Pocos temas dividen hoy a los economistas costarricenses como el del colón fuerte. De un lado, una tesis cada vez más popular sostiene que vivimos un espejismo: que el Banco Central, al mantener una Tasa de Política Monetaria demasiado alta por demasiado tiempo, fabricó un colón artificialmente fuerte que asfixió la competitividad y nos dejó al borde de una «tormenta perfecta». Del otro lado, el propio Banco Central insiste en que el tipo de cambio «no está artificialmente bajo», sino que refleja un superávit genuino de divisas. Ambas posiciones contienen una parte de verdad y una parte de exageración. Conviene decirlo sin rodeos, porque del diagnóstico depende el remedio.
Empecemos por lo que nadie discute. Desde mediados de 2022, el colón se apreció entre un 30 % y un 35 %: pasamos de cerca de ₡700 por dólar a un mínimo histórico de ₡455 en abril de este año. La inflación acumula más de tres años por debajo de la meta del 3 %, con registros negativos: −2,1 % interanual en marzo. El turismo receptivo y la exportación tradicional sufrieron; hubo cierres y despidos sonados, desde fincas bananeras hasta el repliegue de operaciones industriales. Y el Banco Central, para moderar la caída del dólar, acumuló reservas récord —más de US$17.000 millones— a costa de un creciente costo de esterilización en su propio balance. Hasta aquí, los hechos. El desacuerdo empieza cuando preguntamos por qué.
La tesis del «pecado original» monetario tiene un mérito que le reconozco sin reservas: desnuda los costos ocultos de celebrar un colón fuerte. Durante años se nos vendió la apreciación como una señal de fortaleza nacional —importaciones baratas, viajes baratos, deuda en dólares más liviana—, mientras se erosionaba en silencio la rentabilidad de quienes producen y exportan. Esa transferencia callada, de los productores hacia los consumidores e importadores, es real y socialmente regresiva en sus efectos sobre el empleo. Que la deflación lleve 36 meses fuera de la meta no es un éxito antiinflacionario: es una anomalía que el propio Fondo Monetario Internacional pide corregir bajando la tasa, y que dos directores del Banco Central —Guardia y Robalino— ya votaron por enmendar. En ese punto, la crítica al Banco es certera.
Pero la tesis se vuelve frágil cuando convierte una verdad parcial en explicación total. Atribuir toda la apreciación a la política monetaria supone que basta con bajar la tasa para que el dólar suba de forma ordenada. La evidencia sugiere otra cosa. El FMI, que no es sospechoso de complacencia con nuestro Banco Central, concluyó que las compras de divisas del emisor solo mitigaron «marginalmente» la presión apreciadora. ¿Por qué? Porque detrás del colón fuerte hay flujos estructurales y reales: zonas francas que crecen al 12,7 %, inversión extranjera vigorosa, endeudamiento externo del Gobierno y un dólar globalmente débil tras los anuncios arancelarios de Estados Unidos. Esos dólares entrarían igual, hubiera o no una TPM alta. Llamar «artificial» a un precio que responde a semejante abundancia es forzar el lenguaje. Y la «tormenta perfecta» —devaluación abrupta, inflación galopante, rescate— es un escenario posible, no un destino: el FMI mantiene que el país tiene bajo riesgo de crisis de deuda soberana.
¿Dónde queda entonces la verdad? A mi juicio, en un punto que ninguno de los dos bandos quiere ocupar del todo: la apreciación del colón es predominantemente estructural, pero ha sido amplificada por una postura monetaria excesivamente restrictiva sostenida más allá de lo razonable. El superávit de divisas es genuino; pero una tasa real fuertemente positiva, mantenida cuando la inflación ya caía, le echó leña al fuego y profundizó una deflación que hoy deprime la demanda interna. El Banco Central acierta en el qué —existe un superávit— y se equivoca en el cuánto, al negar su propia contribución y refugiarse en factores externos. Esa negación tiene un costo: erosiona la credibilidad del esquema de metas de inflación, y no es casual que el FMI haya reclasificado nuestro régimen cambiario por la intensidad de la intervención. La «flotación administrada» se administra bastante más de lo que admite el discurso.
Lo que más me preocupa es el desenlace político. El costo de un desequilibrio que es, en buena medida, monetario y cambiario amenaza con etiquetarse como un problema estrictamente tributario. En junio, el Ministerio de Hacienda anunció un plan fiscal que recoge las recomendaciones del FMI: gravar la canasta básica con el 13 % de IVA y eliminar exoneraciones. Pero sería un error histórico cobrarles a las familias, vía impuestos al consumo básico, una factura que se incubó también en el manejo monetario. No todo se arregla subiendo impuestos, y menos los que pesan sobre quienes menos tienen.
La salida sensata no es ni la euforia del «colón fuerte» ni el catastrofismo de la «tormenta perfecta». Es una corrección ordenada y comunicada: bajar gradualmente la TPM para sacar a la economía de la deflación, permitir que el tipo de cambio se ajuste con mayor flexibilidad sin sobre intervenir, transparentar el costo cuasi fiscal de la esterilización y acompañar todo ello con una reforma tributaria que amplíe la base del impuesto a la renta antes de gravar la mesa de los más vulnerables. El mayor riesgo no es que el colón suba; es que sigamos discutiendo de quién es la culpa mientras se cierra la ventana para actuar a tiempo.
Leiner Vargas Alfaro
Ph.D. — CINPE-UNA





































