Vanessa Sancho
Hoy en día, el diálogo sobre inclusión, respeto y empatía hacia las personas con discapacidad ha avanzado significativamente en Costa Rica. La aprobación de la Ley 7600 marcó un hito al garantizar la igualdad de oportunidades y el desarrollo integral de esta población. Y aunque los avances son innegables, aún existen muchas áreas grises que requieren atención urgente.
Como madre de un joven de 18 años con discapacidad, he recorrido un camino largo, complejo y profundamente transformador. Ha sido un proceso de constante prueba y error, en el que muchos opinan, pero pocos comprenden realmente la magnitud de los desafíos que enfrentamos.
Hoy deseo enfocar mi reflexión en el ámbito educativo del país. En el sistema público, existen programas bien diseñados y comprometidos con la inclusión. No obstante, en la práctica, la realidad suele alejarse de lo que prometen los documentos oficiales.
Se promueven valores como la tolerancia, el respeto y la empatía. Sin embargo, estos principios son más fácilmente aplicables cuando la discapacidad es visible. Es más sencillo comprender y apoyar a una persona en silla de ruedas o con una discapacidad auditiva o visual, porque los desafíos son tangibles. Las rampas, los intérpretes de señas y las ayudas táctiles son avances reales que han mejorado la inclusión de muchas personas.
Pero ¿qué ocurre con las discapacidades invisibles?
En muy pocos espacios se habla de aquellas condiciones que afectan la conducta y el manejo de las emociones. Y es aquí donde persisten los vacíos más profundos. Mi hijo, por ejemplo, tiene síndrome de Down y Trastorno del Espectro Autista (TEA). Estas condiciones implican daño cerebral en el lóbulo frontal, área del cerebro responsable del juicio, la prudencia y la regulación emocional.
Como resultado, él presenta impulsividad, conductas socialmente inapropiadas, cambios abruptos de humor y dificultad para resolver problemas. Estos comportamientos no siempre se comprenden en los entornos escolares. Durante el presente curso lectivo, ha acumulado numerosas boletas y reportes disciplinarios. Su nota de conducta en el primer período fue de 29, lo que significó reprobar nuevamente esta materia, como ya ocurrió el año pasado.
El principio de la inclusión tiene como objetivo garantizar que todas las personas, sin importar sus características personales o circunstancias, tengan un acceso equitativo a las oportunidades y los recursos. En este marco, no son los estudiantes con discapacidad quienes deben adaptarse al sistema educativo existente, sino que es el sistema el que debe transformarse para reconocer y responder a la diversidad. Esto implica eliminar barreras, ya sean físicas, sociales, pedagógicas o actitudinales, y crear entornos en los que todos los estudiantes se sientan valorados, apoyados y plenamente integrados en la comunidad educativa.
¿Es entonces justo evaluar a un estudiante con daño cerebral bajo los mismos criterios que a los demás?
El caso de mi hijo no es un caso aislado. Muchos jóvenes atraviesan situaciones similares. Por eso, este artículo es un llamado a la sensibilización. A los educadores, que con buena intención intentan que nuestros hijos “encajen”, les pido que reconsideren ese enfoque. Muchas veces, esa presión por adaptarse genera más crisis, más frustración y un daño silencioso a su autoestima.
Nuestros hijos no entienden por qué no pueden “portarse bien” como los demás. Y no es que no quieran. Es que, simplemente, no pueden. No tienen la capacidad neurológica para hacerlo de la misma manera que sus compañeros.
Sé que no es fácil cambiar un sistema educativo arraigado en modelos estandarizados. Es un desafío enorme, que exige recursos, formación y, sobre todo, voluntad. Pero propongo que demos el primer paso: que empecemos a ver con otros ojos a estos niños y jóvenes. Que dejemos de etiquetarlos como malcriados o desobedientes. No necesitan castigos ni límites más rígidos. Necesitan comprensión, enseñanza adaptada, y una dosis inmensa de amor y respeto.
El cambio no sucederá de un día para otro, pero puede comenzar hoy. Con empatía, con apertura, con conciencia. Por un futuro más justo e inclusivo para todos, especialmente para quienes viven con discapacidades que no se ven, pero que duelen, limitan y también enseñan.





































