En Costa Rica hablamos de equidad de género como si fuera un logro, como si fuera una meta cercana, como si bastara con discursos, campañas y días conmemorativos para transformar una realidad que, en el fondo, sigue siendo brutalmente injusto. Nos hemos convertido en un país de doble cara.
Por un lado, instituciones, autoridades, organizaciones y hasta púlpitos levantan la voz en defensa de la mujer. Se redactan leyes, se firman convenios, se llenan auditorios con palabras elegantes sobre igualdad, respeto y derechos. Pero, por el otro lado, el real, el cotidiano, el que viven miles de mujeres, hay silencio. Omisión. Indiferencia.
Y ese silencio mata. Mata cuando una niña es silenciada antes de siquiera aprender a hablar. El caso de la pequeña Keibril no es solo una tragedia: es un espejo de lo que somos como sociedad. Una bebé desaparecida, una madre que también era una niña, y tres años después… nada. Ni respuestas, ni justicia, ni memoria activa. Solo el eco de un país que olvida demasiado rápido.Pero no es un caso aislado. No lo ha sido nunca.
Mi prima fue asesinada en el año 2015. Una mujer educadora, una profesional, una vida con propósito. Fue agredida por un estudiante con un arma en la mano. Y la justicia… la justicia decidió que su vida valía menos que lo que debería. Esa sentencia no solo condenó a una familia al dolor; condenó a una sociedad a seguir creyendo que la vida de una mujer es negociable.
Aquí no hay distinción. No importa si es una bebé, una adolescente, una profesional, una madre o una adulta mayor. En Costa Rica, la mujer es vulnerada en todos los niveles:es manoseada, es acosada, es intimidada, es violentada… y muchas veces, finalmente, es asesinada.
¿Y qué hacemos? Nada que realmente cambie las cosas.
No lo hace el Estado, que muchas veces reacciona tarde o mal.
No lo hace la institucionalidad, que se pierde en burocracia.
No lo hace la educación, que sigue formando generaciones sin cuestionar el machismo estructural.
No lo hace la iglesia, que en ocasiones calla más de lo que incomoda.
No lo hace el hogar, donde muchas veces comienza la normalización de la violencia.
Pero hay algo aún más doloroso: tampoco lo hacemos entre nosotras.
Porque hoy, hay mujeres que aplauden el machismo. Hay mujeres que justifican la agresión . Hay mujeres que callan ante el abuso. Y hay mujeres que, por miedo, por necesidad o por conveniencia, validan comportamientos que las degradan, creyendo que así avanzan.
Y cuando una mujer decide romper ese silencio, lo mínimo que debería encontrar es respaldo. Sororidad. Justicia.
Hoy quiero expresar, con total claridad, mi solidaridad con Marolin Azofeifa Trejos quien recientemente tuvo el valor de denunciar a un político ante la Asamblea Legislativa Un acto que debió ser respaldado con firmeza por quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, lo que recibió fue otra forma de violencia: la indiferencia. El silencio. La espalda. Y lo más grave: incluso de mujeres.
Eso no solo es decepcionante.
Eso es denigrante.
Eso es sucio.
Eso tiene un nombre claro: ignominia.
Porque cuando una mujer es ignorada en un espacio donde debería existir justicia, no solo se le falla a ella… se le falla a todas.
No.
No se avanza vendiendo la dignidad.
No se crece normalizando la violencia.
No se construye futuro desde el silencio.
Yo también fui víctima. Viví el acoso sexual en una época donde callar no era una opción… era una obligación. Donde el poder político, económico y judicial pesaba más que la voz de una mujer. Donde hablar significaba exponerse, perder oportunidades, ser señalada. Pero el silencio también cobra su precio. Y hoy, con más edad, con más conciencia y con más dolor acumulado, entiendo que callar es ser parte del problema.
Por eso hoy levanto la voz.
Por las que no pueden.
Por las que no están.
Por las que fueron silenciadas por un cobarde que creyó tener poder sobre su vida.
Por las niñas que aún no saben defenderse.
Por las mujeres que siguen creyendo que esto es normal.
Pero no lo es!!!!! No puede serlo. A todos nos parió una mujer.Todos tenemos una madre, una abuela, una hermana, una hija.Y aun así, seguimos permitiendo una cultura que las reduce, las violenta y, en el peor de los casos, las desaparece. Esto no es solo un problema de mujeres, es un problema de país, de conciencia, de valores, de dignidad. Y la solución no vendrá solo de leyes o discursos. Vendrá cuando cada uno y una , desde su espacio, decida no tolerar más lo intolerable.
Mi recomendación es simple, pero incómoda: No se calle, no justifique, no aplauda lo que la degrada. No negocie su dignidad por aceptación, por miedo o por poder, porque al final, lo único que realmente nos sostiene es eso: la dignidad.
Como bien se dice, y hoy más que nunca cobra sentido:
“Es mejor pasar hambre con dignidad, que vivir en abundancia arrodillada ante la injusticia”





































