Niñas y niños que no solo saben qué es compostaje, sino que saben implementar el proceso; estudiantes con motivación para reciclar y mensajes con conciencia ambiental que repican en los hogares costarricenses.
Una realidad como esta ya se está viviendo en muchos centros educativos y comunidades del país, pero es necesario que la cobertura sea total a lo largo y ancho del país.
La cultura ambiental no debe ser tratada como un tema aislado ni como una actividad que figura únicamente en el Mes del Ambiente, sino como una práctica constante, consciente e integrada completamente a la vida académica.
Costa Rica tiene una larga trayectoria en temas de conservación y sostenibilidad, pero esa visión no siempre se traduce en hábitos cotidianos. Sin embargo, en un centro educativo, cada acción: desde cómo se manejan los residuos hasta cómo se usa el agua, se vuelve parte de la formación de miles de estudiantes a lo largo de los años.
Es en esos espacios donde las enseñanzas sobre sostenibilidad se convierten en cultura y es así como inicia el cambio radical y concreto que se requiere en Costa Rica.
En 12 años de trayectoria, el programa Yo Pienso Verde, creado por la Sociedad de Seguros de Vida ha sido testigo de cómo 190 centros educativos y cerca de 100.000 personas han cambiado sus hábitos, pero sobre todo su mentalidad respecto al manejo de desecho y prácticas amigables con el ambiente.
En aproximadamente 5.000 horas de trabajo se ha promovido la formación de comités ambientales, la elaboración de diagnósticos locales, la creación de planes integrales de gestión de residuos y la activación de toda la comunidad educativa, involucrando a estudiantes, docentes, personal de comedor, oficiales de seguridad y conserjes, que se convirtieron en verdaderos agentes del cambio.
Eso es exactamente lo que necesitamos: educación que transforme.
El personal docente involucrado explica que el programa cambió la mentalidad de los estudiantes, incluso de aquellos con más dificultades académicas, quienes encontraron en el ambiente un motivo para involucrarse.
Las niñas y los niños ya aman el ambiente: falta que la educación los acompañe. La conciencia ambiental no se improvisa: se enseña, se practica y se refuerza, y mientras más temprano comience, más profunda será.
La educación ambiental no es un lujo ni un complemento: es una responsabilidad ética en un país que se enorgullece de su naturaleza. Formar estudiantes con conciencia ambiental es formar ciudadanos capaces de pensar en comunidad, de tomar decisiones informadas y de actuar con empatía hacia el planeta.
Si algo nos enseñan las experiencias en las aulas es que cuando la niñez y juventud aprende a cuidar, la comunidad entera cambia. Y en tiempos donde el planeta nos pide actuar con urgencia, esa puede ser la lección más valiosa de todas.
Ana Gabriela Soto
Sociedad de Seguros de Vida





































