Inicia diciembre, mes en el que se celebra la fecha más importante del año: la conmemoración del nacimiento de Jesús. Aunque al período lo caracterizan aspectos negativos tales como el ruido, el gasto excesivo, las interminables “presas” y los actos delictivos que, ante el dinero extra que circula, van en aumento, es urgente detenerse por unos minutos para reflexionar en torno al futuro de Costa Rica, que una vez más está en juego por la cercanía de las elecciones nacionales que se efectuarán al inicio de febrero de 2026.
Aunque he procurado alejarme de temas que traté con frecuencia en el pasado, a través de artículos y manifestaciones en medios de comunicación, no puedo menos que apelar a la conciencia ciudadana y a quienes aún defienden las buenas maneras y los valores más preciados del ser costarricense, para que, con base en las duras realidades que nos rodean, con serenidad y apertura, mediten el destino de su voto.
Costa Rica no está hoy mejor que hace cinco, diez o cincuenta años. Está revuelta, plagada de narcotraficantes de mayor o menor envergadura; el nivel de educación general ha descendido de forma preocupante, al igual que la atención en salud.
El índice de criminalidad ha aumentado ostensiblemente en los últimos cinco años. Usted puede consultar los datos del Observatorio de la Violencia. Igualmente, la deserción escolar ha alcanzado cifras récord durante la presente administración. Tan solo en 2024, más de 23.000 menores dejaron las aulas.
Algunas instituciones de bien social han desatendido a los nacionales para apuntalar la calidad de vida de miles de extranjeros —muchos indocumentados— en detrimento de la gran cantidad de familias costarricenses que viven en pobreza. Con tal de sumar adeptos a sus causas, ciertos grupos políticos se inclinan por documentar votos de personas que ingresan al país de forma ilegal sin que pasen por los filtros necesarios.
Más allá de la corrupción de cuello blanco que tanto nos ha herido, los malos ejemplos, la desidia, la chota y la vulgaridad provenientes de figuras públicas han causado estragos en generaciones más jóvenes que no solo están ayunas de oportunidades, sino que además carecen de una base ética y moral adecuada que les permita defenderse ante las desventuras.
El lenguaje popular ha caído a ras de piso y muchas personas entran en el juego del Poder Ejecutivo. En este punto, quiero aclarar que me siento orgullosa de haber estudiado en la Universidad de Costa Rica, pero que de ninguna manera me considero “chancletuda”. Al contrario. Fue un lujo pasar por sus aulas. Mis profesores eran personas cultas, bien vestidas, aseadas. Y mis compañeros, con o sin jeans, camisetas o sandalias, individuos que procedían de distintos estratos sociales, pero tenían en común características tales como inteligencia, esfuerzo, decoro, educación, honestidad, higiene, alegría de vivir y empatía, entre otras.
A pesar de los yerros y delitos de inescrupulosos que pertenecen a diferentes denominaciones políticas y al sector privado, en los partidos tradicionales aún encontramos personas que luchan por el bien común. No así en grupitos oportunistas, radicales sin norte ideológico, que no creen ni en Dios ni en nadie, que solo aspiran a servirse con cuchara grande una vez alcanzado algún grado de poder y que no cuentan con planes realistas —ni con especialistas que realicen la tarea— para sacar adelante a nuestra nación.
Extender la debacle que ha azotado a Costa Rica —sobre todo bajo la presidencia de Rodrigo Chaves—, sumiéndola en un clima de continua confrontación y violencia, sería mortal para el alma nacional.
Por ello, documentarse sobre los planes que ofrecen las distintas alternativas políticas; sopesar la realidad que nos circunda; tomar en cuenta los motivos que impulsan a quienes encabezan papeletas; y, sobre todo, pensar en la estabilidad económica y social del terruño y en la defensa de la democracia y de la paz, son ejercicios obligados que nos pondrán en perspectiva y en la ruta correcta.
No tenga miedo de preguntar ni de salirse del canasto. Y, por supuesto, recuerde la doctrina de amor que, con su nacimiento, trajo consigo, como el pan bajo el brazo, el Hijo de Dios.
Adriana Núñez Artiles
Periodista
Expresidenta del Colegio de Periodistas





































