Costa Rica suele verse a sí misma como una sociedad democrática, respetuosa y avanzada en derechos. Sin embargo, basta observar lo que ocurre a nuestro alrededor para entender que la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad alarmante.
Las cifras lo confirman:
En los primeros meses de 2025, una mujer fue asesinada cada cinco días por razones de género, según estadísticas del Observatorio de Violencia de Género del Poder Judicial.
Además, investigaciones académicas señalan que en el país cerca de dos mujeres mueren cada 14 días como consecuencia de la violencia de género, muchas veces dentro del mismo hogar donde deberían estar seguras.
Detrás de cada cifra hay una historia. Y detrás de cada historia hay una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos permitiendo que esto ocurra?
La violencia no siempre empieza con un asesinato. Empieza con algo mucho más cotidiano: el irrespeto.
En los últimos días, el país presenció un episodio público y bastante bochornoso en el que una ministra fue interrumpida y desautorizada durante un acto oficial por el propio presidente de la República. Más allá de las posiciones políticas de cada quien, la escena dejó una señal preocupante: la facilidad con la que se desacredita a una mujer en espacios de poder.
Pero la violencia también aparece en los hechos más cotidianos.
En Liberia, tras un choque automovilístico, un hombre reaccionó con furia contra el vehículo de una mujer, destruyendo el parabrisas mientras ella le suplicaba que no dañara el carro ni pusiera en peligro ni a ella, ni a su hija. El agresor se dio a la fuga.
Hace apenas unas semanas, en Palmares, una mujer perdió la vida tras recibir más de veinte puñaladas a manos de su pareja.
Estas historias no son excepcionales. Son parte de un patrón.
Y lo más alarmante es que muchas veces la reacción social no es de defensa hacia la víctima, sino de cuestionamiento hacia ella.
Se cuestiona cómo vestía. Se cuestiona por qué estaba ahí. Se cuestiona qué hizo para provocar la situación. Se cuestiona: ¿por qué no hizo nada? Si hubiera hecho algo, posiblemente se le cuestionaría: ¿por qué reaccionó de esta forma?
Incluso cuando se trata de menores de edad, con frecuencia se intenta trasladar la responsabilidad hacia ellas mismas, mientras se relativiza el comportamiento de hombres adultos. El cuestionamiento siempre surge hacia la mujer, pocas veces hacia el hombre que irrespeta los límites, la ley y la vida de ellas.
La pregunta inevitable es: ¿estamos avanzando o estamos retrocediendo?
Porque lo que resulta verdaderamente inquietante no es solo la violencia en sí, sino la cantidad de personas que aún justifican, minimizan o normalizan estos atropellos contra las mujeres. Cada noticia publicada en redes sociales está plagada de cientos de comentarios en defensa de lo indefendible, la injusticia y el atropello contra la dignidad de las mujeres.
Por eso, aunque muchas mujeres sienten orgullo de lo que se ha logrado y del camino recorrido, para muchas el 8 de marzo no se vive como una celebración. Yo soy una más que, por más que trate de ver el vaso medio lleno y el lado positivo de las cosas, el panorama de los tiempos recientes no es el que hubiera imaginado en el año 2026; es más bien un retroceso.
Y hoy lo vivo como un recordatorio. Un recordatorio de que todavía falta mucho para construir una sociedad donde las mujeres puedan vivir con respeto, dignidad y seguridad.
El verdadero progreso no se mide en discursos ni en fechas conmemorativas.
Se mide en algo mucho más simple y mucho más profundo:
En la capacidad de una sociedad para garantizar que ninguna mujer tenga que temer por su vida o su dignidad.
Y en Costa Rica, todavía estamos lejos de lograrlo.
Laura Centeno | HR Manager | Career Coach





































