No existe la menor duda de que las sociedades han avanzado en áreas muy importantes para el desarrollo humano. Nuevos y maravillosos medicamentos, vacunas, tratamientos y productos de toda índole contribuyen de forma puntual a ampliar significativamente las expectativas de vida de los seres humanos y a mejorar sustancialmente su calidad.
Además, sabemos que oportunidades de superación existen en todas partes, para quienes buscan con legítimo interés aprender, estudiar o trabajar. Y ni qué decir en el campo de las comunicaciones, donde la información, incluso aunque parte de ella no tenga legitimidad, circula libremente y enlaza a las grandes mayorías, asegurándole a cada quien la libertad de escoger entre distintas opciones.
No obstante, pareciera que ni los avances científicos ni tampoco las nuevas facilidades o la abierta educación moderna han logrado permear en una mayoría de individuos cuyo comportamiento se ha ido apartando de aspectos igualmente importantes para la supervivencia del ser humano, en virtud de que están estrechamente ligados a la energía vital contenida en sus cuerpos perecederos, que es la que les proporciona aliento de vida.
¿De qué le sirve a la humanidad contar con tantos logros tecnológicos y científicos si millones de personas en cada región del planeta se comportan como salvajes?
La violencia verbal, física y psicológica; la inmoralidad, el mal gusto, la carencia de límites para la sana convivencia; vicios de toda índole, constantes y antiestéticas muestras de vulgaridad y los sentimientos más horribles y mezquinos: hipocresía, envidia, codicia, lujuria, gula, etc., están a la orden del día, sin que se implementen medidas urgentes y efectivas contra la corrupción moral que está sacudiendo al país y al mundo.
Vivimos en naciones en las que desde los más altos estrados del poder, muchos de esos terribles antivalores se exhiben y se aplauden como si fuesen galardones. Y la denigrante dinámica ha alcanzado a instituciones, comunidades enteras y familias.
Aquellos que ya somos adultos mayores tenemos con qué comparar y claramente hemos visto cómo la decencia, sensibilidad, amor, sexualidad, camaradería, cordialidad, disciplina, humildad, honestidad y sentido de pertenencia se han ido diluyendo entre la maraña chabacana de groserías y actos soeces; en fin, la decadencia y desprestigio están arrastrando a miles al abismo insondable de la más absoluta vacuidad.
Es la tónica contemporánea: sobresalir por indecentes o por insultar, ocultar, robar, agredir. Hasta el más mínimo detalle sobre las relaciones íntimas de cualquier individuo es motivo de titulares en medios de comunicación que antes se las daban de “prestigiosos”. Casi no se escuchan ni se difunden palabras de respeto, admiración o gratitud por lo bueno que otros puedan realizar. El aseo y la elegancia pasaron de moda. No se promueven figuras y conductas sociales sanas. Pero en vitrina se ensalzan los malos ejemplos.
Somos testigos a diario de la lucha descarnada de muchos por sobresalir y poseer más dinero o más poder, aun a costa de la dignidad individual. Si en el siglo XX la pieza musical de Santos Discépolo “Cambalache” dio en el clavo, en el XXI su mensaje ha cobrado más sentido que nunca, pues como dice el famoso tango en uno de sus párrafos:
“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador. Todo es igual, nada es mejor, ¡lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, qué va a haber, ni escalafón. Los inmorales nos han igualao…”
Y en otro párrafo remacha: “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches ves llorar la Biblia junto a un calefón…”
Adriana Núñez
Ex presidenta del Colegio de Periodistas de Costa Rica





































