajenos: Revisa tus metas y pregúntate cuáles son realmente tuyas. Muchas mujeres viven sosteniendo expectativas heredadas. Es momento de soltar los “debería”.
3. Siente lo que evitas pensar: Habita la incomodidad en el cuerpo, sin racionalizarla. El miedo al error no se disuelve con control, sino con presencia.
El perfeccionismo no es sinónimo de liderazgo. Es una señal de desconexión.
Y mientras lo sigamos normalizando como parte del éxito, seguiremos perdiendo lo más valioso: autenticidad, salud y propósito.
Quizá ha llegado el momento de hacer las cosas bien… pero también de hacerlas humanas.





































